Panamá, 20 de noviembre de 2001
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Desde la ventana

Este país nuestro se da el lujo de perder a muchos de sus hijos que, formados aquí o en el exterior, no encuentran eco a sus aspiraciones

María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com

Desde mi ventana se ve una ciudad magnífica. Hubiera preferido que se viera el mar, o la selva, pero no se puede tener todo. Las visitas suelen decirme -especialmente si es algún extranjero que no sabe por dónde va la cosa- que, visto así, podría jurarse que en Panamá no hay pobreza ni desempleo. El conjunto parece una construcción de lego gigante hecha por un niño detallista y acucioso. A la izquierda se ven los rascacielos de Paitilla, en el centro, ese edificio de Calle 50 que dicen que es inteligente, y hacia la derecha, los imponentes de El Cangrejo.

A mí me gusta el panorama, porque muestra una cara del país limpia y moderna, y me hago la ilusión de que vamos por la vía del progreso. Como si además de la cara, la ciudad (y el país entero) tuviera también unas entrañas y un corazón depurados. El autoengaño es, a veces, un principio básico de sobrevivencia.

Y es que para nadie es un secreto que las naciones que tienen no solo poder económico, sino que se destacan en cultura y en avances científicos, han llegado a ser lo que son porque se han ocupado de crear la infraestructura interna (las entrañas y el corazón) que lo permita. Esto incluye una política que alienta y protege la trasparencia en asuntos públicos y la investigación (buenas bibliotecas, laboratorios con lo último de la técnica o presupuestos atinados son tan solo un ejemplo). Y no es fácil, además, que esos países dejen escapar a cerebros privilegiados (nacionales o extranjeros) que contribuyan con el desarrollo. Para muestra, se podría mencionar la tradicional fuga de cerebros europeos y latinoamericanos hacia Estados Unidos, que sabe acogerlos y sacarles partido, poniendo a su disposición recursos y unas condiciones de vida que no podían ni soñar en sus países de origen.

Y en otro orden de cosas, baste recordar que la mayoría de los escritores latinos tuvieron que emigrar a Europa donde el mercado editorial y el ambiente cultural les ofrecían lo que el terruño les negaba, en ocasiones, qué duda cabe, por razones políticas. Y aunque Londres no ha podido opacar la entrañable cubanía de Cabrera Infante, ni París o Madrid lograron arrancar el americanismo de Cortázar o de Onetti, es probable que cada uno de ellos hubiera perecido en la tierra que los vio nacer bajo el peso de la mediocridad o de la opresión.

Este país nuestro, y tampoco es un secreto, se da el lujo de perder a muchos de sus hijos que, formados aquí o en el exterior, no encuentran eco a sus aspiraciones. Gran parte de ellos, llenos de ilusión, intentan el acoplamiento o el retorno, con el firme propósito de trabajar en y para el país, pero pronto se dan cuenta de que, o Panamá se les queda chica o ellos le quedan grandes a Panamá. No pocas veces la frustración termina por vencerlos y se van con sus bártulos y su inteligencia a otra parte, donde suelen triunfar aun rumiando la nostalgia eterna del desarraigo. Y aquellos incautos que deciden quedarse, sufren en carne propia el castigo de ser diferentes en un ambiente que intenta, a toda costa, opacarlos, sepultarlos o diluirlos. Cuando no falta la infraestructura, sobran la cizaña y la zancadilla. Y así, o se dejan absorber para no desentonar, o se van muriendo en vida. El precio no es otro que vivir desarraigados en su propia tierra.

Y es que las entrañas corruptas del país tienen a veces el rostro de la mediocridad (hay que quitar del medio al que no entra en el juego de la componenda o el favoritismo) o el rostro de la injusticia, que niega a quien lo tiene el mérito que le corresponde. Porque la corrupción no es tan solo llenarse los bolsillos con dinero que no nos pertenece o sacar beneficio de un puesto público, sino precisamente jugar con el elemento humano a la ruleta rusa. Hoy te salvas porque los que detentan el poder te favorecen, y mañana mueres porque son otros los favorecidos. Aunque justo es reconocer que los hay con la habilidad suficiente para evitar siempre el tiro certero.

Lo grave no es solo que se desperdicia a los que como tarjeta de presentación no tienen más que su talento, sino que es siempre el país el que pierde. Resulta curioso que el desempleo, aun en momentos de crisis graves, no llame a las puertas de gente con “contactos”, pero sí a las puertas de gente trabajadora y con conocimientos. Y no caeré, por cierto, en el tópico de suponer que por el simple hecho de obtener un trabajo por “contacto” se es un tarado. Todos sabemos de lo que estamos hablando.

Y hablamos de que el “amiguismo” es un mal enquistado en la sociedad que concede muy a menudo privilegios al que no se los merece. Y hablamos también de que nada entorpece más el progreso de un país, que el poder que ampara, protege y alienta la mediocridad.

La autora es correctora de La Prensa

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