La globalización de los valores
En una época en la cual la economía se ha globalizado y los peligros también, las normas y los valores deben también ser globalizados
Shimon Peres
Así como el siglo pasado, el siglo XX, llegó a su fin, también lo hizo el rol que tuvo hasta hace poco el suelo, eje central de la economía. El mismo suelo que había gozado de un papel destacado en el economía de la humanidad. Un suelo que sirvió de principal arteria de transporte. El mismo suelo en el cual estaba la supervivencia humana. Actualmente, la tecnología ha reemplazado la utilización del suelo como fuente de prosperidad económica. El espacio se ha convertido en la principal vía de comunicación que sirve de enlace entre continentes y pueblos. El futuro de la humanidad depende del aire y del espacio.
El suelo y su partición crearon las fronteras para delimitar tribus y pueblos, creando la necesidad de protegerlas, haciéndolas necesarias para que sus ejércitos pudieran defenderlas o expandirlas.
Hace unos meses estuve en Moscú y fui a visitar a Solzhenitsyn. El me dijo que el siglo XX fue el más penoso de la historia. Dos guerras mundiales que acabaron con la vida de cincuenta millones de seres humanos, sin citar las centenas de millones que fueron mutilados o desposeídos de sus propiedades. El siglo XX fue testigo también del más atroz evento jamás vivido, el Holocausto. Creía que las consecuencias desastrosas de esta experiencia, los líderes mundiales tendrían que haberlas declarado como un fracaso moral total. Ellos tendrían que haber proclamado su fracaso por subsanar las más monstruosas inclinaciones humanas y su insaciable apetito por conseguir dinero y poder, o controlar los colosales egos que dictaban sus acciones. Estoy en desacuerdo con él.
Si alguien hubiera profetizado en el año 1944, un año antes del final de la Guerra Mundial, que en el correr de apenas unos años nacería la Unión Europea, sin necesidad de guerras ni de odios, nadie le hubiera creído. ¡Y hete aquí! Un economista, sin el respaldo de un ejército elabora una milagrosa metamorfosis: la contribución de Jean Monet al futuro de Europa supera el legado de Napoleón.
Europa resolvió sus conflictos políticos enfocándose en la economía, una nueva forma de economía basada en la ciencia y en la tecnología, sin que fuera necesaria la fijación de fronteras o el izado de banderas nacionales. La ciencia fomentó una economía global y la convirtió en una gran promesa para el futuro de la humanidad.
Sin embargo, en los albores del siglo XXI y con grandes expectativas, sin tiempo apenas de deleitarnos con nuestros dulces sueños, nos vemos enfrentados al atroz ataque cometido contra las Torres Gemelas en Nueva York, descubriendo los terribles peligros existentes que revisten las nuevas contiendas armadas, cuyo propósito es matar. Hasta ahora creíamos que los ejércitos de nuestros países podrían servirnos de escudo protector. Pero los ejércitos fueron capacitados para luchar contra enemigos, no contra peligros. El enemigo es nacionalista por naturaleza, así como era nacionalista la economía basada en la producción del suelo. Los peligros, la amenaza del terrorismo y la economía pasaron a ser globales.
Los gobiernos que tuvieran aún una inclinación nacionalista no tuvieron otra opción que transferir amplias esferas de le economía a manos privadas (privatización). La economía mundial descansa en la privatización. Sin embargo, resulta difícil aventurarse a pensar que las reglas que gobernaron el desarrollo de la economía podrían aplicarse también a los peligros. La lucha contra el terrorismo no puede ser privatizada.
Aparentemente, la única proposición válida parecería ser la reorganización de la red de lazos internacionales, al final de la cual surgirá la manera de luchar contra el terrorismo. Los grupos antiterroristas deberán luchar decididamente y sin dilación. Porque si el terrorismo prevalece, los pueblos no podrán más viajar a salvo en avión, o trabajar libremente, o construir rascacielos, y podrían, a largo plazo, sentirse respirando aire impuro y bebiendo agua contaminada por terroristas.
Nosotros ya estamos siendo testigos del nuevo marco de trabajo. ¿Quién hubiera podido, hace diez años, soñar que lograría formarse un grupo que incluiría a EU, Rusia, Europa, China, India, América Latina y una serie de países musulmanes tales como Turquía, Uzbekistán y probablemente Pakistán?
Esto es solamente el comienzo. Por un lado la economía, y el terrorismo por el otro, forzarán a todos a buscar nuevas estructuras, en las cuales habrá de basarse el nuevo orden mundial. La nueva situación creará una interdependencia jamás vivenciada en los anales de la Humanidad, trascendiendo pueblos, naciones, bloques y culturas.
La aspiración por la sobrevivencia engendra nuevas necesidades. Y quién sabe, puede ser que estemos encaminándonos a los umbrales de una nueva génesis, comprendiendo que después de haber deseado estar desunidos, aspirando a la fuerza y el odio, finalmente nos dimos cuenta que tal comportamiento sólo nos hizo indefensos.
El esbozo de una gran revolución está apareciendo en el horizonte. Probablemente no habrá otra opción que la de liberarse de tradicionales alianzas, y en vez de competir uno contra el otro, trabajaremos unidos como en la mejor de las coaliciones, como un conjunto de jugadores que tienden a un objetivo común y que paralelamente se enfrenta con los desafíos de sus riesgos y potencial inherente.
El cambio que ocurrirá en el mundo afectará también al Medio Oriente, inclusive a los países árabes. Juntos y por separado, deberemos tomar una postura activa contra el terrorismo, y no contentarnos con meras declaraciones. El terrorismo no puede ser confrontado con meras frases retóricas.
Todo intento carente de sentido que defina al terrorismo como legítimo o ilegítimo no podrá tener éxito. Todos los acuerdos de paz alcanzados (con Egipto y Jordania) que hacían un llamado a un retiro israelí, fueron logrados sin la intervención de bin Laden y sin la amenaza del terrorismo. Todo lo contrario. El terrorismo representó un obstáculo para alcanzar un acuerdo tanto con los palestinos como con los libaneses.
Las organizaciones terroristas no se limitan a actuar dentro de sus propias fronteras. El Jizbalá extendió sus operaciones a Argentina y a Europa. Lo mismo ocurre con otros grupos, que forman alianzas con organizaciones terroristas internacionales. Si las bombas formaran parte de los valores humanos, los verdaderos valores no podrían subsistir. Osama bin Laden se considera un legislador y un juez, que no necesita reconocimiento ni de Estados ni de tribunales de justicia, y en nombre de la justicia se siente libre de matar o de ser indulgente en asesinatos de masas, indiscriminadamente. Cuando un asesino se cubre con un manto de inocencia. la consecuencia es el crimen, no la justicia.
Tanto la economía como la seguridad se han generalizado. Todo aquel que hable de una economía religiosa o nacional (el mercado árabe, por ejemplo), no es consciente del advenimiento de la economía moderna, que se destaca por su apertura y habilidad en la implementación del aire y el espacio cibernético para la comunicación, absteniéndose de hablar de partición de territorios o de aguas territoriales. Si alguien desea aislarse, terminará aislado, empobrecido y subdesarrollado.
Esto se aplica también a todo autointento de esgrimir el terrorismo, ya que acarreará la ira del mundo entero. Muy semejante a la manera en que es imposible combatir la polución sin la cooperación de todas las naciones, ocurre también con el terrorismo. El terrorismo debe alertar a los pueblos para volver a ser un mundo pragmático, para comprender que el derecho de permanecer vivos es el más supremo de los derechos humanos.
En una época en la cual la economía se ha globalizado y los peligros también, las normas y los valores deben también ser globalizados.
El autor es viceprimer ministro y ministro de Relaciones Exteriores
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