Panamá, 2 de diciembre de 2001
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Errol E. Caballero
ecaballero@prensa.com

Letanía del proscrito

Para zambullirse en las turbulentas aguas de la obra de Lautréamont es menester deshacerse primero de todo pragmatismo

Obra: Los Cantos de Maldoror

Avanzar a través de las páginas de Lautréamont es como penetrar en la densa niebla de una valle anochecido. Con tan solo la débil fosforescencia que se desprende de la bruma el lector avanza sigilosamente, abriéndose camino a través de escenas grotescas, llenas de un simbolismo sublime. Y es que la fascinación ante el horror siempre ha probado ser más poderosa que el miedo en aquellas almas insaciablemente sedientas de infinito.

Para zambullirse en las turbulentas aguas de la obra de Isidore Ducasse, conocido por la posteridad como el Conde de Lautréamont, es menester deshacerse primero de todo pragmatismo. La completa inmersión en lo irracional y lo subjetivo solo puede realizarse de esta manera.

Los críticos que a través de la historia han tratado infructuosamente de rotular a este escritor francés nacido en Montevideo, a quien Neruda calificó de “arcángel maldito”, rápidamente se dan cuenta de que su obra escapa a cualquier tentativa de clasificación.

Esto es especialmente cierto en el caso de Los Cantos de Maldoror, los cuales constituyen verdaderas “letanías del mal”: lamentos, al mismo tiempo quejumbrosos y coléricos, que un alma inconforme lanza contra un mundo que no acepta o comprende, donde la palabra ha perdido su carácter sagrado, quedando reducida a mero signo designatorio .

El propio Lautréamont advierte el carácter satánico de sus elucubraciones, al punto de que en el canto primero de su obra cumbre advierte al lector sobre el corrosivo material que incautamente sostiene entre sus manos: “Plegue al cielo que el lector, enardecido y momentáneamente feroz como lo que lee, halle, sin desorientarse su abrupto y salvaje sendero por entre las desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y llenas de veneno... Sólo algunos saborearán sin peligro este fruto amargo. Por lo tanto, alma tímida, dirige hacia atrás tus pasos y no hacia adelante...“.

Efectivamente, el lector se adentra en el universo lautréamontniano con el arraigado recelo de una asustadiza liebre. No obstante (siempre y cuando logre sobrevivir a los primeros capítulos), a medida que avanza en la perturbadora lectura sus pudores empiezan a evaporarse como el agua después de una llovizna. El pertinaz veneno que destilan esta páginas vivifican lo que antes fue un carácter débil y moralista. El lector termina la obra con un ánimo leonino, alienado tal vez, pero abierto, sensible a los placeres del exilio.

El personaje de Maldoror se transforma, así, en la efigie de la rebelión, del individuo que injuria a un dios que lo ha situado en un mundo en el que solo puede subsistir en un estado de perenne desgarramiento.

Es como tan certeramente lo establece un siempre lúcido Albert Camus en su ensayo El hombre rebelde: “'Los Cantos de Maldoror' son el libro de un colegial casi genial; su patetismo nace, justamente, de las contradicciones de un corazón niño alzado contra la creación y sí mismo. Como el Rimbaud de las 'Illuminations', lanzado contra los límites del mundo, el poeta prefiere el apocalipsis y la destrucción antes de aceptar la regla imposible que le hace lo que es en el mundo tal como es”.“.

El inconformismo de Lautrémont, quien “ha recibido la vida como una herida y ha prohibido al suicidio curar la cicatriz”, lo lleva a atentar contra cualquier fórmula moralista. Apartado de Dios y de los hombres, de cualquier fácil satisfacción gregaria, a este héroe enlutado solo le queda detenerse con infinita delectacción en los más abominables crímenes, en los más nefastos actos jamás concebidos por la imaginación humana, siguiendo así el camino señalado por el Marqués de Sade.

Es, precisamente, desde la ignominia que el poeta le canta al mal, de manera similar a como antes lo había hecho Baudelaire con sus Flores del Mal y como posteriormente lo haría aquel otro “infante terrible” de la poesía, Arthur Rimbaud.

Como toda obra que atenta contra la estática moral y los anacrónicos ideales de la civilización, al principio Los Cantos de Maldoror fueron censurados, siendo condenados a la anónima oscuridad de la bodega de una editorial.

Años después la enigmática figura de Duccase sería reclamada con justicia por los surrealistas, quienes verían en su obra el ideal de una literatura nacida de la emoción y enemiga del racionalismo exarcebado que agobia a Occidente, en donde la palabra recobra su potestad primigenia como fuerza viva y misteriosa, desbordando así los límites semánticos impuestos por el diccionario.


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