Panamá, 20 de noviembre de 2001
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Las guerras de religión no existen

Mario Pezzotti

Si pensamos en términos religiosos, hay más puntos de unión que discrepancias entre las tres religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo e islam. Quizá suene raro, pero Dios no viene al caso en el actual conflicto. Quienes, como las sectas cristianas fundamentalistas, ven en el ataque del WTC un castigo de Dios a la Torre de Babel del capitalismo, tienen una idea de Dios tan deformada como los pilotos suicidas que indudablemente dijeron antes del ataque “¡Alá es grande!”.

En el actual conflicto ha habido un momento en el que sí se ha hablado de Dios correctamente. Y me refiero a la crítica que hicieron los musulmanes al uso del término “Justicia Infinita” (primer nombre dado por Estados Unidos a su respuesta militar). En este sentido tenían razón, y de nuevo coinciden las tres religiones en la idea de que solo Dios puede administrar la justicia infinita. Ese término, además de ser arrogante y soberbio, intentaba invocar una alianza con lo divino al momento de responder el ataque terrorista.

Pero no es la primera vez en la historia que se invoca el nombre de Dios en una guerra. En ambos bandos, incluso cuando los dos eran cristianos. En la guerra de las Malvinas, Margaret Thatcher estaba tan convencida de que Dios está al lado de Gran Bretaña, que en los servicios religiosos se negaba a rezar por todas las víctimas. Tal incomprensión religiosa demuestra la creencia en un dios como si fuera una especie de Marte cristiano (entendiéndolo como el dios mitológico de la guerra).

Tampoco el conflicto de Irlanda del Norte tiene que ver con la religión, aunque los contendientes se llamen católicos y protestantes. Se trata de un conflicto social y territorial, y si los habitantes no tuvieran ninguna religión, los partidos llevarían otro nombre. Incluso la lucha entre palestinos e israelíes no es, en primer término, una guerra de religión. Comenzó como una contienda territorial y a partir de 1967, ambas partes empezaron a invocar a Dios. Pero, para los israelíes y palestinos secularizados, el motivo de la guerra sigue siendo la tierra.

La lucha contra el terrorismo no es una guerra de religión. Quien invoca a Dios en una guerra le convierte en un dios nacional belicoso, y en términos teológicos, en un ídolo. Las ideas fundamentalistas sobre Dios solo son quimeras religiosas, proyecciones hechas a medida humana, pues las guerras religiosas son siempre conflictos bélicos políticos, en los que la religión dominante se convierte en justificación ideológica. Esto nos lleva a la paradójica situación de que, en caso de guerra entre Estados de la misma religión, ambos piden al mismo dios que bendiga sus armas.

La primera gran guerra en Europa, que fue la guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia, enfrentó a dos naciones católicas, pues Inglaterra aún no había creado la iglesia anglicana. En la Segunda Guerra Mundial lucharon católicos, protestantes y ortodoxos; sin embargo no fue una guerra de religión, sino que se unieron todos contra el neopaganismo nazi. Es verdad que en nombre de la religión, cualquiera que sea, se ha causado mucho sufrimiento en el mundo, pero las guerras más sangrientas no han sido religiosas, sino que se han disfrazado con ese manto para captarse las simpatías de aliados, para justificarse ante el concierto de naciones y para enardecer los ánimos del pueblo que será sacrificado en ese holocausto.

Pero si las guerras de religión no existen, eso no quiere decir que una guerra no pueda ayudar a despertar los sentimientos religiosos. Solo hay que ver en la televisión y en los diarios los sentimientos de solidaridad humana que los ataques aliados están despertando en todo el orbe. La gente va más a los templos, reza más, no porque considere a Dios como caudillo de la guerra, sino porque experimenta la fragilidad de la vida humana, y teme que el conflicto alcance proporciones épicas que hagan peligrar a todos sus seres queridos y, en casos como el actual, a la humanidad entera. El hombre es confrontado entonces con los fundamentos mismos de su existencia, y es justo ahí donde la idea religiosa de Dios encuentra su lugar más adecuado. Visto así, la frase God bless America , no es un disimulado lema marcial, como la izquierda de todo el mundo ha tratado de hacer ver, sino una expresión colectiva e individual de fe que agrupa al pueblo norteamericano en estos difíciles momentos de prueba. Y quizá se pueda considerar una bendición en medio de la gran tragedia (que tengan a Dios vivo en sus corazones para acudir a El), o bien verlo desde una óptica secularizada, si así se desea.

Es una cruel ironía de la historia que estos desastres nacionales puedan generar nuevas posibilidades y ventajas a largo plazo para personas y sociedades; pero en fin, parece que los seres humanos obtenemos del sufrimiento gran parte de lo que aprendemos. Como de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial surgió una Europa nueva y próspera, también puede surgir una América nueva, después de haberse visto obligada a reflexionar.

El autor es abogado


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