El cuaderno de Rosita
La educación que reciben los niños que viven en las fincas cafetaleras requiere a gritos de una reforma integral, si no queremos hundirlos cada vez más en la pobreza y la desesperanza
Teresita Yániz de Arias
Rosita tiene nueve años y una hermosa sonrisa. Vive durante cuatro meses del año en un albergue para cosechadores de café en una finca de Boquete. Cuida a cuatro pequeños hermanos, entre ellos un bebé de once meses que duerme dentro de una chácara colgada de un clavo dentro de un cuarto de madera y piso de tierra apisonada, similar a otros que sirven de casa a ésta y otras miles de familias ngobe buglé.
Rosita no tiene zapatos ni juguetes y me cuenta que alimenta a su hermanito dándole una mamadera que prepara con leche en polvo y agua que extrae de un recipiente de plástico amarillo, de los que sirven también para almacenar aceite. Hay una pluma de agua corriente a unos treinta metros, que no tiene agua porque hay un daño en el acueducto. Cuando hay agua sale sucia, pero allí se bañan los habitantes de este albergue y allí también lavan la ropa, prueba de lo cual son unas cuantas prendas tendidas en una cuerda en medio de otros tanques llenos de agua turbia sobre el suelo enlodado.
Hoy la niña no ha ido a la escuela porque está resfriada, aunque sospecho que, como la madre está en el cafetal cosechando, ella se ha quedado para cuidar a los otros más pequeños que deambulan por los alrededores bajo la atenta mirada de esta diminuta niñera. Pero Rosita sabe leer y escribir y tiene un cuaderno que guarda cuidadosamente dentro de una bolsa plástica junto con sus pocas pertenencias. Las del resto de la familia se encuentran diseminadas sobre los tablones pelados que sirven de cama, sin otras cobijas que no sean sus ropas gastadas y el calor de los cuerpos hacinados en las frías noches de Boquete.
Nos sentamos sobre una tabla y la niña me enseñó con orgullo sus tareas hechas con buena letra, limpias y ordenadas, porque ha aprendido muchas cosas copiando del pizarrón largos párrafos sobre temas ajenos a su vida nómada y paupérrima. La última lección que aparece en el cuaderno de Rosita está ilustrada con los dibujos que ha trazado de una mesa perfectamente puesta, como para un almuerzo sabroso. No falta nada. Hay un mantelito y una servilleta, un plato escoltado por un tenedor, un cuchillo y una cucharita, y con letra clara ella ha hecho la enumeración de cada uno de estos objetos que nunca ha utilizado y que probablemente ni siquiera ha visto.
¿De qué puede servirle a esta pequeña toda esa información inútil para cambiar su entorno de pobreza? Si en el corto tiempo que pasará en la escuela, entre cosecha y cosecha, no puede adquirir los conocimientos básicos para mejorar su vida, el esfuerzo invertido en largas caminatas y tediosas jornadas habrá sido en vano y seguirá arrastrando su vida de pobre que dejará en herencia a sus hijos como le dejaron a ella su madre y su abuela.
Una vez más soy testigo de esta realidad que viven miles de niñas y niños panameños, que en las áreas rurales asisten diariamente a escuelas donde se imparte una educación obsoleta, sin relación alguna ni con sus experiencias cotidianas ni con un proyecto educativo dirigido a mejorar sus condiciones de vida presentes y futuras. Esta educación requiere a gritos de una reforma integral, si no queremos hundirnos cada vez más en la pobreza y la desesperanza.
Para los niños, niñas y adolescentes que emigran anualmente con sus familias a las fincas cafetaleras de Chiriquí y Costa Rica es imprescindible establecer un año lectivo que se inicie a fines de febrero o comienzos de marzo y que se extienda hasta el mes de septiembre con un programa concentrado en las materias básicas para enseñar a leer y a escribir de verdad, así como para dominar las operaciones aritméticas básicas y en el que las otras materias sirvan para incorporar conocimientos que permitan comprender el mundo en que viven. Así adquirirían un saber que les abra horizontes para poder crecer como personas y salir del oscuro mundo de la ignorancia y el anacronismo; un saber que está muy lejos de la información recopilada fielmente en el cuaderno de Rosita.
La autora es legisladora
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