Panamá, 2 de diciembre de 2001
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Siglos de historia

Tras ligeros estancamientos, la museomanía en Francia está de nuevo en pleno auge

Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com

La convocatoria en los museos franceses es increíble. Hay tanta gente haciendo cola y otros tantos adentro, que uno podría pensar que en ese edificio tiene que estar ubicado algún almacén con una oferta de esas imposibles de eludir. Pero no, sus sensacionales exposiciones y la hermosa arquitectura que los alberga es de tal magnitud, que el público termina rendido a sus pies.

Esta tendencia no ha sido siempre así. Para tener una idea de la poca concurrencia a los museos en aquel país europeo en el siglo XIX, el poeta Lamartine describía estos sitios dedicados al estudio de las artes y las ciencias humanas como “cementerios de las artes”.

En los últimos 15 años se han renovado 250 museos en toda Francia. Entre 1982 y 1995 se crearon 120 nuevos museos, tarea que generalmente ha recaído en arquitectos de confiada trayectoria.

La renovación de los museos franceses comenzó formalmente en 1977, cuando se inauguró en París el Centro Georges-Pompidou.

El factor clave del éxito fue que esta institución fue algo más que un lugar en que se guardan y exponen objetos notables, ya que, además, este inmueble diseñado por los arquitectos Renzo Piano, Gianfranco Franchini y Richard Rogers ofreció a sus visitantes una amplia biblioteca especializada, espacios para exposiciones temporales, tiendas en las que se vendían recuerdos a los visitantes y una sala de cine y otra de teatro para espectáculos variados.

Esta propuesta de ofrecerle al espectador más de un punto de interés fue más allá con la reestructuración que se le hizo en la década de los ochenta al Museo del Louvre.

Su primer período de esplendor llegó en los años posteriores a su inauguración en 1793, cuando se le catalogó como el mayor museo del mundo. La segunda etapa de gloria del Louvre la obtuvo cuando en 1981 el arquitecto Ieoh Ming Pei propuso su ingreso por la inmensa pirámide de vidrio, una renovación a su iluminación habitual, una restauración de su fachada, la duplicación de la superficie de exposición y un detalle revolucionario: una mayor presencia de establecimientos comerciales.

Con estas modificaciones, las personas no solo eran testigos de varios milenios de arte universal sino que además tenían la ocasión de irse de compras y conseguir en un solo puesto físico desde discos de los intérpretes de moda, a finísimas joyas, pasando por ropa de diseñadores de renombre y accesorios exóticos para su hogar.

Estas transformaciones dieron en el clavo. Ahora, los museos de París reciben, unos más otros menos, hasta seis millones de visitantes al año, compitiendo sin problemas con monumentos de la Ciudad Luz igualmente emblemáticos, como El Arco del Triunfo, la Torre Eiffel y la catedral de Notre Dame.

A lo interno de estos museos uno vive el pasado sin alejarse del presente. En sus varios pisos de exhibición no solo verá colecciones deslumbrantes sino que también será uno de los integrantes de un nuevo concepto de Torre de Babel. Sin proponérselo, será uno de los cientos de personas de diversas partes del planeta que dedica horas al ejercicio de adorar el talento y el ingenio humano.

En estos recintos todo está adecuadamente señalado y explicado en paneles, sobre todo en francés e inglés. No se preocupe si no domina ninguno de estos dos idiomas, pues hay servicios de guías profesionales o bien audioguías, que harán de su recorrido una experiencia fascinante y entendible. Cualquiera de estas opciones le permitirán acceder al contenido del museo en alemán, español, chino, ruso o italiano.

Veamos, brevemente, lo que le pueden brindar tres de los museos más relevantes de París: el Louvre, de Orsay y Versalles.

De fortaleza a museo

La pirámide iluminada, ubicada en el centro del patio Napoleón, solo es uno de los encantos del Museo Louvre, inaugurado el 10 de agosto de 1793.

Y es que el inmenso conjunto agrupa las antigüedades egipcias, el Egipto romano y el Egipto copto y las antigüedades griegas, etruscas y romanas.

No menos importante son las pinturas y dibujos franceses entre los siglos XVI y XVIII, representados por cuadros de Georges de La Tour, Claude Lorrain, Nicolás Poussinn, Charles Le Brun, Jean-Antoine Watteau, Jean-Simeón Chardin, Eugène Delacroix, Théodore Géricault y Jean-Baptiste Corot.

Las colecciones españolas del Louvre, hoy modestas, llegaron a contar con más de 4000 cuadros cuando Luis Felipe creó su famoso Museo Español. Ahora se presentan muestras de Domenicos Theotocopoulos y Goya.

Mayor representación tiene la pintura inglesa con obras de John Constable, Thomas Gainsborough, Joseph Mallord y Joshua Reynolds.

Una de las citas obligadas es la plástica italiana y sus maestros Rafael, Tiziano y Leonardo Da Vinci.

Paseo real

Por su parte, debe ir al Palacio de Versalles si le interesa conocer cómo era lo cotidiano en las existencias de los reyes Luis XIII, Luis XIV, Luis XV y Luis XVI.

A tres siglos de su creación, el dominio de Versalles continúa siendo increíble: 800 hectáreas de terreno, 20 kilómetros de caminos y 200 mil árboles, el marco perfecto para una profusión de estatuas que convierten este sitio en el museo al aire libre más grande de la Tierra.

Adentro, sus 67 escaleras le dan acceso a 700 piezas en exhibición, repartidas en las Salas de las Cruzadas y del Siglo XVII, las habitaciones reales, el Salón Hércules y el de la Abundancia, así como las salas del Consulado, del Imperio y de la Restauración, sin dejar de lado la Galería de los Espejos y la de las Batallas.

Paisajes reconstruidos

Si usted ama el impresionismo francés tiene la obligación de invertir un par de horas, días si es posible, en ver la colección que tiene el Museo de Orsay.

En este establecimiento disfrutará las pinturas de este período plástico, agrupadas en lo hecho entre 1863 y 1874, 1874 y 1886 y después de 1886.

Así quedará extasiado al contemplar las telas originales de Fréderic Bazille, Henri Fantin-Latour, Pierre-August Renoir, Alfred Sisley, Berthe Morisot, Camille Pisarro, Edouard Manet, Paul Cézanne, Edgar Degas y Claude Monet.

Es una hermosa justicia poética que los pintores impresionistas, en su momento los grandes censurados del Estado, encontraran un eco mayúsculo en el gusto del siglo XX y que su trabajo sea codiciado en las subastas mundiales y que la idea de ir al Museo de Orsay sea ver cuadros de artistas que conocieron de cerca la incomprensión general, pero -por suerte- no el olvido.


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