Siglos de historia
Tras ligeros estancamientos, la museomanía en Francia está de
nuevo en pleno auge
Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com
La
convocatoria en los museos franceses es increíble. Hay tanta gente
haciendo cola y otros tantos adentro, que uno podría pensar que
en ese edificio tiene que estar ubicado algún almacén con una oferta
de esas imposibles de eludir. Pero no, sus sensacionales exposiciones
y la hermosa arquitectura que los alberga es de tal magnitud, que
el público termina rendido a sus pies.
Esta tendencia no ha sido siempre así. Para
tener una idea de la poca concurrencia a los museos en aquel país
europeo en el siglo XIX, el poeta Lamartine describía estos sitios
dedicados al estudio de las artes y las ciencias humanas como “cementerios
de las artes”.
En los últimos 15 años se han renovado 250
museos en toda Francia. Entre 1982 y 1995 se crearon 120 nuevos
museos, tarea que generalmente ha recaído en arquitectos de confiada
trayectoria.
La renovación de los museos franceses comenzó
formalmente en 1977, cuando se inauguró en París el Centro Georges-Pompidou.
El factor clave del éxito fue que esta institución
fue algo más que un lugar en que se guardan y exponen objetos notables,
ya que, además, este inmueble diseñado por los arquitectos Renzo
Piano, Gianfranco Franchini y Richard Rogers ofreció a sus visitantes
una amplia biblioteca especializada, espacios para exposiciones
temporales, tiendas en las que se vendían recuerdos a los visitantes
y una sala de cine y otra de teatro para espectáculos variados.
Esta propuesta de ofrecerle al espectador
más de un punto de interés fue más allá con la reestructuración
que se le hizo en la década de los ochenta al Museo del Louvre.
Su primer período de esplendor llegó en los
años posteriores a su inauguración en 1793, cuando se le catalogó
como el mayor museo del mundo. La segunda etapa de gloria del Louvre
la obtuvo cuando en 1981 el arquitecto Ieoh Ming Pei propuso su
ingreso por la inmensa pirámide de vidrio, una renovación a su iluminación
habitual, una restauración de su fachada, la duplicación de la superficie
de exposición y un detalle revolucionario: una mayor presencia de
establecimientos comerciales.
Con estas modificaciones, las personas no
solo eran testigos de varios milenios de arte universal sino que
además tenían la ocasión de irse de compras y conseguir en un solo
puesto físico desde discos de los intérpretes de moda, a finísimas
joyas, pasando por ropa de diseñadores de renombre y accesorios
exóticos para su hogar.
Estas transformaciones dieron en el clavo.
Ahora, los museos de París reciben, unos más otros menos, hasta
seis millones de visitantes al año, compitiendo sin problemas con
monumentos de la Ciudad Luz igualmente emblemáticos, como El Arco
del Triunfo, la Torre Eiffel y la catedral de Notre Dame.
A lo interno de estos museos uno vive el
pasado sin alejarse del presente. En sus varios pisos de exhibición
no solo verá colecciones deslumbrantes sino que también será uno
de los integrantes de un nuevo concepto de Torre de Babel. Sin proponérselo,
será uno de los cientos de personas de diversas partes del planeta
que dedica horas al ejercicio de adorar el talento y el ingenio
humano.
En estos recintos todo está adecuadamente
señalado y explicado en paneles, sobre todo en francés e inglés.
No se preocupe si no domina ninguno de estos dos idiomas, pues hay
servicios de guías profesionales o bien audioguías, que harán de
su recorrido una experiencia fascinante y entendible. Cualquiera
de estas opciones le permitirán acceder al contenido del museo en
alemán, español, chino, ruso o italiano.
Veamos, brevemente, lo que le pueden brindar
tres de los museos más relevantes de París: el Louvre, de Orsay
y Versalles.
De fortaleza a museo
La pirámide iluminada, ubicada en el centro
del patio Napoleón, solo es uno de los encantos del Museo Louvre,
inaugurado el 10 de agosto de 1793.
Y es que el inmenso conjunto agrupa las antigüedades
egipcias, el Egipto romano y el Egipto copto y las antigüedades
griegas, etruscas y romanas.
No menos importante son las pinturas y dibujos
franceses entre los siglos XVI y XVIII, representados por cuadros
de Georges de La Tour, Claude Lorrain, Nicolás Poussinn, Charles
Le Brun, Jean-Antoine Watteau, Jean-Simeón Chardin, Eugène Delacroix,
Théodore Géricault y Jean-Baptiste Corot.
Las colecciones españolas del Louvre, hoy
modestas, llegaron a contar con más de 4000 cuadros cuando Luis
Felipe creó su famoso Museo Español. Ahora se presentan muestras
de Domenicos Theotocopoulos y Goya.
Mayor representación tiene la pintura inglesa
con obras de John Constable, Thomas Gainsborough, Joseph Mallord
y Joshua Reynolds.
Una de las citas obligadas es la plástica
italiana y sus maestros Rafael, Tiziano y Leonardo Da Vinci.
Paseo real
Por su parte, debe ir al Palacio de Versalles
si le interesa conocer cómo era lo cotidiano en las existencias
de los reyes Luis XIII, Luis XIV, Luis XV y Luis XVI.
A tres siglos de su creación, el dominio
de Versalles continúa siendo increíble: 800 hectáreas de terreno,
20 kilómetros de caminos y 200 mil árboles, el marco perfecto para
una profusión de estatuas que convierten este sitio en el museo
al aire libre más grande de la Tierra.
Adentro, sus 67 escaleras le dan acceso a
700 piezas en exhibición, repartidas en las Salas de las Cruzadas
y del Siglo XVII, las habitaciones reales, el Salón Hércules y el
de la Abundancia, así como las salas del Consulado, del Imperio
y de la Restauración, sin dejar de lado la Galería de los Espejos
y la de las Batallas.
Paisajes reconstruidos
Si usted ama el impresionismo francés tiene
la obligación de invertir un par de horas, días si es posible, en
ver la colección que tiene el Museo de Orsay.
En este establecimiento disfrutará las pinturas
de este período plástico, agrupadas en lo hecho entre 1863 y 1874,
1874 y 1886 y después de 1886.
Así quedará extasiado al contemplar las telas
originales de Fréderic Bazille, Henri Fantin-Latour, Pierre-August
Renoir, Alfred Sisley, Berthe Morisot, Camille Pisarro, Edouard
Manet, Paul Cézanne, Edgar Degas y Claude Monet.
Es una hermosa justicia poética que los pintores
impresionistas, en su momento los grandes censurados del Estado,
encontraran un eco mayúsculo en el gusto del siglo XX y que su trabajo
sea codiciado en las subastas mundiales y que la idea de ir al Museo
de Orsay sea ver cuadros de artistas que conocieron de cerca la
incomprensión general, pero -por suerte- no el olvido.
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