Panamá, 30 de noviembre de 2001
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El 'boboliberalismo' y el terrorismo

Se comprueba que todos tenemos que dedicarle tiempo y pensamiento a la situación de los excluidos

Roberto Eisenmann, Jr.

El terrorismo no puede ser aceptable, no importa cuál sea su pretendida justificación. Todo ser humano que se precie de serlo tiene la obligación de combatir el terrorismo.

Pero, además, todo ser humano que se precie de serlo tiene la obligación moral de buscarle solución a las situaciones o sistemas que llevan a otros de su especie a tal punto de desesperación que ven como única opción para resolver sus problemas el terrorismo y/o nuevas demagogias redentoras.

Fernando Savater en su libro Despierta y lee indica que hay una nueva especie, que él titula “boboliberal” - pariente próximo del totalitario- que, aprovechando el derrumbe del paraíso comunista, plantea la mercantilización especulativa sin controles y sin fronteras, sin importarle las víctimas que queden regadas por el camino.

Para estos “boboliberales” existe un “automatismo economicista” (por ejemplo, el Cavallo argentino o el Chapman panameño) cuyas opiniones eran una especie de ley divina... previo al descalabro actual. Para ellos hay personas que desde el punto de vista económico sobran; es decir, que representan un costo, no un beneficio; son (considerados por ellos) ciudadanos superfluos. No hay que pensar mucho en ellos, sino en el modelo que esté de moda en el momento.

Pensando en el “modelo”, supongamos -los empresarios de nuestro país- que una varita mágica eliminara en un segundo todos los títulos de propiedad; seguiríamos ocupando nuestra vivienda de hecho, con una especie de derecho posesorio pero nada de título ni, por ende, crédito... ¿qué tal funcionaría nuestra habilidad para mover la rueda económica?... pues bien, esta es la situación de gran parte de los San Miguelito de nuestro país. Por lo contrario, pensemos lo que ocurriría si la mitad de los habitantes de este país que son pobres y excluidos de repente se convirtieran en consumidores integrados al sistema económico. Nuestro mercado se duplicaría. Se comprueba que tenemos todos que darle tiempo y pensamiento a la situación de los excluidos, si no por vocación social, por beneficio económico propio.

Desafortunadamente los modelos de los autómatas economicistas no han resultado sostenibles debido a que los seres que son considerados superfluos son cada día más numerosos y más excluidos de esa base social de acceso a oportunidades y bienes imprescindibles. Estos seres se van encontrando confinados en su marginación personal, tanto por la ausencia de oportunidades como por el debilitamiento de las formas públicas de protección, al punto que caen en la total desesperanza. Esa condición poco a poco los lleva a abandonar incluso su derecho a reclamar políticamente su deuda con el sistema que los rechaza e ignora.

Solo una suprema falta de imaginación o, lo que es peor, de responsabilidad, puede llevar a los “boboliberales” a creer que tales seres humanos excluidos no lleguen a tal punto de desesperación que caigan en la opción siniestra del terrorismo o de nuevas demagogias redentoras (Fujimori o Chávez, por ejemplo).

¿Cuál es la solución? Nadie ha dado con ella todavía, pero al menos hay que abandonar los dogmas, hacer la reflexión ética con sentido humano, y accionar una y otra vez para ofrecer oportunidad a los excluidos a levantarse ellos mismos, con dignidad. Los gobiernos tienen que accionar con enfoque primario en lo social, las empresas tienen que accionar con responsabilidad social y por interés propio, al igual que deben hacerlo aquellos entes privados dedicados a la agenda pública que hoy llamamos sociedad civil. Requiere del concurso de todos, porque en la lucha contra la exclusión no hay fórmulas masivas ni mágicas. Es un trabajo de arriera, familia excluida por familia excluida. Es el cúmulo de acciones pequeñas de mucha gente lo que cambiará las cosas.

Citando a Ahrendorf, todo esto es necesario, porque... “mientras existan individuos que carezcan de derechos de participación social y política, no podrán considerarse legítimos los derechos de los pocos que gozamos de ellos...”

El autor es presidente de la Fundación para la Libertad Ciudadana

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