Naipaul
Guillermo Sánchez Borbón
Cuando un escritor tiene la desgracia de morirse, o de recibir el Premio Nobel, caen sobre él hambrientos carroñeros literarios y lo hacen picadillo.
Yo no creo que el Premio Nobel (ni la muerte, si vamos a ello) agregue o quite nada a la obra de un escritor. Al novelista más importante de los siglos XIX y XX, León Tolstoi, lo pasaron por alto los académicos escandinavos para galardonar a mediocridades justamente olvidadas. Otros autores son castigados por faltas políticas, como Borges, a quien cobraron una condecoración de Pinochet; en cambio, a García Márquez (que como novelista se merecía el Nobel de sobra), nadie le echó en cara su debilidad por los dictadores. Cuando se lo dieron a Sartre, hace años, éste lo rechazó, indignado, olvidando, quizá, la advertencia de Jean Cocteau: “De nada sirve rechazar un premio si la obra lo acepta”.
Hay premios Nobel que nadie se atrevería a discutir. El de García Márquez, por ejemplo; el de Gunther Grass el año pasado. La obra del genial colombiano es pareja en calidad literaria y en importancia; no tiene los tropezones y caídas que sufren otros escritores. De Grass me fascinaron Gato y ratón, Tambor de hojalata y Años de perro. Sus otros libros se me cayeron de las manos. Dan la impresión de que el alemán quiso demostrar que puede ser tan latoso como el más latoso de los novelistas contemporáneos.
Ahora le ha tocado el turno a Naipaul. Políticamente, Borges es un montonero comparado con Naipaul, tal vez porque éste es más realista que el argentino y conoce mejor la naturaleza humana. Una de sus novelas tiene como tema los asesinatos que cometió en Trinidad un “buen revolucionario” del tercer mundo, un demente patrocinado por el todo Londres progresista solo porque era negro y dominaba la jerga puesta de moda por el Che Guevara. El retrato tanto del asesino como de sus padrinos de la izquierda londinense es devastador. Nada de lo cual embaraza a José Antonio Gurpegui (ver el último número de Tragaluz) para asegurarnos que: “El sustrato de todas ellas [sus obras] era similar: revelar los sufrimientos causados por el imperialismo a las naciones del tercer mundo”. No hay una sola de palabra de verdad en esta idiotez. Es como afirmar que toda la obra de Rubén Darío revela su entrañable preocupación por la suerte de las masas nicaragüenses. Naipaul desprecia a los negros de profesión y a los blancos ociosos que, desde sus cómodas casas en Londres, aplacan sus remordimientos de conciencia patrocinándolos (patrocinando crímenes más horrendos que los que movieron su generosidad). La tragedia está magistralmente narrada y explicada en su novela y en un luminoso ensayo Michael X y los crímenes de Trinidad, recogido en el tomo El regreso de Eva Perón, del que también forma parte el mejor estudio que conozco sobre un gorila: Un nuevo rey para el Congo: Mobutu y el nihilismo de Africa.
Desde su juventud el gran novelista llegó a una conclusión importante: ni todos los blancos son malos, ni todos los negros e indostanos son buenos, perogrullada que, sin embargo, pareció una blasfemia a los histéricos políticos por quienes siempre sintió un gran desprecio.
Uno de los libros de Naipaul que más han indignado a quienes se empeñan en creer que son progresistas todos los gobiernos del Tercer Mundo (aun los más reaccionarios, que intentan arrastrar a sus pueblos a un reino de tinieblas), es Among the Believers, crónica de sus viajes por los países musulmanes. Naipaul no está contra el Islam, está contra los fanáticos ignorantes y contra los cínicos que explotan en su provecho la fe sencilla de los creyentes. Suscribe la tesis de Américo Castro, de que la desgraciada situación de los pueblos latinoamericanos se debe a que fueron colonizados por cristianos influidos por el Islam. En cualquier caso, no habría podido ser de otra manera. Al fin y al cabo, ochocientos años de estancia árabe en España no pasaron en vano. Jorge Luis Romero sostiene que el cristianismo que descendió sobre América estaba profundamente penetrado por el Islam. La catequesis violenta, por ejemplo, dice, concepto radicalmente extraño al cristianismo, es de estirpe musulmana.
Pero para qué detenernos en estas minucias, tan ajenas a la literatura. Naipaul merece el Premio Nobel, por su rica e imaginativa obra y por su prosa incomparable, y sus admiradores debemos regocijarnos de que se lo hayan dado, y no hacer caso de quienes, sin haberlo leído, lo denigran o lo alaban por pecados y virtudes políticos absolutamente imaginarios.
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