Cruzadas y ‘yihad’
Algunos juristas fundamentalistas islámicos han equiparado con el mártir al que realiza un ataque suicida como los del 11 de septiembre
Mario Pezzotti
El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, causó un revuelo no pequeño cuando, a raíz de los atentados del 11 de septiembre, usó la palabra “cruzada” para referirse a la lucha contra el terrorismo. A propósito de esto, el especialista en cuestiones árabes, Bernard Lewis, aclara en The Wall Street Journal (27-IX-2001) los significados que han tenido los términos cruzada y yihad o guerra santa.
La palabra cruzada, señala Lewis, se suele usar hoy en Occidente con un significado distinto del original: como “una campaña enérgica a favor de una buena causa”, por ejemplo, una causa social, moral o ecológica. En cambio, “cruzada todavía toca una fibra sensible en Oriente Próximo, donde aun se ve y se presenta a los cruzados como los precursores medievales del imperio europeo”. Sin embargo —precisa Lewis— el paralelismo con los imperialistas es erróneo; las Cruzadas fueron más bien “una respuesta limitada, tardía y a la postre ineficaz a la yihad, un intento fallido de recuperar por medio de una guerra santa cristiana lo que se había perdido a consecuencia de una guerra santa musulmana”. En pocas palabras yihad y cruzada tienen para el mundo árabe el mismo significado. ¿Ahora comprenden por qué Bush causó un lío al usar esta palabra? Para un musulmán ortodoxo, la yihad sería la respuesta justa a una cruzada...
En la época de las cruzadas, los musulmanes no parecían muy conscientes de la naturaleza de las campañas cristianas. Ni siquiera la conquista de Jerusalén causó gran preocupación a los príncipes musulmanes, que desoyeron las peticiones de auxilio que hicieron sus correligionarios atacados. La verdadera contracruzada no comenzó hasta que los europeos cometieron el error de hostigar los lugares santos musulmanes, en Arabia. Sin embargo, en la amplia historiografía árabe sobre el período, no aparecen las palabras cruzada o cruzados; los invasores europeos son llamados simplemente francos o infieles. Solo a partir del siglo XIX empezó a usarse el término cruzada por parte de escritores árabes que tuvieron conocimiento de la historiografía occidental. Hoy el término se ha hecho común entre los musulmanes, de modo que Osama bin Laden ha podido usarlo para aprovechar las resonancias que evoca.
En cuanto a la palabra yihad, originalmente significa esfuerzo, como aparece en la expresión coránica “esforzarse en los caminos de Dios”. Algunos musulmanes modernos la entienden en sentido espiritual y moral, pero “la interpretación más común, que es también la de la gran mayoría de los comentaristas y juristas islámicos clásicos, presenta la yihad como una lucha armada por la causa del Islam contra infieles y apóstatas”, o sea, nosotros los occidentales. A diferencia de cruzada, yihad ha conservado su connotación religiosa y militar hasta los tiempos modernos. El propio Mahoma dirigió la primera yihad contra los paganos de Arabia, y sus sucesores prosiguieron las campañas militares: primero sometieron el Oriente Próximo, y más tarde se dirigieron al este (Asia), al oeste (Africa) y tres veces a Europa (la invasión mora de España, la tártara de Rusia y la turca de los Balcanes). Las Cruzadas fueron parte del contraataque cristiano, que finalmente frenó la avanzada del Islam y recuperó los territorios europeos, pero no Tierra Santa. Es evidente, pues, que las guerras religiosas como tales son una falacia; incluso en las famosas cruzadas medievales, el verdadero móvil era territorial y no religioso.
En todas las tradiciones islámicas, el que muere luchando en la yihad es tenido por mártir y su premio es el paraíso, ya que la concepción paradisíaca de la otra vida para los musulmanes incluye muy especialmente a los guerreros. En cambio, el Islam nunca ha permitido el suicidio, sino que lo ha considerado un pecado castigado con la condenación eterna, muy similar a la tradición cristiana. Solo en los últimos años, algunos juristas fundamentalistas islámicos han equiparado con el mártir al que realiza un ataque suicida como los del 11 de septiembre o tantos otros en Palestina. Esta interpretación es errónea hoy y ayer, aquí y allá. Quien secuestra un avión, toma el mando y lo estrella contra un edificio, aparte de estar cometiendo suicidio para sí mismo, comete un genocidio y eso, ni Alá ni Mahoma lo aplaudirían.Y es que la tradición coránica regula con detalle la guerra santa; aquí se descubre que las leyes de la yihad excluyen categóricamente las matanzas arbitrarias e indiscriminadas. Los guerreros de la yihad tienen que abstenerse de hacer daño a no combatientes, mujeres y niños, a no ser que ataquen ellos primero. Incluso se contemplan cuestiones como el uso de misiles (bueno, en aquel entonces hablaban de los proyectiles lanzados mediante grandes resortes y catapultas) y de armas químicas (flechas envenenadas, contaminar el agua del enemigo). Incluso para esos menesteres los juristas discrepan: unos permiten tales métodos bélicos, otros los restringen. Pero un punto en el que todos concuerdan es en la necesidad de declarar la guerra y de no romper una tregua sin avisar.
Lo que los juristas clásicos del Islam no contemplaron ni de lejos es una matanza masiva de civiles no implicados, sin provocación ni advertencia previa, como la que hemos visto en Nueva York hace poco. Sobre eso no se encuentra en el Islam precedente ni juicio autorizado alguno. Entonces, ¿por qué invocar la yihad, si se trata del más puro terrorismo?
El autor es abogado
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