Panamá, 18 de noviembre de 2001
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La vara del profeta

En las culturas misóginas, y la nuestra lo es sin duda alguna, los varones debemos superar una serie de presiones que invitan al rechazo femenino

Francisco Pérez de Antón

Tengo una fotografía ante mis ojos, tomada con un potente teleobjetivo, en el que una mujer arrodillada, de espaldas a la cámara y sentada sobre sus talones, espera una azotaina pública. Por la sombra que arroja su cuerpo, es mediodía. Y por su constitución menuda, su cintura apenas perfilada, sus hombros rectos, se adivina una mujer joven, como tú, de unos veintitantos años. El verdugo atrás de ella viste una túnica blanca y lleva la cabeza cubierta con una pañoleta roja ceñida por un cordón. Tiene las piernas abiertas y ha enarbolado una vara que, en el próximo segundo, caerá diez, veinte, treinta veces, sobre la espalda semidesnuda de la infeliz. Y sólo de pensar que esa joven podrías ser tú me causa una desazón insufrible.

Quién sabe qué pecado cometió. Y digo pecado, y no delito, porque así lo define la sharía, la ley islámica por la cual se rige Arabia Saudí, país donde fue tomada la foto. Su antecedente se encuentra en la Sura IV del Corán, donde se ordena flagelar a toda mujer que no obedezca a los hombres. Te la leo: “Los hombres son superiores a las mujeres a causa de las cualidades por las que Alá ha elevado a éstos por encima de aquéllas”, en consecuencia, “reprenderéis a las mujeres cuya desobediencia temáis, las relegaréis en lechos aparte, las azotaréis”.

La humillación y el dolor que le esperan a esta joven me han recordado el caso, ocurrido años atrás en Paquistán, de una viuda que fue azotada ante miles de personas por haber sido infiel a su esposo tres meses después de que éste hubiera fallecido. La policía la encontró en la cama con un hombre antes de haberse consumado el plazo establecido por la ley islámica para que el hecho no fuera calificado de infidelidad. La mujer no pudo soportar el castigo y se desmayó al cabo de cincuenta y tres azotes.

¿Cómo es posible, te dirás, que cosas así sucedan en nuestros días? Karen Amstrong, autora de dos libros espléndidos sobre la historia del monoteísmo, dice que todo se debe a que el islam es un credo secuestrado por los hombres. Estoy de acuerdo con ella, pero pienso que a la respuesta le falta un matiz sutil. No fueron los hombres en abstracto quienes se apropiaron del islam, sino los hombres misóginos, los hombres que, sin ser por fuerza homosexuales, sienten miedo, aversión o desprecio por la mujer. Y ahí tienes los efectos: un credo petrificado en la Edad Media que impide el desarrollo, no sólo de la mujer, sino de millones de seres humanos.

Te voy a poner otro ejemplo. No sé si habrás leído que Mohamed Atta, uno de los pilotos suicidas de las torres de Nueva York, dejó un testamento ordenando que ninguna mujer debía llevar luto por él, asistir a su entierro, ni acercarse a su tumba, pues lo prohibía el islam. No lo escribió Mohamed, excuso decirte. El texto es una fórmula testamentaria que muchos imanes y ulemas recomiendan a los fieles. Lo que significa que, aún después de morir, todo buen musulmán debe mantener a las mujeres lejos.

En las culturas misóginas, y la nuestra lo es sin duda alguna, los varones debemos superar una serie de presiones que invitan al rechazo femenino: una madre demasiado absorbente, una educación primaria separados de las chicas o un adoctrinamiento religioso en el que la mujer es vista como un peligro para el alma. La mayoría superamos esas pruebas, pero hay una minoría que no puede y que en buena parte pasa a engrosar las cúpulas y las jerarquías de los credos misóginos para impartir desde allí una teología antifeminista. El islam es uno de esos credos. Y estas palabras de Mahoma lo prueban: “Si pudiera ordenar a un ser humano que se prosternase ante otro, sería a la mujer delante del hombre”.

La misoginia es Perspectiva: La vara del profeta, la oscura senda que a lo largo de milenios han seguido los clérigos monoteístas. De ahí que ulemas y curas no admitan la competencia femenina. La mujer es su mayor adversario. Y al adversario hay que tenerlo sujeto. Por eso la humillan en público, la mantienen en la ignorancia, la obligan a vestir como un fantasma o la utilizan únicamente como vientre para que, ocupada en ese menester, no tenga tiempo de competir con los hombres ni de ponerse nunca a la altura de éstos.

Pero hay otra propensión ligada a la misoginia que a menudo le hace escolta. Su nombre es misogamia y consiste en la dificultad de algunos varones para compartir su vida con una mujer. Un misógamo no rechaza a las mujeres, pero rehuye el trato con ellas. Como los eremitas, los trapenses, ciertas sectas religiosas, Mohamed Atta o el propio Hitler. Cuídate de ellos, es gente aviesa y dañina. El misógamo es un pájaro solitario que, en palabras de San Juan de la Cruz, se va a lo más alto y no sufre compañía. Pero son pájaros peligrosos. Cómplices y mentores del machismo, se creen superiores a la mujer por razones que sólo Dios sabe, justifican su soltería afirmando que el celibato es un estado superior a la vida compartida, pontifican sobre los valores de la familia, pero no son capaces de fundar y sostener una, y por si todo esto fuera poco escarnio, se constituyen en guardianes de la moralidad de la mujer y expertos en su cuerpo y su fisiología.

Suele darse por sentado que la cultura islámica es más antifeminista que la nuestra. No es verdad. Tenemos una historia misógina riquísima que, si no ha progresado más, es porque se lo ha impedido el laicismo. Te sorprendería saber, por ejemplo, que el chador, ese manto con que se cubren las mujeres del islam, es un invento judeocristiano. Pero ésa es otra historia que, Alá mediante, te contaré otro día.

Firmas Press - Escritor y periodista español radicado en Guatemala


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