Panamá, 18 de noviembre de 2001
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Del fuego a las brasas

Guillermo Sánchez Borbón

En el plan del Sha para modernizar a su país, ocupaba lugar prominente una radical reforma agraria. Para que surta un efecto profundo y duradero, cualquier intento de modernización debe contar con el apoyo de sus presuntos beneficiarios, sobre todo cuando se propone erradicar creencias, costumbres y prejuicios multiseculares. El Sha pasó por alto estas precauciones y trató de imponer su plan por la fuerza. La SAVAK, su policía secreta, hizo gala de una crueldad inaudita: asesinó, torturó y mutiló a decenas de millares de personas. Súmese a todo lo anterior el descontento de la población urbana, harta de bajos niveles de vida; de una clase media resentida y de la intelliigentsia, en franca rebelión contra un régimen que había conculcado todas las libertades, y se obtendrá un caldo de cultivo perfecto -y la temperatura óptima- para que crecieran y fructificaran las esporas de la rebelión sembradas al voleo por los mullahs, sacerdotes y terratenientes musulmanes afectados por la reforma agraria.

La prédica de los mullahs, sobre todo la de su sumo pontífice, el Ayatolá Komeini, era inobjetable: Dios es el único que puede decidir quiénes son pobres y quiénes ricos. Con la reforma agraria y sus otras leyes sociales, el Sha había usurpado funciones privativas de Alá. Trató -me erizo, como diría Tres Patines- de mejorar el nivel de vida de los pobres (sabiendo perfectamente que estos lo son por voluntad de Dios) y desmejorando el de los ricos, especialmente -¡oh profanación intolerable!- el de los mullhas. Y esta prédica encendió el entusiasmo de las masas. Prédica mezclada a la recordación de los mártires shiitas sacrificados a la vesania de los sunis en el alba del Islam. Y las multitudes derrocaron al monarca y desarticularon su aparato represivo (que debe de haber sido espantoso, a juzgar por la cantidad de muñones que los manifestantes mostraban a las cámaras de televisión extranjeras). Y regresó de su exilio Komeini, aclamado por muchedumbres histéricas. Y el mundo asistió, estupefacto, a la instauración de una teocracia en pleno siglo XX. Y Komeini gobernó con el apoyo de todo el pueblo. Y con la entusiasta colaboración de las propias víctimas, ordenó cubrir el rostro de las mujeres (sospecho que para los teólogos del fundamentalismo el rostro de una mujer es más obsceno que sus posaderas) e iniciaron su imposible viaje al pasado.

Lo que a mí me dejó boquiabierto fue la reacción de los mandarines culturales de Occidente. Aplaudieron, con un entusiasmo incomprensible, medidas francamente reaccionarias. Después se quejan los intelectuales de que ya nadie los respete ni les haga caso. ¿Por qué se traicionaron así? Por lo que llamó Diógenes de la Rosa “el cretinismo antiyanqui de la izquierda”, que se resume en una sentencia inapelable: todo lo que perjudica a Estados Unidos es bueno.

Mientras tanto, los mullahs devolvieron a Dios lo que es de Dios, recuperando la tierra que el Sha había repartido a los campesinos.

Desde entonces ha pasado muchas veces el río bajo el puente. Poco a poco, los iraníes se fueron desencantando de un régimen que había hecho descender la oscuridad sobre ellos. Un buen día las mujeres tornaron a desnudarse desafiantemente las caras y salieron a la calle exigiendo que les devolvieran los derechos decomisados por la teocracia. Y los estudiantes demandaron libertades intelectuales. Y los obreros y campesinos, que habían visto deteriorarse su nivel de vida y hundirse la economía de la nación en el caos, exigieron reformas sociales y una política sensata de desarrollo. Todas estas fuerzas se unieron para elegir un presidente moderado; pero es tal el poder de los corruptos ayatolás (se han reservado el derecho de vetar todas las medidas que no convengan a sus intereses), que el nuevo gobierno tiene que andar con pies de plomo para poder cumplir el mandato que el pueblo le dio en las urnas.

Ahora las contradicciones internas del régimen se han abierto paso a la luz con fuerza irresistible. El presidente condenó públicamente, en forma inequívoca, la destrucción del WTC. Pero el sucesor de Komeini trató de contrarrestar sus palabras maldiciendo no al gobierno gringo, sino a la nación norteamericana poseída -como todos los fundamentalistas lo saben- por Satán. Estas palabras fueron acogidas con risas por una parte de la multitud reunida para escucharlas. Muchos de ellos se dispersaron dando vivas a Estados Unidos y, en algunos casos, exigiendo que el hijo de Palehvi sea coronado nuevo Sha de Persia. Las manecillas del reloj le han dado una vuelta completa a la esfera, y parece que va a comenzar de nuevo la representación del terrible drama. ¡A estos trágicos desenlaces conducen los excesos! Ojalá que los iraníes sean capaces de librarse de sus mullahs, sin recaer en una monarquía anacrónica.


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