Panamá enjuicia a sus periodistas
Unos 70 periodistas panameños
tienen procesos judiciales pendientes
DAVID GONZALEZ
The New York Times
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Santiago Canton
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PANAMA, Panamá. -Julio Briceño tiene un dibujo
con un costo de un millón de dólares en su escritorio en La Prensa,
el diario en el que él es un caricaturista editorial, famoso por
su pluma aguda e ingenio no menos filoso. Desafortunadamente, esa
suma es la que el periódico tendría que pagar en daños a un ex vicepresidente
de Panamá que se sintió ofendido por la caricatura,
en la cual se critica su recién establecida alianza con sus antiguos
enemigos.
Lo que Briceño tendría que pagar, por su
parte, no se mide en dólares: enfrenta hasta dos años de prisión
si es encontrado culpable de difamación criminal.
Y si es enviado a la cárcel, podría tener
abundante compañía. Más de 70 casos similares criminales están pendientes,
o sea la mayoría de estos casos que involucran a periodistas en
este hemisferio, según un grupo de defensa de los derechos humanos.
Las acusaciones, la mayoría de los cuales fueron presentadas en
años recientes, están basadas en draconianas leyes de prensa heredadas
de la dictadura militar que terminó en 1989.
“``Presentar acusaciones criminales contra
un caricaturista es absurdo”, dice Briceño, cuyo nombre de pluma
es Rac. “Es presentar cargos contra una opinión”, señaló.
Si bien los acusados, en su mayoría, en los
casos que han sido resueltos han sido perdonados o multados, la
persistencia de estas leyes de prensa antagónicas en una era democrática
han angustiado profundamente a los periodistas y preocupado a los
defensores de los derechos humanos.
Funcionarios en Panamá, quienes pueden recurrir
a una ley que protege específicamente su honor, han presentado demandas
por falta de respeto contra periodistas que han publicado revelaciones
escandalosas o comentarios poco halagüeños acerca de ellos. El director
de una revista satírica fue arrestado después de publicar un fotomontaje
en que se burlaba de la vida amorosa de la presidenta.
Otros funcionarios siguen bloqueando acceso
a una amplia variedad de documentos gubernamentales considerados
confidenciales solo por capricho de alguien. Los periodistas temen
enterarse de que han violado la ley, solo después de haber publicado.
Ahora que va en aumento el descontento por el auge de la corrupción
y la confianza en el Gobierno se ha desplomado, los periodistas
dicen que las leyes son parte de un esfuerzo antidemocrático para
silenciar y castigar a los críticos.
“``El problema es que pasamos por una larga
dictadura en la que no hubo medios de comunicación independientes,
y el país se acostumbró a vivir con un fuerte control gubernamental
de los medios”, dice Carlos Ernesto González, editor del diario
El Universal, al que recientemente se le exigió que presentara copias
de varias ediciones del diario para ser revisadas por funcionarios.
Los funcionarios rehusaron aportar más detalles.
“Lo que ocurrió fue que, al llegar la apertura,
las leyes permanecieron”, dice. “Los nuevos funcionarios no están
acostumbrados a vivir con periódicos que prestan una estrecha atención
a la corrupción”, señaló.
González fue una de las primeras víctimas
de esas leyes, que fueron aprobadas durante la década del ochenta,
cuando el gobierno del general Manuel Antonio Noriega estaba dedicado
a ahogar cualquier manifestación de descontento.
Un artículo que publicó cuando editaba La
Prensa en 1982 lo hizo acreedor a una sentencia de cinco meses en
prisión por ofender el honor del presidente.
Pero incluso después de que Noriega fue derrocado
por la invasión de Estados Unidos en 1989 y reemplazado por un gobierno
civil, las leyes permanecieron en el código. La presidenta de la
República, Mireya Moscoso, abolió algunas de ellas después de asumir
el cargo en 1999, y específicamente una que exigía a los periodistas
estar sujetos a la aprobación de un panel designado por el Gobierno,
y otra que permitía el cierre de organizaciones noticiosas por publicar
noticias falsas... un término que tenía un sentido muy amplio bajo
la dictadura.
Aunque las reformas iniciales de Moscoso
generaron elogios, se le ha culpado por no hacer de la difamación
una ofensa civil, en lugar de criminal. Tampoco ha eliminado las
leyes referentes a delitos de insulto, o falta de respeto, que dan
a los funcionarios una mayor protección que la que se otorga a los
ciudadanos a los que sirven.
``Los casos iniciados por procuradores contra
varios periodistas son actualmente uno de los problemas más graves
que hay en Panamá, dice Santiago Canton, el relator para la libertad
de expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
``Hay un hostigamiento constante contra algunos diarios. Es el país
del cual recibimos más denuncias acerca del enjuiciamiento criminal
de periodistas, sostiene.
Cuatro periodistas de La Prensa, que fue
clausurado tres veces durante el gobierno militar en la década de
1980, fueron acusados hace dos años por el procurador general, José
Antonio Sossa, por una revelación hecha en el diario acerca de sus
vínculos con un hombre de negocios buscado para ser interrogado
por autoridades de Estados Unidos, quienes sospechan que estuvo
involucrado en delitos financieros. La policía llegó al extremo
de rodear la residencia del director asociado, según un informe
de la comisión de derechos humanos.
El Comité para la Protección de Periodistas,
basado en Nueva York, informa que el director de El Siglo fue encarcelado
durante ocho días el pasado marzo por órdenes de Sossa, quien dijo
haber sido difamado por un artículo en el que se aseguraba que estaba
involucrado con prostitutas menores de edad.
También en este mismo año, Winston Spadafora,
ministro de Gobierno y Justicia, presentó una demanda contra un
diario, El Panamá América, después que éste publicó un artículo
en el que cuestionaba el empleo de trabajadores y equipo gubernamentales
para pavimentar una carretera que llevaba a su casa de campo.
Sossa y Spadafora rehusaron contestar llamadas
para comentar al respecto.
Briceño, quien ha sido un caricaturista editorial
durante 14 años, no se inquietó cuando trazó su caricatura en la
que criticaba el cambio político de Ricardo Arias Calderón, un ex
vicepresidente y firme enemigo del general Noriega. El dibujo, publicado
en diciembre, mostraba a Arias Calderón de pie al lado de la parca,
que representaba al Partido Revolucionario Democrático, que en un
tiempo apoyó a Noriega y con quien el ex vicepresidente había llegado
a un acuerdo político.
Pero Arias Calderón dijo haberse sentido
escandalizado cuando vio cómo la caricatura lo mostraba salpicado
por gotas de sangre que caían de la guadaña de la parca, poco después
que una comisión gubernamental de la verdad había exhumado los restos
de disidentes asesinados por el general Noriega. Dijo que presentó
una acusación legal solo después de que el diario rehusó imprimir
una disculpa.
“``Esa caricatura me hizo cómplice de un
crimen”, dijo. ``Eso fue una difamación que no podía aceptar o tolerar.
“Fui yo quien denuncié esos crímenes en la era de la dictadura”,
expresó.
La continua amenaza de demandas criminales
contra periodistas ocurre mientras agencias gubernamentales han
restringido el acceso a la información pública, particularmente
en lo referente a presupuestos y gastos oficiales. Tales decretos,
dicen los periodistas, podrían aumentar sus probabilidades de acabar
en la cárcel. Otras agencias del Gobierno habitualmente posponen
cualquier entrega de información o la dificultan, o bien se niegan
a otorgar solicitudes rutinarias, dicen directores de diarios.
“``Preguntamos cuántos viajes había hecho
la presidenta al extranjero, sobre cuántos cortes de listones en
inauguraciones había presidido, y se nos dijo que estábamos pecando
de sensacionalismo”, dice Rosa Guizado, jefa de redacción de El
Panamá América.
“Preguntamos acerca del presupuesto discrecional
de la presidenta, pero no se nos informa acerca de ello. Seguimos
esperando”, expresó.
Guizado llegó a sentirse tan frustrada por
las postergaciones y rechazos, que publicó una plana entera de cartas
que el diario había enviado para solicitar información pública,
y que todavía no habían sido contestadas. Pero dijo que ese ambiente
difícil le ha hecho más complicado motivar a sus subordinados, tres
de los cuales afrontan acusaciones de difamación o están apelando
sentencias de 18 meses de prisión por difamación.
“Qué vale más, un cobarde que está trabajando,
o un héroe que está en prisión?”, pregunta Guizado. Así que hay
una gran cautela. Una la puede ver en reuniones, cuando los reporteros
no quieren encargarse de ciertas coberturas porque no desean tener
más problemas”.
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