Panamá, 5 de diciembre de 2001
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Loor al maestro

Paulino Romero C.

El 1 de diciembre celebramos en Panamá el “Día del Maestro”. La ocasión es siempre oportuna para enjuiciar la labor de este trabajador particular que llamamos “maestro”, porque aun queriendo, no podemos confundirlo con esa multitud de trabajadores del mundo. En todas las sociedades, de la menos civilizada a la altamente evolucionada y desarrollada, el maestro desempeña un papel decisivo, puesto que, con escasas excepciones, es uno de los principales moldeadores de los futuros miembros de una sociedad. Es cierto que en algunas sociedades se reconoce la importancia del educador de manera más tangibles que en otras, pero aun en Panamá, donde las remuneraciones del personal docente (desde la pre-primaria hasta la Universidad) son a menudo más bajas de cuanto uno preferiría que fuesen, no existe duda alguna de que la responsabilidad del maestro es muy grande.

Son muchos los padres de familia, por ejemplo, que al enviar diariamente a sus hijos a la escuela, suelen a veces experimentar dudas de la idoneidad del maestro de ese niño o del profesor de ese adolescente. Pero también es cierto que la mayoría de los maestros y profesores, pasados algunos meses de su primera incursión en la función docente, advierten ya la gran influencia potencial que pueden ejercer en la formación de sus alumnos. Sin embargo, es lamentable que esta conciencia de la magnitud de la responsabilidad del educador no se haya traducido en esfuerzos tendientes a tomar decisiones adecuadas en materia educativa últimamente en Panamá.

Es un hecho que tanto los padres de familia como los trabajadores profesionales han reconocido, y reconocen generalmente, la necesidad básica de orientación que tienen los niños a todas las edades, lo mismo que los jóvenes adolescentes. Los educadores panameños, sin embargo, deben tener bien claro que la educación es la obra con que ayudamos a otros hombres y mujeres a educarse, especialmente cuando aún no pueden por sí solos desarrollar la propia personalidad: por eso, en sentido más estricto, la educación hace referencia sobre todo a la ayuda que prestamos a los niños, a los muchachos y a los jóvenes en su proceso educativo.

Los educadores panameños pueden sentirse igualmente orgullosos de la rica colección de literatura y medios audiovisuales de que se ha llegado a disponer en este campo durante las últimas tres décadas (1960-2000). Están al alcance de todos los tratados valiosos y esclarecedores de los aspectos filosóficos y técnicos de la educación, así como de la facilidad de uso de los medios de comunicación en programas educativos de la comunidad.

Durante Nuestra misión de educador por dedicación fundamental: de ejercer como maestro de ciudadanos -que data más de 40 años- sin afanes protagónico y buscando siempre contribuir a desarrollar una política educacional de Estado, jamás nos hemos apartado del principio pedagógico de que alrededor del maestro hay una sociedad presente (en el caso nuestro, la sociedad panameña), y que se advierte en ella cualidades y vicios. Por Panamá hemos luchado y seguiremos luchando desde la cátedra; la tribuna pública; la administración pública, la publicación de obras didácticas y de enfoques pedagógicos, culturales, políticos y sociales y a través de los medios de comunicación, en un terco afán por depurar los vicios, mantener las conquistas nacionales y alcanzar mejoras futuras.

Siempre hemos procurado motivar a nuestros colegas maestros, para que se esfuercen cada vez más en la noble y digna tarea de formar hombres y mujeres activos, inquietos, despiertos a toda luz, que elijan sus armas y llevan a flor de mano su conciencia, para cuidarla siempre, no para uncirla. Recordemos que la escuela es el organismo destinado a procurar el encuentro entre el educador y el educando: en ella, el discípulo halla el clima adecuado para la integral y positiva actuación y expansión de su personalidad y el maestro, enseñando, continúa formándose a sí mismo.

En efecto, hay que considerar también que el proceso de enseñanza-aprendizaje es sumamente complejo. Nadie que haya tratado a 35 o más alumnos distintos en un aula de primera o segunda enseñanza podría refutar ese aserto. Empero, pese a lo complicado de las tareas pedagógicas, siempre queda la posibilidad de introducir mejoras sustanciales en ellas mediante el empleo de modelos de enseñanza muy sencillos. La triste verdad es que todavía contamos con maestros y profesores que no aprovechan con mucha eficiencia los conocimientos, recursos y medios que poseemos ahora mismo.

El objetivo primario de esta nota es, pues, insistir en algunos conceptos y consejos pedagógicos que pueden ser útiles a los maestros y profesores bisoños para mejorar la actividad en la clase. La enseñanza es siempre un acto muy personal. Debe, en efecto, ser personal: debe ser eficaz, y puede resultar satisfactorio. El maestro, en fin, debe reconocer el fenómeno de acción tanto individual como de grupo como factor determinante en su misión de orientación.

El autor es pedagogo y escritor


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