Panamá, 6 de noviembre de 2001
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El príncipe destronado

Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Ultima de dos entregas

“A los celos no hay que darles importancia”, decía una madre de cuatro chicos. “Yo tengo experiencia en eso y puedo asegurar que como vienen, se van”. Efectivamente, para ella, las situaciones que deparaban estos complejos sentimientos fueron transitorias, ya que sus hijos fueron, poco a poco, y por sí mismos, superándolas.

Pero a diferencia de este caso, otra señora se queja de todo lo contrario, tanto es así que ha pedido ayuda psicológica. Ella tiene dos hijas, de las cuales la mayor es la que la trae por la calle de la amargura. Tales son sus celos que pareciera vivir bajo una tortura diaria, a la cual arrastra inevitablemente a todos los miembros del hogar (en especial, la madre).

En una entrevista con ella, el especialista le pidió que hiciera un dibujo de su familia. De la interpretación de este (derivada del tamaño, posición y forma de las figuras), se dedujo que la hermanita no era santo de su devoción. Y cuando se le preguntó abiertamente qué sentía por ella, manifestó tajantemente que quería matarla. “Cuando mi mami no se dé cuenta, le clavo un cuchillo y ¡zas!, ya no está”, manifestó con una sonrisa en los labios.

Evidentemente este caso es patológico. Si bien no es representativo de la mayoría de los que describen los progenitores, sí evidencia una realidad que cada vez más reclama su espacio en las consultas clínicas. Y es que del mismo modo que la mayoría de los problemas por celos no necesitan asistencia (por su carácter transitorio y benigno), los que llegan a manos de un profesional de la salud suelen ser lo suficientemente importantes como para provocar un deterioro en las relaciones intrafamiliares o en la conducta de quien los sufre.

Pero estos cambios negativos no son azarosos. A veces son los padres los que pueden propiciarlos cuando reprimen excesivamente los celos o cuando manifiestan rechazo hacia el mismo niño por experimentarlos. Este hecho provoca, sobre todo en menores con ciertos rasgos de personalidad, el que una reacción espontánea y natural pueda convertirse en negativa.

Y hago alusión a la personalidad del niño, ya que de ella dependerá en gran parte la forma como sean experimentados los celos. Un temperamento fuerte, exigente y nervioso derivará en mayores probabilidades de sentirlos. Si a esto se le suman otros factores desencadenantes (como la demasiada atención al bebé, o un radical desapego de la madre con el hermanito mayor) y de mantenimiento de la conducta (como las comparaciones y el aumento de exigencias), serán garantizados los episodios más dramáticos de celotipias.

Diagnóstico y tratamiento

Por todo esto los especialistas recomiendan estar pendientes de esas manifestaciones celosas que rayan en lo exagerado, y no sólo para lograr una mejor calidad de vida del infante (libre de un sufrimiento que no sabe manejar) sino para prevenir posibles secuelas en un futuro. Según algunos, experiencias tempranas de celos que fueron traumáticas para el pequeño, pueden ser causa de trastornos paranoides en personas con una inseguridad exacerbada pero enmascarada en un aparente comportamiento de dominación (pero que a la vez tiene alta dependencia de la persona de la que se cela). Y sin ir tan lejos, unos celos mal encauzados pueden adquirir tintes también dramáticos en una edad por sí mismo compleja: la adolescencia. La comparación excesiva, en especial en el ámbito académico, los privilegios o la sutil preferencia hacia uno de los hijos son la causa del resurgimiento o acentuación de estos sentimientos en estas etapas. Amenaza verbal, agresión física, reproches a los padres e incluso fuga del hogar son los canales de expresión que pueden ser utilizados.

Y como es mejor prevenir que lamentar, la recomendación de los psicólogos es de no subestimar las siguientes manifestaciones conductuales del infante: desobediencia; retraimiento; llanto y pataletas; terquedad; acciones de fastidio; alteración de hábitos alimenticios; agresividad; comportamientos correspondientes a etapas anteriores, y sobre todo, somatizaciones (como dolores de cabeza, estomacales o vómitos). A la par de estos cuadros, la celotipia puede derivar en otros trastornos psicológicos que complican el panorama. Así nos encontramos con niños que experimentan retrasos del habla y del lenguaje, tartamudez, pesadillas y terrores nocturnos, trastornos específicos del aprendizaje (por las repercusiones sobre la atención, concentración y motivación en el aula), ansiedad de separación (por el temor a la pérdida física de la madre), depresión y trastorno negativista desafiante. Este último (que se caracteriza, entre otras cosas, por la oposición hostil a la figura de autoridad con accesos de cólera y actitud iracunda y rencorosa) puede explicar eventuales conductas antisociales en la juventud.

La intensidad y frecuencia con la que el niño exprese algunos de estos factores serán tomadas en cuenta a la hora de establecer el tratamiento. Por ejemplo, se intentará, entre otras cosas, manejar su agresividad (a través del aprendizaje de habilidades conductuales) o la ansiedad (con técnicas de relajación). De especial importancia resulta también reforzar una autoestima lesionada por una creencia de poca valía o falta de cariño (por culpa del hermano) en busca de un mayor sentido de independencia y seguridad en sí mismo.

Pero el trabajo no se limita al niño; cambiar las actitudes paternas que pueden estar agravando el problema es también crucial. En este sentido, la cultura popular es sabia. Incrementar las manifestaciones de cariño hacia el niño celoso, como hacen muchas madres sin conocimiento previo del tema, fortalece ese vínculo materno-filial tan necesario para la salud mental de un niño, que aunque sea mayor que el hermano, no deja de ser también pequeño.


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