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Osama bin Laden ya no se vende tan bien en Pakistán

Javier Otazu
EFE

Peshawar (Pakistán) 10 (EFE) — Osama bin Laden y los talibán aún tienen en Pakistán ardientes partidarios, pero el fervor parece ir apagándose cuando ya pasa más de un mes de los bombardeos americanos contra Afganistán.
"Antes, los primeros días de la guerra, vendía de cien a dosciantes camisetas con la foto de Bin Laden, pero ahora casi no les doy salida", dice un comerciante del zoco antiguo de Peshawar.

La ciudad de Peshawar, a unos 200 kilómetros de Islamabad, en el noroeste del país, está a apenas 50 kilómetros de la frontera con Afganistán y es la capital de los pastunes o patanes, la misma etnia a la que pertenecen los talibán. En Peshawar, una populosa urbe de tres millones de habitantes, ya abundan escenas del paisaje afgano, como las mujeres enterradas bajo la "burqa" y los hombres con turbante y los ojos pintados con "khol" negro.

Más allá de Peshawar está lo que el Gobierno llama "zona tribal", una franja de unos 60 kilómetros de ancha que se extiende a lo largo de la frontera paquistaní-afgana y donde no rigen las leyes paquistaníes, sino el "pashtunwali", el ancestral código tribal de los pastunes, con su interpretación rigurosa del islam.

La autoridad del Gobierno es casi inexistente y se reduce a garantizar la seguridad en las carreteras.

Los extranjeros, en estos días turbulentos, deben conseguir una autorización especial para adentrarse en la "zona tribal", ir acompañados en todo momento por un policía y abandonar la región antes del crepúsculo.

En Peshawar, a plena luz del día y en la cara de los policías, hay tenderetes donde se recaudan bienes y fondos para la "yihad" en Afganistán y donde se apuntan los voluntarios que quieren luchar al lado de los talibán.

Los tenderetes, pertenecientes a diferentes grupos religiosos integristas, han recaudado apenas unos cuantos billetes de bajo valor y un montón de mantas y de ropas viejas.

Según algunos testigos, la recaudación era mucho más abundante los primeros días de la guerra.

Uno de los puestos pertenece a la organización estudiantil del Jamiat-u-Islam (JUI), y su responsable sostiene que recaudan hasta 50 mil rupias (mil dólares, aproximadamente) diarias y que han llegado a registrar a 500 voluntarios para la "yihad".

Estos voluntarios, a los que se pide que sean "jóvenes y fervientes musulmanes", son después enviados a entrenarse al campamento de Banjopir, aunque de todas formas hay "miles" que pasan sin siquiera inscribirse.

A la pregunta de cómo entran en Afganistán si la frontera está cerrada, irrumpen en carcajadas: "Cerrada para vosotros, pero nosotros conocemos cada palmo del terreno".

En el puesto de al lado, un muchacho imberbe se encarga de recibir los donativos y apuntar a los "yihadistas". Con 14 años, ya quiere ir a luchar junto a los talibán, pero su jefe (el emir) le ha dicho que lo prefiere en tareas logísticas. El emir es quien recauda más tarde todos los donativos y los entrega, según asegura, al consulado afgano en Peshawar.

El gentío se arremolina junto a los tenderetes, pero casi nadie da una rupia: la mayoría son curiosos atraídos por la presencia de extranjeros.

Junto a los puestos, se venden fotografías de bin Laden rezando o montado a caballo (en una escenografía que recuerda al profeta Mahoma), y por encima de él los aviones estadounidenses arden en el cielo. Son muchos los que se paran a mirar los pósters, pero casi ninguno los compra.

En el viejo zoco, el mercader que vende camisetas de bin Laden habla bien del terrorista saudí, al que llama "héroe del islam", pero eso no le impide vender al lado fotos de chicas ligeras de ropa. "Es lo que la gente compra", sentencia. "Mire usted, nosotros somos paquistaníes, lo que dice Osama bin Laden no nos es práctico".

Los grupos religiosos convocan todos los viernes manifestaciones para protestar por los bombardeos contra Afganistán y el apoyo de su Gobierno a los Estados Unidos, pero sus convocatorias no han logrado movilizar a las masas. Los paquistaníes no parecen estar por la "yihad".

 


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