Panamá, 15 de noviembre de 2001
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Auge y ocaso de los talibán

En 1996, su movimiento salió arrollador desde las escuelas religiosas paquistaníes hacia el poder en el Afganistán devastado por la guerra

Jóvenes afganos observan postales de estrellas del cine indio, algo que les había sido prohibido por el régimen de los talibán.

ISLAMABAD, Paquistán (Reuters). —Prohibieron la música y la televisión. Las mujeres no podían trabajar ni las niñas ir a la escuela. A los hombres no se les permitía arreglarse la barba y las ejecuciones sumarias se llevaban a cabo cerca de la meta de una cancha de fútbol. También erradicaron las drogas y limpiaron el país de armas. Esos eran los talibán.

En 1996, su movimiento salió arrollador desde las escuelas religiosas paquistaníes hacia el poder en el Afganistán devastado por la guerra, en una captura relámpago de Kabul desde el sur mientras sus adversarios muyahidín (guerreros santos) huían a toda prisa hacia el norte.

El martes se dio vuelta la tortilla. Los muyahidín, que ahora eran la oposición, ingresaron a la ciudad desde el norte.

Los talibán se enorgullecían de su éxito en imponer en su país un gobierno con base en la religión y modelado en la utopía de un sistema islámico que existió hace mil 300 años, después de apenas surgir como una fuerza en 1994 en Kandahar.

Pero su fervor religioso, su hermetismo y su aislamiento internacional, al igual que su torpe e inexperimentado manejo de la diplomacia, puede haber sellado su suerte.

El líder espiritual de lostalibán es el anacoreta Mohamed Omar, hijo de campesinos pobres quien jamás ha viajado más lejos que al vecino Paquistán y de quien se sabe que sólo se ha reunido con dos occidentales durante sus 44 años de vida.

La temida policía religiosa, bajo el Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, patrullaba las calles para obligar a los ciudadanos a elevar sus plegarias cinco veces al día y asegurarse de que las mujeres no salían de sus casas sin la compañía de un pariente hombre.

Fueron severos y eficientes. Erradicaron los cultivos de amapola de opio y, en un país donde se es hombre si se porta un arma de fuego, los talibán confiscaron decenas de miles, si es que no cientos de miles, de armas a los ciudadanos, en un intento de restablecer el estado de derecho.

Los ex estudiantes de teología fueron elogiados casi como salvadores cuando sus combatientes de turbantes negros derrotaron a los grupos de muyahidín, cuyas sangrientas batallas por el control de la capital tras la caída del gobierno instalado por los soviéticos habían destruido gran parte de la capital.

Pero los talibán, término que significa "buscadores --o estudiantes-- de la justicia", fracasaron en obtener el reconocimiento internacional.

Pocos gobiernos estaban dispuestos a tratar con ellos después de que las Naciones Unidas les impusieron sanciones el año pasado, como castigo por su negativa a entregar a bin Laden por atentados terroristas previos.

Omar, líder supremo del Talibán, se volvió cada vez más dependiente de bin Laden desde que el activista islámico se exilió en su casi estado paria en 1996, no sólo para financiamiento, sino también para apuntalar su régimen.

Puede que ninguno de los dos hubiera sobrevivido sin el otro.

Y esa simbiosis parece haber sido el fatídico campanazo del movimiento integrista que Omar llevó de la nada, a través de la fe religiosa, a un estado que era su ideal.


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