Panamá, 6 de noviembre de 2001
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Discursos

Salvo por matices personales que cada uno guardará para sí, es difícil, volviendo la vista atrás, diferenciar los noviembres de nuestras vidas

María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com

Las fiestas patrias se prestan para eso, para los discursos, para las grandes palabras, para el recuerdo a los próceres, y también, para que los medios de comunicación repitamos hasta el cansancio lo que los libros de texto dicen de las gestas novembrinas.

Tal vez si fuéramos capaces de arrojar un haz de luz nuevo y más real sobre el nacimiento de la República, podríamos vernos como somos y aprenderíamos a querernos más. Y a querernos mejor.

Tampoco varían de año en año las cosas menudas: el anuncio de las rutas de los desfiles, las medidas para salvaguardar el orden y las prohibiciones a los vendedores ambulantes. Salvo por matices personales que cada uno tendrá para sí, es difícil, volviendo la vista atrás, diferenciar los noviembres de nuestras vidas. Solo si se tiene buena memoria, pueden extraerse de la bruma del tiempo detalles superficiales, como el color de los sombreros de las señoras invitadas al balcón presidencial o el nombre del ministro al que le cupo el honor, en tal o cual fecha, de estar al lado de la presidenta.

A pesar de todo, es inevitable que cada año, junto con el entusiasmo de los jóvenes que rinden homenaje a la patria, el son de las dianas y la bella tradición de adornar calles y balcones con los colores de la bandera, se renueve la esperanza, esa esperanza que nos niegan los discursos y los hechos, pero que cada quien alberga en algún recoveco del alma.

Esta vez, los discursos del 3 de Noviembre coincidieron en pedir la unidad de los panameños. Según reportaba este diario, unidad pidió Mireya Moscoso para “afrontar la crisis económica”, y no contenta con eso, invitó a sus compatriotas a “olvidar lo que ha sucedido anteriormente”. Como no dio muchos detalles, no sabemos a ciencia cierta qué tenemos que olvidar, si tan solo algún suceso concreto (el tejemaneje que tienen la Asamblea y el Ejecutivo con el presupuesto, por decir algo) o si, por el contrario, la invitación es más amplia, y atendiendo a ella, debemos amanecer un día con la mente en blanco, libre de recuerdos, para empezar una vida nueva en el limbo de los inocentes.

Por su parte, también pidió unidad el arzobispo, José Dimas Cedeño, y para no ser menos, nuestro ilustre alcalde mantuvo el tema, no fuera que nos enredáramos si lo cambiaba. Que no es fácil asimilar tanta información en una sola jornada.

Lo que suelen tener de bueno los discursos de los políticos es que son transparentes y predecibles. No tienen ni trampa ni cartón.

Si uno de ellos habla de combatir a los corruptos, por ejemplo, todos sabemos que no quiere decir que él esté dispuesto a sanear sus negociados, si los tiene, sino que pide a los demás que lo hagan. Si otro a su vez alude a la necesidad de ahorrar plata al Estado, no es que haya hecho él en persona el propósito de rebajarse el sueldo o reducir gastos en asuntos superfluos, sino que encontraría muy justo que sus subordinados ahorraran en papel y materiales de oficina. Y si al fin la presidenta pide unidad, no es que tenga la menor intención de unirse a los proyectos de otros, sino que espera que los otros se sumen a los suyos.

Unidad, por ejemplo, se necesitaría para que la Asamblea ratificara a los magistrados que proponga la mandataria o se tomara una decisión justa sobre las partidas circuitales, aunque de nada nos serviría si la unidad adquiere el rostro de la componenda o cuando menos de la complacencia. Y no es precisamente eso lo que alimentaría nuestras esperanzas.

El problema es que nos cuesta asimilar lo que refleja el espejo cuando nos miramos en él. Hablando de este tema, me decía con su habitual desparpajo Yasmina Reyes, periodista de este medio, que el panameño, por regla general, distorsiona su imagen: se ve alto si es chaparro, brillante si es mediocre, fulo si es trigueño, y honesto y probo aunque la corrupción haya acampado en sus lares. De ahí que los políticos nos suelten cada noviembre (y siempre que se les presente el momento oportuno) unos discursos aburridos y manidos que no se compadecen con la realidad. Consejos vendo y para mí no tengo, que reza el dicho.

Tal vez las fiestas patrias sean un buen momento para iniciar una etapa nueva. Y más ahora que vamos derechos al centenario.

Sin embargo, visto lo visto, poco puede esperarse de los políticos de profesión. No creo que sean sujetos redimibles. Nos toca a los ciudadanos todos (y en esto los medios de comunicación desempeñan un papel primordial), revisar con ojos nuevos la historia, aprender de los errores y dejar atrás la demagogia. Nadie duda de que la patria son los caminos recorridos. Pero nadie duda tampoco de que hay muchos aún por recorrer.

La autora es correctora de La Prensa.

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