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Actualidad
Periodistas y querellas
Rafael Pérez G.
rperez@prensa.com
Cuando los periodistas asumen con profesionalismo y ética
su papel fiscalizador, las presiones, amenazas y obstáculos
que sortean en su tarea no culminan con la publicación de
la nota que revela irregularidades en el manejo de la gestión
pública o privada.
En la mayoría de los casos, empieza aquella incómoda
y agotadora etapa en la que esas presiones y amenazas se intensifican
por todos los costados. En eso, los funcionarios panameños
o personas públicas o particulares en este país que
aparecen involucrados en asuntos de interés público
son poco creativos en su proceder.
Montar conferencias de prensa, desde tempranas horas de la mañana,
para desmentir la información publicada; pautar sus cartas-réplicas
en páginas completas en los diarios y advertir sobre eventuales
acciones legales en contra del periodista y del medio en donde labora,
se ha convertido en moneda de uso diario en Panamá.
Algunos no cumplen sus amenazas y logran con su furia pasajera
amedrentar a los editores, quienes aterrados, publican íntegramente
sus cartas, y con ello dejan el mal sabor en los lectores, televidentes
o radioescuchas, de que el medio se retractó de lo previamente
publicado o difundido.
Otros, sin embargo, acuden a las instancias judiciales respaldados
con un legajo de disposiciones legales que han sido denunciadas
por organismos nacionales e internacionales como abiertamente violatorias
de los derechos humanos.
No gratuitamente, en su informe de este año sobre la libertad
de prensa en la comunidad iberoamericana y en el resto del mundo,
el organismo no gubernamental Reporteros Sin Fronteras retrata la
situación panameña de una manera nada halagüeña.
La elección de Mireya Moscoso como presidenta de Panamá
y la derogación, poco tiempo después, de varias leyes
mordaza heredadas de la dictadura, despertaron esperanzas.
Desgraciadamente, anotan, el proceso de supresión de las
leyes restrictivas no siguió adelante en el 2000, pese a
que la propia mandataria públicamente se ha comprometido
en caminar en esa dirección. La realidad, no obstante, ha
sido otra.
Y la postura de los organismos internacionales sobre este particular
es diáfana: para lograr una defensa adecuada de la libertad
de expresión, se debe discutir la conveniencia de incorporar
dentro de los ordenamientos legales de cada país, la distinción
entre personas públicas y privadas en relación con
las leyes para proteger el honor.
Sumar esta modalidad implica, necesariamente, la derogatoria de
las denominadas en otros países leyes de desacato; trasladar
de la esfera penal a la civil los delitos de calumnia e injuria,
e incorporar la doctrina de la real malicia.
Según esta doctrina, el periodista es consciente, en el
momento de redactar la nota blanco de la querella criminal, de que
la información allí reportada es falsa, o actúa
con desconocimiento negligente de la verdad o la falsedad de la
referida información.
Sobre este particular, la Relatoría Especial para la Libertad
de Expresión de la Organización de Estados Americanos
(OEA) tiene un planteamiento claro: la protección a la reputación,
anota, debe estar garantizada solamente a través de sanciones
civiles, en los casos en que la persona ofendida sea un funcionario
o persona pública o privada que se haya involucrado voluntariamente
en asuntos de interés público.
En estos casos, opina la relatoría, debe probarse que en
la difusión de las noticias, el comunicador tuvo intención
de infligir daño o pleno conocimiento de que estaba difundiendo
noticias falsas, o se condujo con manifiesta negligencia en la búsqueda
de la verdad o falsedad de ese reporte periodístico.
Aunque en Panamá este asunto sobre la real malicia está
en un debate embrionario, ya en 1994, la Sociedad Interamericana
de Prensa (SIP), en una conferencia hemisférica sobre libertad
de prensa en México, declaró que solo debería
haber responsabilidad legal por difamación de funcionarios,
figuras públicas o individuos privados involucrados en temas
de interés público, si el demandante puede probar
la falsedad de los hechos publicados y el conocimiento real de esa
falsedad y dolo directo por parte del periodista o empresa de comunicaciones.
La carga de la prueba, en estos casos, debe recaer sobre la parte
supuestamente difamada para probar la falsedad imputada. La situación
en Panamá es al revés.
El autor es periodista
Jaque a los talibán
¿Quién concebiría que en pleno
siglo XXI pudiera existir un régimen basado en creencias
que se remontan a mil 300 años de antigüedad?
Liz Erika Carrasco
lcarrasco@prensa.com
Su reinado duró solo cinco años. Para los oprimidos
afganos pareció ser una eternidad, porque durante ese tiempo
vieron mutiladas sus más preciadas libertades individuales
y religiosas a manos del régimen Talibán.
Cometidos al amparo de la ley islámica sharia, los excesos
se demostraron con medidas que iban desde las amputaciones de miembros
de los pecadores (en el caso de los castigos menores)
hasta las ejecuciones públicas (en el caso de las faltas
mayores).
Por eso, al ver las imágenes de la recién liberada
población de Kabul, no queda duda del grado de opresión
de que fueron objeto. Al día siguiente de la huida de los
talibán, los hombres se afeitaron las barbas y las mujeres
asomaron sus rostros sonrientes a la mirada del mundo; las radios
alegraron las casas y los comercios, mientras que los más
jóvenes jugaban libremente en las calles en medio de su recién
recuperada libertad.
La realidad que vivían los ulíes, por ejemplo, parecía
una broma de mal gusto o el relato surrealista de algún novelista
con mucha imaginación. ¿Quién concebiría
que en pleno siglo XXI pudiera existir un régimen basado
en creencias que se remontan a mil 300 años de antigüedad?
Sin embargo, ocurrió.
El movimiento Talibán, surgido en las escuelas religiosas
paquistaníes, conquistó el poder en Afganistán
en 1996, cuando sus militantes lograron la captura de Kabul y expulsaron
a los muyahidín (guerreros santos) al norte. En un principio
los ex estudiantes de teología fueron bien vistos cuando
derrotaron a los grupos de muyahidín, cuyas batallas por
el control de Kabul -tras la caída del gobierno instalado
por los rusos- había asolado la capital. Pero enseguida impusieron
un gobierno con base en un distorsionado sistema islámico
que oprimía a la población, especialmente a las mujeres
y niñas.
Cuando las fuerzas talibán conquistaron Kabul, desterraron
a la mujer de la vida civil, expulsándola de la enseñanza
y confinándola al hogar. Hasta entonces, el 65% del profesorado,
el 40% de los escolares y casi la mitad de los 7 mil estudiantes
de la Universidad de Kabul eran mujeres. Ese control de todo, que
ellos pensaban era su mayor fortaleza, acompañado por un
mal entendido aislamiento internacional, fue, al mismo tiempo, en
realidad, su mayor debilidad.
A nivel interno, los talibán encontraron pronto un enemigo
común, cuando una coalición de distintas facciones
afganas opuestas al régimen, la Alianza del Norte, se constituyó
a la par. Poco a poco el mundo fue conociendo de sus excesos, como
quedó demostrado el año pasado cuando, en una interpretación
rigorista del mandato islámico de no venerar iconos, destruyeron
las milenarias estatuas de Buda en Bamiyan.
La destrucción de las estatuas fue un mensaje a la comunidad
internacional; una forma de decir ustedes no nos hacen caso,
pues miren lo que nos importan, aseguró un alto funcionario
de la ONU destinado a Afganistán. Pocos gobiernos estaban
dispuestos a tratar con ellos después de que fueron sancionados
por las Naciones Unidas por su negativa a entregar a Osama bin Laden
por su responsabilidad en los atentados contra las embajadas norteamericanas
de Kenia y Tanzania, ocurridos el 7 de agosto de 1998.
Fue esta mancuerna con bin Laden lo que acabó de hundirlos.
Tras los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos llamó
a la formación de una coalición terrorista internacional
para acabar con Osama y su red Al Qaida. Los talibán insistieron
en protegerlo, y ese fue el principio del fin, ya que todo el mundo,
incluso el musulmán, les dio la espalda.
Hoy, tras las pérdida de Mazar i Sharif y Kabul, libran
su batalla final en la localidad de Kunduz, pero todo indica que
su derrota es inminente.
La autora es periodista
La deuda, ¿mal sin remedio?
Franklin Castrellón
fcastrellon@prensa.com
Prácticamente todos los políticos saben cuál
es la cura para la deuda panameña, pero casi ninguno la aplica
al llegar al poder. La excepción fue Guillermo Endara Galimany,
quien contó con un contralor General que controlaba de verdad
y quien, junto a él, se ocupó de velar por que la
deuda pública no siguiera creciendo.
Esa fue, probablemente, la gran virtud del primer gobierno democrático
tras la caída de la dictadura. Las razones de los distintos
gobiernos para no hacerlo, a mi juicio, van desde la de buscar fuentes
de enriquecimiento ilícito hasta realizar obras, muchas veces
a costos abultados, para apoyar la siguiente aventura política.
A fines del 2000, la deuda pública de Panamá --incluidas
la interna y la externa-- sumaba los 7,732 millones de dólares,
lo que representaba el 76.9% del Producto Interno Bruto (PIB). Y
este escenario será aún peor al finalizar el 2001.
Tan grave como lo señalado es el hecho de que el servicio
de la deuda, es decir, lo que tiene que pagar el Gobierno en concepto
de amortización e intereses, se lleva gran parte de los ingresos
corrientes. Y casi no quedan recursos disponibles para que el Estado
cumpla su misión de atender la deuda social (educación,
salud, carreteras y caminos de penetración, etc.).
Lo peor de todo esto es que un alto porcentaje de la deuda contraída
por el Gobierno ha sido pactada a intereses fijos, lo que impide
que pueda beneficiarse con los ajustes a consecuencia de las recientes
bajas en las tasas de interés en los principales mercados
de capital del mundo.
El enorme peso que tiene la deuda pública es uno de los
factores que toman en cuenta las calificadoras para
determinar el grado de inversión o de riesgo que pueda tener
un país. Esta calificación determina el acceso a los
mercados financieros y el costo al que puede el país (en
este caso Panamá) obtener recursos financieros internacionales.
En pocas palabras, a medida que la calificación del país
implique mayor riesgo, las tasas de interés por los empréstitos
que obtenga serán más altas.
El actual Gobierno ha señalado, reiteradamente, su intención
de lograr la calificación de Panamá como país
con grado de inversión. Pero hete aquí que en
la formulación de su proyecto de presupuesto (rechazado esta
semana por la Asamblea), incluyó recursos de capital provenientes
de nuevos empréstitos, que comprometerían el 40% de
los ingresos totales del Estado (actualmente es el 31%).
En defensa de esa posición, el Ministerio de Economía
y Finanzas ha presentado al diálogo nacional una interesante
propuesta para usar parte del Fondo Fiduciario para el Desarrollo
(FFD) en la recompra de deuda (bonos Brady).
Sin embargo, según advirtió el economista Guillermo
Chapman en reciente reunión del Grupo Empresarial INDESA,
el Gobierno pareciera estar encaminándose a argentinizar
las finanzas públicas, pues todo apunta hacia un incremento
de la deuda. Chapman describió la figura señalando
que, de materializarse las aspiraciones presupuestarias del Gobierno,
Panamá aumentará su relación deuda-PIB al 83%,
mientras que en Argentina es del 45%. Esta relación (baja
para nuestros parámetros) tiene tanto peso en las finanzas
públicas del país sureño debido al tamaño
de su economía.
De endeudarse Panamá aún más, es muy probable
que las firmas calificadoras bajen la calificación del país.
Esta calificación tendría un gran peso en el momento
en que Panamá vaya al mercado internacional a buscar financiamiento
para la expansión del Canal. Estamos hablando de varios miles
de millones de dólares. A menos que la Autoridad del Canal
logre ser calificada como empresa y no como parte de un Estado soberano,
los intereses a los que obtendremos ese financiamiento será
sumamente alto.
El actual Gobierno ha dicho una y otra vez que persigue una sana
política financiera. Concedemos que la coyuntura actual no
ha sido favorable. Pero lo sano es que la política financiera
que se decida a partir de ahora sea el resultado del consenso político.
Y que no tengan que pagar las futuras generaciones los despilfarros
de malos gobernantes, como lo han tenido y tienen que hacer las
actuales.
El autor es periodista
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