Panamá, 10 de noviembre de 2001
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
Trasfondo
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
Talingo
SEPARATAS
Pulso de la Nación
Punto exe
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

Una historia individual

El 11 de septiembre fue un día de estupefacción, de frustración y sobre todo de miedo

Carlos Somoza García

Estados Unidos llega ya al mes en su bombardeo sobre territorio afgano, y ya se cumple el segundo mes del atentado terrorista a las Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York y al Pentágono.

El mundo entero ha cambiado desde ese 11 de septiembre, y muchas personas definen la situación mundial a partir de los hechos ocurridos en esa fecha. Para mí tiene un significado especial, debido a mi proximidad a las Torres Gemelas aquel fatídico día.

Aprovechando unos pocos días de vacaciones, decidí viajar a Nueva York con mi esposa, para ver a unos familiares que no visitaba desde 1991. El verano neoyorquino se resistía a desaparecer y los habitantes de esa gran ciudad disfrutaban de un clima agradable. Nosotros también lo hicimos y gozamos la espectacular experiencia de estar en “la Babel de Hierro”.

Entre las múltiples actividades que puede uno desarrollar en la “gran manzana”, el 10 de septiembre en horas de la noche, mi tía, su nieta, mi esposa y yo decidimos tomar el ferry que conecta Staten Island con la ciudad. Fue un día lluvioso, pero eso no importó; viajamos a la otra isla, vimos la Estatua de la Libertad desde el mar, paseamos y regresamos. De vuelta en Manhattan, tomamos una decisión.

Queríamos ver a las Torres Gemelas de cerca y caminamos hacia ellas. Esto fue exactamente diez horas antes del impacto del primer avión. Mi prima de 10 años y nacida en Nueva York visitaba por primera vez estos edificios, al igual que mi esposa. Todos estabamos impresionados por la altura de esas moles de concreto y hierro; pero eso no tuvo comparación con la impresión que nos quedó al verlas caer.

Tengo un amigo norteamericano que visita con frecuencia Panamá; lo conocí por razones de trabajo. Nos había invitado a almorzar y a ver una obra en Broadway.

Nuestra cita para la comida era para el día 11 de septiembre en el World Financial Center, un edificio a pocos metros de las torres. El tren que nos llevaría al sitio tenía su parada en los subterráneos de las Gemelas. ¡Más vale que la invitación no fue para desayunar!

De hecho, Dick, el norteamericano, llegaba de Washington D.C. por tren y su intención era comprar los boletos para el teatro en las oficinas de Ticket Master del World Trade Center esa misma mañana.

El 11 de septiembre fue un día de estupefacción, de frustración; pero sobre todo de miedo, mucho miedo. Las oficinas públicas y privadas de la imponente Nueva York y todos sus condados fueron cerrando; los almacenes también lo hicieron y el personal de estos sitios temía tomar el tren subterráneo porque siempre se ha pensado que es un blanco ideal de los terroristas. ¡Y en medio de todo esto, dos vacacionistas panameños con ganas de disfrutar de esos días!

Hay muchas personas que por razones políticas o ideológicas han querido, de alguna manera, justificar lo sucedido. Aseguran que la política internacional de Estados Unidos es la responsable de estos actos. No es mi intención hacer una apología del Gobierno estadounidense, pero no creo que el terrorismo pueda aceptarse como una represalia válida.

El mundo entero tiene el deber de rechazar todas las formas de terrorismo. No importa quién ni dónde las cometa. España, Gran Bretaña, Israel, Colombia, Perú, Cuba, Filipinas o Japón son países que no han cedido a las pretensiones del terror, que lo único que ha logrado es matar a miles de inocentes con sus actos sangrientos.

Yo estuve cerca y el pensar que podría ser una víctima causa horror y escalofríos. Tengo entrañables amistades en Nueva York que trabajan en los correos federales; son panameños. ¿Puede usted imaginar el suplicio de estas personas todos los días en sus puestos de trabajo? Y mi familia, ¿merece estar expuesta a esta incertidumbre solo porque viven en un país donde encontró buenas oportunidades?

Ojalá la paz y la justicia reinen en los corazones de los líderes mundiales y que aquellos que obran cegados por sus ideas, reflexionen en el nombre del mismo Dios que adoramos tanto cristianos, judíos como musulmanes.

El autor es periodista

Además en opinión

Una ley imposible en 1870: Carlos Iván Zúñiga Guardia
Una historia individual: Carlos Somoza García
Felicitación: Luis Avilés Taylor
Imágenes que forjan opinión: Rebecca W. de Spadafora
Midiendo las consecuencias: Héctor Sánchez






¦
Portada¦ Hoy por hoy¦ Trasfondo¦ Nacionales¦ Deportes¦ Opinión¦
¦
Mundo¦ Negocios¦ Revista¦ Reseña¦ Última hora ¦ UH Mundo¦
¦
UH Negocios ¦ UH Deportes ¦ UH Farandula ¦ UH Ciencia y Salud¦ UH Tecnología ¦ UH Cultura ¦ UH Curiosidades ¦
Derechos reservados, Corporación La Prensa.internet@prensa.com