De la neutralidad a la emasculación
Un periódico serio no sale a buscar camorra, pero tampoco rehuye la pelea cuando están de por medio los principios
Guillermo Sánchez Borbón
En el bueno tiempo viejo, La Estrella de Panamá era un diario singular. Trató de ser -aunque no siempre lo consiguió- absolutamente neutral. Situado, para decirlo de alguna manera, al margen de los acontecimientos nacionales, no podía dejar de informar sobre los de mayor volumen, claro es, pero los amortiguaba, despojándolos de todas sus aristas polémicas. Jamás tomaba partido: cuando el caldero nacional recalentado estaba a punto de estallar, la decana -como se la llamaba con justicia- en vez de asumir una postura que pudiera comprometerla, escribía, con incongruente pasión, sobre el problema de los Balcanes, pongo por caso, o publicaba valientes editoriales contra los mosquitos. En el siglo pasado, un agudo observador extranjero definió al fundador del diario: “Sabe, como nadie, qué no debe publicar”.
Daré un ejemplo de una posición típica de La Estrella. Tres o cuatro días antes de las elecciones de 1952, las fuerzas políticas que apoyaban a Nino Chiari realizaron una gigantesca manifestación contra el militarismo encarnado en el candidato oficialista José Remón Cantera. Al día siguiente, La Estrella publicó un editorial que hizo historia: felicitó a la oposición por haber llevado a cabo, pacíficamente y en perfecto orden, un acto de esa magnitud; felicitó al gobierno por haberlo permitido; felicitó a la Policía Nacional por no haber descalabrado a los civilistas, y por último, felicitó a Remón no recuerdo ya por qué.
Y sin embargo, cuando uno no leía La Estrella, tenía la sensación de no haber leído los diarios. Para empezar, contaba con la mejor sección deportiva de la historia periodística de Panamá. Y sus páginas venían llenas de noticias internacionales. Daba gusto leerlas. Además, tenía columnistas extranjeros de gran estatura. Para no salirnos de nuestro idioma: Ramón Sénder, Max Aub, Víctor Alba, Julián Gorkín. Este último fue uno de los dirigentes del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), al que decidió liquidar el querido camarada Stalin. La GPU y los comunistas españoles secuestraron al líder máximo, Andrés Nin, lo torturaron bárbaramente y lo mataron. Esto produjo tal escándalo mundial, que salvó a Gorkín. Lo tenían preso y habían empezado a torturarlo, pero se vieron forzados a dejarlo libre presionados por la opinión pública. Agreguemos que Gorkín fue quien identificó por sus nombres a todos los que planearon -y al que lo ejecutó- el asesinato de León Trotsky.
Al morir don Tomás Gabriel Duque, su principal animador, por una suerte de inercia La Estrella mantuvo durante varios años sus características principales. Pero después del coup de 1968, los gorilas metieron en la cárcel a Fito Altamirano Duque. Este compró su libertad poniendo a la decana incondicionalmente al servicio de la dictadura. Y, por primera vez en su historia, el diario tomó partido. Y Torrijos premió a Fito, nombrándolo director del INDE (el toro lo ascendió a vicepresidente de la República). Al asumir el querido Manuel Antonio Noriega el mando supremo, Fito terminó de emascular La Estrella y de corromperla. La sección inglesa The Star&Herlad, uno de los diarios más antiguos del continente, que tenía un director distinto, continuó publicando noticias internacionales. Por ejemplo, dio a conocer el informe del procurador de Costa Rica sobre el caso Hugo Spadafora, que dejaba en claro la culpabilidad de Noriega. Este entró en pánico y Fito, un hombre sin sentido de la tradición -esclavo de sus intereses económicos inmediatos- lo liquidó. Y de ahí en adelante, el periódico se precipitó cuesta abajo hasta hacerse añicos en el fondo del barranco. Ahora, en manos de Stavisky, ha conservado el carácter emético que le imprimió Fito, pero al servicio del actual gobierno.
¿Es posible publicar hoy un diario como La Estrella de Panamá del buen tiempo viejo? No; sería tan aburrido, que se le caería a los lectores de las manos. Un periódico serio no sale a buscar camorra, pero tampoco rehuye la pelea cuando están de por medio los principios. No tiene más remedio que opinar con claridad y, de ser necesario, con dureza, sobre las cuestiones fundamentales del país. La controversia es consustancial a los medios de comunicación social. No hay forma humana de evitarla, ni tiene por qué evitarse.
Además en opinión
• Los innecesarios
cierres de vías: Gaspar J. González Villarrué
• De la neutralidad
a la emasculación: Guillermo Sánchez Borbón
• La otra cara de
la moneda: Rubén Arosemena Valdés •
Entre la pluma y el poder: Betty Brannan Jaén
• La
ilusión de las cuentas individuales: Even Chi Pardo
|