¿Para qué sirven las cumbres?
Se gastan millones de dólares en cada cónclave. Cada país envía una numerosa delegación que incluye hasta el peluquero de las primeras damas
Rosa María Britton
Año tras año vemos a los gobernantes de todas las regiones del planeta reunirse en las llamadas cumbres que se multiplican. La Iberoamericana, la de las Américas, los Siete Grandes, los Once no tan grandes, la Cumbre de la Tierra, la Cumbre Económica (en donde se arman verdaderas batallas campales que le cuestan millones a las ciudades que se atreven a darles cabida), es difícil seguirles la pista. Los te mas son variados: política regional, economía, ecología, discriminación racial, la pobreza, desempleo, los niños, perspectiva de género, la situación de los indígenas, etc, etc.
Se gastan millones de dólares en cada cónclave. Cada país envía una numerosa delegación que incluye hasta el peluquero o la mucama favorita de las primeras damas que, desde luego, vienen ataviadas con sus mejores galas.
Los participantes son retratados con la sonrisa triunfadora de los que están convencidos de cumplir con un deber sagrado en representación de sus países. Después suenan los clarines, resuenan las trompetas, los niños entusiasmados agitan banderitas en las calles, siguen los banquetes, salen a lucirse los vistosos conjuntos típicos, prosiguen los asistentes con aburridos discursos y una pomposa declaración final firmada por todos termina el asunto para iniciar el ciclo nuevamente en pocos meses. ¿Es que alguien se ha puesto a evaluar cuántas de esas declaraciones y propósitos son en realidad cumplidos? ¿Es que con una reunión de políticos se puede cambiar la actitud de los hombres depredadores de la naturaleza , que odian a otros seres por ser de una raza distinta, abusadores, machistas? ¿Es que los niños pobres van a dejar de trabajar en nuestros campos, o los derechos de las mujeres van a ser respetados porque lo afirme una declaración firmada por un grupo de burócratas? En la Cumbre Iberoamericana que se realizó el fin de semana, sin haber leído la declaración final estoy segura de que salieron los firmantes a entonar la misma música: el cuidado de los niños, la abolición del trabajo infantil, los derechos de la mujer, el respeto a la libertad de ex presión y los derechos humanos, la condena a la discriminación en todas sus formas, la protección del medio ambiente y, desde luego, lo de moda, el apoyo irrestricto a la lucha contra el terrorismo, bla…bla…bla…, siempre lo mismo.
Se discute únicamente lo que es “políticamente correcto”. No hay que mencionar la urgencia de implementar programas regionales de planificación familiar que ayuden con los problemas de la pobreza, por no disgustar al Vaticano que se opone a cualquier forma de planificación científica, o exigir que los países industrializados cesen de emitir gases tóxicos, o el cese de la corrupción y abusos conocidos por todos, que fomentan con impunidad algunos de los participantes en sus países, o sancionar a los que no cumplen con lo prometido como Fidel que hace quinientas morisquetas, habla por horas hasta marear, firma lo que le pongan por delante y luego hace lo que le viene en ganas. ¿Libertad de expresión, derechos humanos en Cuba? Eso un invento de los imperialistas, chico. Y regresa todos los años a las cumbres, lo llenan de honores y nadie le reclama su falacia; el rey de España con una sonrisa helada en el rostro los saluda a todos, y me da cierta pena su actuación como garante de una farsa que se repite como una pesadilla año tras año. Lo más interesante es los presidentes a los que les queda poco tiempo en el poder como Zedillo, Alemán, etc. (y cuyo sucesor seguramente tratará —en la tradición de nuestros países— de ignorar todo lo hecho antes); llegan, se retratan, firman los acuerdos y sonríen, la fiesta es buena, vale la pena asistir, no hay que privarse de la última pachanga o como se dice en España, el último cuplé. Hoy, cuando escribía esta columna, vi una entrevista que le hicieron en CNN al distinguido periodista del Miami Herald, Andrés Oppenheimer donde exponía que las conclusiones finales eran más o menos las mismas cada año y denunciaba que con lo que se ha gastado en las últimas diez cumbres iberoamericanas, los países participantes hubieran podido construir cientos de escuelas, caminos rurales, albergues para desposeídos, salarios para guardabosques, equipar varios hospitales, fomentar instituciones para protección del menor, etc.
Todavía nos queda el sabor amargo de la cumbre realizada en Panamá el año pasado, con acusaciones posteriores de manejos dudosos de los fondos utilizados que nunca han sido aclaradas y unos Cadillacs que nadie quiere. Si nuestros gobernantes tienen tantas ganas de verse las caras, les propongo teleconferencias que están realizando con éxito grandes consorcios comerciales, sociedades científicas y universidades, estableciendo comunicaciones simultáneas entre muchos países a la vez, más económico, privado y muy efectivo.
Yo, por mi parte, quisiera organizar una cumbre por correo electrónico que se proponga terminar con todas las cumbres y el dinero que se ahorre sea invertido en implementar los programas que jamás fueron llevados a cabo por las cumbres anteriores. Así nos limitaremos a una cumbre cada 50 años. Amén.
La autora es oncóloga y escritora
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