Ensayo sobre el ensayo
El ensayo es la prenda sobre el sayo; tomando el sayo como la vestimenta primaria de una idea
Ernesto Endara
¡Apártense de mí, libracos bienamados! No quiero abiertos en mi mesa de trabajo ni el tomo específico de la grandiosa enciclopedia ni el diccionario especializado de términos literarios; ni prólogos alumbradores ni otros ensayos sobre el tema que me tentarían a la hora de definirlo. La idea del ensayo ha de llegar a mí desnuda. Cuando extienda mis neuronas hacia ella, debo tocar su carne abstracta, sus etéreos senos, aspirar el aroma de su grácil cabellera y después sentarme a su lado, desnudo yo también de ideas preconcebidas. Entonces la escucharé y me escuchará.
¿Y toda esta grandilocuencia? Pues que Elsita me encontró en Exedra hurgando libros y me preguntó a quemarropa: “¿Qué es el ensayo, Neco?”. Temerario, en vez de invitarla a un capuchino, me arriesgué a responder con una frase de Montaigne: “La capacidad de separar tu alma del vulgo y juzgar con libertad sobre las cosas”. Ya en casa, sentí la necesidad de cumplir con lo que predica la frase que repetí como un loro y decidí patinar sobre el quebradizo hielo de mis ideas.
El ensayo es la prenda sobre el sayo; tomando el sayo como la vestimenta primaria de una idea. Coge esa, pues. Lanzo una catapulta que resulta un flan literario en vez de sólida piedra analítica. Veo el ensayo como un desmenuzar, adobar, oxigenar, y tal vez renovar, la concepción de un asunto utilizando lo más liviano de la cabeza, los pensamientos. Por eso cuando un ensayo se pone pesado, sospecho que no es tan ensayo nada.
Creo que en nuestros días el ensayo sufre del mismo ataque cardíaco-científico que la filosofía. La ciencia es la gran entrometida.
Pero lo hace con todo su derecho: el de apretar fugazmente la verdad. Ella —la ciencia—, a veces con algo de gracia, mete su bisturí didáctico y descubre imperceptibles patinazos mirando por sus microscopios electrónicos.
Aún así, hay ensayos que no sólo resisten el acoso científico, sino el tenaz
ataque de los especialistas.
Todos debemos practicar de vez en cuando el ensayo, así comprobaremos el peso atómico de nuestras ideas (o si prefieres, usaríamos su vara para medir nuestra madurez). El ensayo, al surgir del yo más íntimo, es el triunfo de la individualidad sobre la masa.
Tras leer y releer a los pesos pesados del ensayo, Bacon, Montaigne, Emerson, Thoreau, Paz, Ortega y Gasset, Orwell, Savater y también a los pesos moscas, Tito Piedra, Gelasio Oquendo, Federico Sisú y a mí mismo —si me declaro ensayista es porque así me lo sopla al oído Pithias, el más jodedor de los duendes—, llego a la conclusión de que, a diferencia del erudito, el ensayista utiliza la cita pomposa sólo como adorno, pues odia apoyarse en lo que dicen los demás.
No recuerdo ensayistas precoces. El buen ensayista generalmente supera los cuarenta años para poder sacar del baúl de la vida sus propias conclusiones.
Por supuesto, no basta ser viejo, pues si no tiene en su olla cerebral el jugoso menjurje que se recolecta por los campos de las lecturas y los estudios, y carece de las papilas para captar los mil sabores de sus experiencias, el resultado podría ser muy insípido.
¿Dónde reside la fuerza de un ensayo? Para mí en el estilo literario con que se presenta. Me da por confiar más en las ideas que son hermosamente expuestas, que en las frígidas, contundentes e irrebatibles declaraciones de los sabihondos. Por supuesto, el buen ensayo debe ser un dirigible que se sustenta en el aire de lo posible. Para que tenga acceso al mayor número de molleras, el ensayo debe lucir una claridad cercana a la del escrito periodístico. Eso sí, sin resbalar por la simpleza. Me gustan los ensayos que con un mínimo de fuerza en lo que postulan son capaces de abrir de par en par los portones del entendimiento más reacio, liberándolo del dogma y la certeza, horrorosos cinturones de castidad de las ideas. En la gran interrogante que es la vida, me producen escalofríos los infalibles, los que sólo aspiran con su fe a mover una montaña con la cual aplastar a los que dudamos. Por ellos caería el buen Dante: “Che non men che saper dubbiar m¹aggrada”, en panameño castizo: “Pues tanto como saber, me agrada dudar” (Dante Alighieri, Infierno, XI. 93).
Me niego a aceptar lo que el doctor Johnson, con todo y ser un buen ensayista, definió como ensayo: “una pieza irregular e indigesta” (desdeñando mis afirmaciones preliminares, rebusqué en la Enciclopedia Británica). Más bien me inclino por lo contrario, el ensayo debe ser muy digerible, nada de retortijones en la masa encefálica, ni abusos de jergas crípticas que más que asombrar enredan y aburren. Toda buena especulación, sabrosamente escrita, es un postre saludable, un mousse (espuma) de palabras exploradoras.
Se me olvidaba algo sumamente importante: a mi parecer el ensayo debe ser corto. ¿Cuán corto? Ah, eso merecería otro ensayo. Por lo pronto, aquí corto.
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