Panamá, 30 de noviembre de 2001
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La sabiduría del águila y el hombre

Hace falta un verdadero y auténtico líder, no un grupito de individuos, verdaderos egoístas, dedicados a lastimarse unos a otros

Geraldine Emiliani S.

El águila es el ave con mayor longevidad de esas especies. Llega a vivir 70 años, pero para llegar a esa edad, a los 40, debe tomar una seria y difícil decisión: a los 40 años, sus uñas están apretadas y flexibles y no consigue tomar a sus presas, de las cuales se alimenta. Su pico largo y puntiagudo se curva apuntando contra su pecho. Sus alas están envejecidas y pesadas y sus plumas gruesas. Volar se le hace difícil. Entonces el águila tiene solamente dos alternativas: morir o enfrentar un doloroso proceso de renovación que durará 150 días. Ese proceso consiste en volar hacia lo alto de una montaña y quedarse allí en un nido cercano a un paredón en donde no tenga la necesidad de volar. Al encontrar ese lugar, el águila comienza a golpear su pico en la pared hasta conseguir arrancarlo y, esperar el crecimiento de uno nuevo con el que desprenderá una a una sus uñas. Cuando las nuevas uñas comiencen a nacer, comenzará a desplumar sus plumas viejas.

A los cinco meses sale para su vuelo de renovación, y a vivir 30 años más.

En nuestras vidas, muchas veces tenemos que resguardarnos por algún tiempo y comenzar un proceso de renovación para continuar el camino hacia una vida genuina y enriquecedora; debemos desprendernos de costumbres, tradiciones, recuerdos y temores que nos causan dolor y resentimiento.

Solamente libres del peso del pasado podremos aprovechar el resultado valioso que una renovación siempre trae.

La existencia del hombre tiene su propio sentido, comparándola con la existencia de los demás seres de la naturaleza. Pero adquiere fortaleza cuando se detiene a reflexionar acerca de su racionalidad, que le da atributos de libertad para actuar, de escoger entre el bien y el mal, para ganarse el éxito o el fracaso y envejecer sin pretensiones de inmortalidad.

Los hombres y mujeres se desesperan al ver que se les va la juventud. Se decoran escrupulosamente para jugar a jóvenes; y sueñan con detener la vejez física. Hacen esfuerzos heroicos: dietas estrictas y durísimas, deporte, correr una cantidad de kilómetros que muchas veces no es saludable; esto sin contar con los masajes, saunas y privaciones. Cuántos esfuerzos y gastos, para al menos guardar la apariencia cosmética, negándose a aceptar su edad cronológica.

Esa anhelada juventud hay que cultivarla. No crece sola, no hay cosmético que la cubra, ni cirugía que la borre; no viene sola; la que viene sola, por su propia cuenta es la vejez. Lo importante es la juventud interior y, para alcanzarla hay que tomar en consideración el terror a la vejez psicológica: esa parálisis general, la que deshumaniza la vida humana, ésa que te lleva a la decadencia, al deterioro y te despoja de toda grandeza y dignidad.

Cuántos hay que se desgastan a diario tratando de conseguir el cuerpo perfecto y siguen siendo los mismos, denigrando, calumniando, injuriando, como verdaderos amargados de la existencia. No viven, ni dejan vivir. No actúan, ni dejan actuar.

La sociedad necesita de los viejos, como el gobierno necesita de la oposición; ambos sin humillarse, sin miramientos y desprecios, sin fanatismo político, que parece haber triunfado en la racionalización del servilismo que con actitud sarcástica y de cinismo intenta lavarnos el cerebro. Les encanta culpar a otros de las desgracias de todos, sobre todo, cuando las cosas no se hacen como ellos quisieran.

Hace falta un verdadero y auténtico líder, no un grupito de individuos, verdaderos egoístas, dedicados a lastimarse unos a otros, mientras aíslan al pueblo a un creciente desmoronamiento, en la búsqueda de sus intereses personales.

A veces busco entender el porqué de las actitudes destructivas y el espíritu de mediocridad de algunos políticos. Y, me pregunto: ¿Dónde están los intelectuales de nuestro país, esos que todo lo saben y los únicos que creen poder salvarnos de las adversidades?

Lo fundamental es reevaluar las acciones y decisiones tomadas, y comparar y mejorar los obstáculos y reorientarse en los riesgos y desafíos.

El águila ratificó su reto; este reto le permitió renovar su equilibrio, recuperar su honor, dignidad y orgullo.

Nos enfrentamos al igual que el águila a las crisis, que son algo dolorosas y difíciles, pero que es necesario desafiarlas. Es actuar con libertad interior y exterior; con capacidad intelectual, moral, espiritual y física.

Cuando el hombre y la mujer, el joven y el no tan joven, y el político, vivan en renovación constante, la vida le guarda incansables sorpresas, porque, renovarse es vivir. La diferencia con los animales es su capacidad creadora y su mejor atributo es la trascendencia. Los animales viven encerrados en el corral de su pasado; el hombre vive en el campo abierto de su futuro. Para ser el mismo necesita crear, inventar, descubrir, conquistar, cambiar y estrenar al servicio de los demás.

La autora es psicóloga clínica

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