El periodismo que soñé
Cuando los países alcanzan la democracia, son otros los retos a los que se enfrentan los medios y otra es la misión del periodista
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
No cabe duda alguna de que bajo la dictadura franquista no había en España libertad de expresión. Y no es que se atentara contra ella de vez en cuando, ni que ocasionalmente se violara el sacrosanto derecho. Eso hubiera sido un lujo. Simplemente todos los medios -prensa escrita y radio, y por supuesto la televisión desde que hizo su tímida entrada en los hogares españoles- estaban bajo el control absoluto del gobierno. No había resquicios por donde pudiera colarse un soplo de libertad.
En Salamanca había dos diarios, El Adelanto y La Gaceta, y bastaba con decir de tal o cual persona que “miente más que La Gaceta” para que todo el mundo supiera que era un mentiroso redomado. Huelga decir que tardé muchos años en entender lo que aquello significaba, pues nadie se corrió el riesgo de explicarme las razones de las mentiras. No podía entonces sospechar que algún día me ganaría la vida en un medio de comunicación y -lo que es más importante- que me interesaría sobremanera el papel que la prensa desempeña en el desarrollo de los países.
Intentar expresarse con libertad en época de dictadura es heroico, (aunque en el caso de La Gaceta hubiera sido un acto suicida), pero las dictaduras caen, los años pasan y la opinión pública exige un periodismo distinto. Cuando los países alcanzan la democracia, las heroicidades quedan para los anales de la historia, son buenas para la retroalimentación y modelo de generaciones futuras, pero son otros los retos a los que se enfrentan los medios y otra muy diferente la misión del periodista. No es suficiente con que la prensa informe con mayor o menor objetividad, sino que debe convertirse en un agente que consolide la democracia y en un contrapeso del poder, sea este público o privado. Porque poder al fin, tenderá siempre a salirse de sus fueros.
El sufragio en periodos electorales no es un objetivo por sí mismo, sino apenas el primer paso para que las naciones se encaminen por el sendero de la justicia, de la equidad, de la libertad, del desarrollo, de la cultura y del avance científico. Y no viene nada mal que se recorra ese camino bajo la mirada atenta de un periodismo que denuncie las fallas y el abuso del poder establecido.
Hace más de una década que Panamá escoge libremente a sus gobernantes, y agotado ya el entusiasmo de los noventa, cuando estrenábamos libertad y esperanza, nuestro periodismo todo parece haber caído en un estancamiento del que ni tan solo se atisba la salida. Los mismos monstruos que nos hundieron durante la dictadura (la componenda y la corrupción, el abuso, la mentira y la pobreza) nos atenazan con sus garras, mientras es cada vez menos frecuente que periodista o medio de comunicación alguno se arriesgue a profundizar en la investigación.
Un periodismo aséptico y superficial, que recoge tan solo declaraciones de funcionarios, conferencias de prensa y gacetillas, inunda diarios y televisoras haciéndose cómplice, so pretexto de la objetividad, del rejuego de intereses, mientras que los pocos que se aventuran, sufren los efectos de la ira de aquellos cuyos manejos quedan al descubierto.
Porque es preciso recordar que el periodista debe ser objetivo (y para ello presentará los hechos con pruebas), pero de ninguna forma imparcial en temas que atañen a la moral o a la democracia. Así como se impone tomar partido en contra del terrorismo, de la guerra o del narcotráfico, el periodista tomará partido también en contra de los crímenes que destruyen la naturaleza, agotan el patrimonio público y atentan contra los derechos humanos.
Hoy que se celebra el día del periodista, habrá brindis, discursos y elogios, y una vez más se destacará el heroísmo de los comunicadores. Sin duda, cada uno de ellos se preguntará si guarda aún los ideales que le llevaron a elegir oficio semejante (uno de los más hermosos por la influencia que ejerce sobre la opinión pública) o si los ha sepultado en aras de un silencio cómplice. Porque todos, en un momento dado, soñaron con un periodismo valiente que no se doblegara a maquinaciones oscuras. Y todos en algún momento soñaron con hacer de su mundo un mundo mejor.
La autora es correctora de La Prensa
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