Panamá, 2 de diciembre de 2001
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¿Está América Latina condenada a la miseria?

La inmensa mayoría está persuadida de que la competencia es conveniente, que los gobiernos no deben convertirse en empresarios ni privilegiar a ciertos sectores en detrimento de otros

Carlos Alberto Montaner

Acabo de recorrer casi toda Iberoamérica presentando mi libro Las raíces torcidas de América Latina. Para mi horror, American Airlines me comunicó que he llegado a los dos millones de millas sentado en sus butacas. A estas alturas creo que mi espalda está aún más torcida que las raíces a que me refiero en el ensayo. Pero a lo que iba: tras exponer ante decenas de diferentes auditorios el contenido del libro, me es fácil precisar el foco del debate que invariablemente se suscita: si es verdad, como yo sostengo, que el origen del subdesarrollo latinoamericano está en nuestra particular historia, en el desencuentro entre sociedad y Estado, y en diversas fracturas que impidieron la construcción de pueblos encaminados en la dirección de la prosperidad, ¿estamos fatalmente condenados a que una parte sustancial de nuestra gente viva en la miseria? ¿No podemos construir naciones innovadoras en el terreno técnico y científico, eficientes y ricas?

Claro que sí, pero, para entendernos, oigamos otras voces: hace más de una década Larry Harrison publicó un libro importante llamado El subdesarrollo es un estado de la mente. Lo había escrito originalmente en inglés y el título resultaba un tanto extraño, pero el sentido general era obvio: lo que quería decir era que el nivel de pobreza o de riqueza que alcanzaban las sociedades era el producto de la cultura predominante. “Cultura”, en ese contexto, incluía valores, información e instituciones. No era cierto que el tercer mundo padecía un alto grado de miseria como consecuencia de la explotación de las naciones prósperas (error muy en boga a lo largo del siglo XX (sino ese era el triste resultado de sociedades que vivían inmersas en un medio cultural refractario al progreso y a la creación de riqueza.

Pocos años más tarde otros dos investigadores norteamericanos, Michael Fairbanks y Stace Lindsay, escribían otro formidable alegato “culturalista” con el que explicaban el fracaso relativo de América Latina. Se tituló Arar en el mar, y, aunque enfocado en el caso venezolano, cuanto decían podía aplicarse al conjunto del continente. Habían hallado algo verdaderamente interesante: el pobre desempeño económico de los latinoamericanos se derivaba de ideas absurdas sobre el desarrollo y de la visión que tenían de ellos mismos y de la realidad circundante. Mientras no cambiara esa visión difícilmente cambiaría el destino económico o técnico o científico de este atormentado segmento de Occidente. Existía, pues, una “mirada” tercermundista de la que había que despojarse si se quería pasar a los primeros puestos del planeta.

Bien: creo que hay dos pueblos de nuestra estirpe (y a eso dedico el último capítulo de mi libro) que han conseguido abandonar la visión tercermundista. Me refiero a España y a Chile. ¿Qué es lo que han superado? En esencia, lo que algunos sociólogos llaman “el síndrome de indefensión aprendida”. Esto es, la nefasta superstición, adquirida en la adolescencia, o hasta en la infancia, de que no somos capaces de alcanzar la excelencia, de superar los obstáculos y de realizar nuestras tareas tan bien o mejor que los demás. Asimismo, tanto en Chile como en España la mayor parte de la población entiende que no hay sustituto para la economía de mercado, el respeto al Estado de Derecho y el intenso comercio internacional como forma de prosperar indefinidamente. En ambas sociedades son muy pocas las voces antiguas que condenan a las multinacionales, defienden el nacionalismo económico o claman por la intervención del Estado para proteger a los productores ineficientes. La inmensa mayoría está persuadida de que la competencia es conveniente, que los gobiernos no deben convertirse en empresarios ni privilegiar a ciertos sectores en detrimento de otros.

En otras palabras, España y Chile han dejado atrás el discurso populista/mercantilista antioccidental, presente a derecha (primer franquismo, peronismo, etc.) o a izquierda (allendismo, castrismo, torrijismo), dando paso a un diagnóstico convergente en el respeto por las reglas básicas de la economía de mercado, tal y como se interpretan desde criterios liberales. Lo que hoy diferencia al conservador José María Aznar de José Luis Rodríguez Zapatero (el líder socialista), o lo que distancia al socialista chileno Ricardo Lagos de Joaquín Lavín (el líder conservador) son asuntos marginales que no cuestionan la estructura básica del modelo. Y lo que las sociedades de España y Chile premian y castigan en las urnas es la gerencia, la calidad de la administración común.

Esta visión de primer mundo trae su recompensa bajo el brazo. Hoy España es una nación rica, con una calidad de vida envidiable, a donde quisieran emigrar millones de sudamericanos, cuando a mediados del siglo XX era un país terriblemente pobre. Chile, por su parte, ha alcanzado el más alto nivel de ingresos per cápita de América Latina (superando a Argentina), mientras los índices de pobreza se han reducido del 42 por ciento del censo a aproximadamente el 20. En diez años, o quizás antes, si no pierde el rumbo, es muy probable que Chile sea el primer país de América Latina que pertenezca al exclusivo grupo del primer mundo. De donde se deduce una conclusión inevitable: si España, que es la madre del cordero, y Chile consiguieron despojarse de los errores y actitudes típicos del tercermundismo, no hay ningún país de América Latina al que le estén vedados el desarrollo, la modernidad y la eliminación de la pobreza. Las raíces torcidas se pueden enderezar. Hay pruebas de eso.

El autor es periodista y analista internacional

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