Como hormiguitas
Los niños afganos son bonitos aun en harapos, los rostros de las mujeres, hermosos, y loshombres resisten bien turbante y barba
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
Y duerme Panamá arrullado por el canto de la desidia y el zumbido de lo cotidiano. Que Spadafora sí, que Spadafora no, que la crisis se ahonda, que el Cerpan se disipa y que llega la Navidad. Una especie de depresión colectiva se cierne sobre este pueblo que guarda la esperanza por guardar algo, porque sí, porque no se diga que se perdió lo que de último se pierde. De poco consuelo sirve conocer las causas. No íbamos a escapar de los efectos del desmadre interno ni de la vorágine mundial. El globo entero vive la tristeza que queda después del despilfarro, de la borrachera, tristeza de tiempos de vacas flacas, de futuro incierto y de destrucción.
Y más o menos en el mismo estado estaba yo cuando supe la noticia. Bueno, yo estaba un poco mejor, porque todavía tenía arrestos, en el duermevela de la siesta y frente al televisor, de pensar en cosas superficiales. Pensaba —sí, eso pensaba— que he visto pocos afganos feos. “Vea usted —me decía en soliloquio— este es un pueblo de gente guapa. Los niños son bonitos hasta en harapos, los rostros de las mujeres, armónicos y hermosos, y los hombres resisten bien, bastante bien, el turbante y la barba. Claro, que para los gustos existen los colores, pero mira, sin necesidad de vestir a un afgano de estos de Armani, resulta mejor que muchos de nuestros ejecutivos. Qué desperdicio”.
Y en esas estaba cuando dieron la noticia, que reproduzco ahora en parte, de un texto de El País : “Una empresa de investigación genética de Estados Unidos, Advenced Cell Technology, ha anunciado que ha clonado por primera vez con éxito un embrión humano. El experimento (...) no tiene como fin la duplicación de un ser humano, sino extraer del embrión clonado células madre (capaces de convertirse en cualquier tejido del organismo) para su empleo en el tratamiento individualizado de enfermedades, como la diabetes juvenil o el Parkinson, sin producir rechazo en el paciente (clonación terapéutica)”.
El anuncio ha originado la polémica, como era de esperar, entre los conservadores que consideran que el experimento abre las puertas a la clonación reproductiva y los que, oponiéndose a esta última, opinan que la terapéutica sería (falta mucho, muchísimo, por investigar aún) un avance decisivo en medicina.
La sola idea de utilizar la clonación con el objetivo de crear un ser humano que hable, piense y se reproduzca a su vez me produce un repelús que estremece mi médula espinal, y debo reconocer (romántica que soy) que el mismo efecto me produce (guardadas sean las distancias) la inseminación artificial o la fecundación in vitro. Debe ser que en lo tocante a gestación de criaturas, me inclino a defender la vía natural, aunque Dios me libre de juzgar a los que, ansiosos de un retoño, optan por alguna de estas dos prácticas admitidas.
Sin embargo, hay que reconocer que en las clínicas de fertilidad se mantienen embriones congelados que son destruidos en un plazo perentorio de no ser implantados en el útero de una mujer, y que hasta donde he podido entender, son esos embriones los que se están utilizando para la investigación. Partiendo de la base de que un embrión no es un ser humano (no lo digo yo, es un concepto científico), y menos chance tiene aún de serlo si no está albergado en el útero materno, su utilización para investigar posibles tratamientos terapéuticos parece lógica y aceptable. Es cierto que se corre el riesgo de que a algún científico se le vaya perversamente la mano e intente la clonación reproductiva, por lo que la vigilancia y la legislación deben ser estrictas, pero dar un portazo a la posibilidad del avance médico es tanto como prohibir un medicamento por miedo a que se abuse de él.
Pero volvamos a lo que íbamos. Después de dar la noticia, y antes de que pudiera reponerme del susto, hete aquí que dieron otra. El Sr. George W. Bush, presidente de los Estados Unidos de América, se pronunciaba al respecto y recordaba que se opone a la clonación humana. Dicho así, sin los matices que da la información, generalizando, cuidándose en salud de los costos políticos que el asunto pueda acarrear, y sin darse cuenta de que en estos momentos es el menos indicado para hablar de respeto a la dignidad del ser humano.
Parece que al más puro estilo maquiavélico, Bush justifica el fin al hacer uso de los medios, pero tiempo llegará en que conozcamos a ciencia cierta los detalles de la carnicería de civiles (tan guapos que son los niños, las mujeres y los hombres) que se lleva a cabo en Afganistán y el objetivo de esta guerra. Las preguntas surgen solas: ¿Dónde está Osama? ¿Terminará el terrorismo al mismo tiempo que el detestable régimen Talibán? Y por si fuera poco, arde hoy el Oriente Próximo en la crisis más aguda entre israelíes y palestinos de las últimas épocas.
Mientras, ajenos a la destrucción del odio y de la guerra, y para que no perdamos la esperanza, los científicos, como hormiguitas, prosiguen un trabajo que, guardados los límites, puede aliviar de sufrimientos y dolores a la humanidad.
La autora es correctora de La Prensa
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