Planetas y compadritos
Guillermo Sánchez Borbón
¿De qué planeta se habrá caído el encargado de Negocios de los Estados Unidos? A preguntas que le formularon los periodistas del patio respondió que los desacuerdos entre el Ejecutivo y la Asamblea llenarán de tanto temor a los empresarios extranjeros, que ninguno de ellos se atreverá a invertir un centavo en Panamá. La inferencia es que los empresarios sí invierten en Estados Unidos, porque allá el Ejecutivo y las dos cámaras siempre están de acuerdo en todo. Presidente, senadores y representantes sólo piensan en los altos intereses de la patria; de sus actos y palabras (cataratas de) están ausentes la política partidista y la vanidad personal. Supongo que el encargado (como diría Nananina) se refería al rechazo del presupuesto por los legisladores de oposición y al debate provocado por la candidatura de Winston Spadafora a la Corte.
Hace pocos años, en EU las mayorías republicanas de entre ambas cámaras, dirigidas por el querido Newton (salamandra) Gingrich, al negarse a aprobar el presupuesto, paralizó completamente al gobierno. De su enfrentamiento con Clinton, habilísimo político, salió malferido el Partido Republicano. Republicanos y Demócratas están políticamente en las antípodas. Los norteamericanos que todavía se toman la molestia de votar han adquirido tal grado de refinamiento, que suelen moderar la voracidad del Leviatán eligiendo a un presidente demócrata y a un congreso republicano or counterwise, como dice Alicia. Y hasta donde yo sepa, ningún empresario se ha asustado por los inevitables enfrentamientos entre la bancada de la mayoría y el Ejecutivo, ni ha dejado de invertir por eso.
Cuando hay una guerra -recuerdo bien la unidad nacional que generó el ataque a Pearl Harbor- los partidos hacen temporalmente a un lado sus diferencias para emprender juntos la tarea de ganarla. Pero debajo continúan ardiendo las pasiones que enfrentan a las dos grandes colectividades políticas.
En 1944 -cuando ya la victoria estaba a la vista- los republicanos se sacaron de la manga a Thomas Dewey, un tipo que, al decir de un amigo mío, parecía un compadrito. Este se le fue encima a Roosevelt. Ocupado en cosas más importantes que ganar unas elecciones, el presidente lo ignoró. Hasta que el compadrito cometió un error garrafal. Dijo que Roosevelt, en la reciente conferencia de los tres grandes, olvidó a su faldero escocés Fala en Yalta, y que, a medio camino, envió un acorazado a buscarlo, a un coste de muchos millones para los con tribuyentes. En el curso de un almuerzo, Roosevelt le contestó: “Los republicanos han dicho siempre las cosas más abominables de mí, de mi esposa y de mis hijos. Nosotros los hemos perdonado; pero ahora han calumniado a Fala. Y éste no se los perdona. Está furioso. Su corazón escocés no ha vuelto a ser el mismo desde entonces”. Grandes risotadas. El presidente, que no quería perder el tiempo con un hombre de tan pocas luces, lo dejó polemizando con su perro, como dijo un analista. Polémica que perdió el compadrito, a juzgar por el resultado de las elecciones.
Hará uno diez años, el Senado, controlado a la sazón por los demócratas, rechazó el candidato a magistrado de la Corte propuesto por el Ejecutivo, por considerarlo un cavernícola, partidario de la ilegalización del aborto y enemigo del control de la natalidad. Y ahora mismo, a pesar de la luna de miel que siguió a la destrucción del WTC, Bush no se atreve a llenar las vacantes que se van a producir en la Corte, porque sabe que el Senado -donde los demócratas hoy tienen mayoría- rechazaría a los reaccionarios que él quiere nombrar.
Estados Unidos pasa hoy por una recesión económica, pero ésta no tiene absolutamente nada que ver con enfrentamientos entre los poderes del Estado o con choques políticos, sino que se trata de una de las crisis cíclicas del capita lismo, con las cuales estamos todos familiarizados.
Voy a terminar con un intercambio, del cual fui testigo presencial. Uno de los burócratas que plagan los organismos internacionales, le dijo a José D. Bazán, por esas fechas vicepresidente de la república, que él estaba en Panamá para asegurarse de que los funcionarios locales no metieran mano a los fondos de la ayuda económica. Y Bazán le replicó:
-Yes, we too have our Bobby Ba kers.
Bobby Baker, envuelto en un escándalo mayúsculo de corrupción, era uno de los hombres más allegados al entonces presidente Lyndon Johnson.
Moraleja: los funcionarios gringos no deben presuponer que todos los panameños somos tan ignorantes como ellos.
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