Cerro Vigía: monumento a un héroe
David Méndez Dutary
La tierra coclesana ha parido en sus entrañas muchos hombres y mujeres que no se conformaron con ser del montón. En sus llanuras y montañas, como forjados por la tierra seca y la brisa recia, se han levantado hombres que han dejado hondas huellas en nuestra insigne historia patria. Victoriano Lorenzo fue, tal vez, el mayor de todos.
En mi niñez, en los meses de verano cuando me tocaba viajar a Aguadulce, pueblo coclesano donde vivían mis abuelos, habían dos momentos que llenaban de sueños mi mente infantil. Uno era el paso por el ferry, alternativa temporal que los norteamericanos construyeron para aliviar la dolorosa separación que la franja canalera causaba al capitalino y sus raíces interioranas, y pasar por la Carretera Interamericana al lado del Cerro Vigía. Allí, erguido a un lado de la llanura coclesana como desafiando el tiempo y el viento, como mudo testigo del valor y coraje de Victoriano.
En agosto pasado y en medio de la borrasca y la ignorancia general, se cumplió un aniversario más de la sangrienta victoria liberal sobre el abusador ejército conservador colombiano en las tierras aguadulceñas. Un año antes, los múltiples intentos revolucionarios comandados por el Dr. Belisario Porras habían quedado sepultados en el puente de Calidonia, en medio del agua y el fango. Ese mismo día, ante la escena espeluznante de la derrota liberal, hirvió la sangre del cholo coclesano, motivado por las promesas de un mejor mañana para su pueblo esclavizado, echándose sobre sus hombros el peso de la revolución.
Los intentos de empañar la vida y trayectoria de este humilde héroe nacional por sus enemigos de siempre han sido vanos gracias a los múltiples documentos históricos y relatos que se han podido recabar.
¡Victoriano, Victoriano! Mejor nombre no le pudo dar su madre, quien probablemente en el medio de la humildad y la pobreza, en esas montañas de la Trinidad, soñó con las victorias de su hijo.
Pareciera hacerse verdad que los sueños de una madre pueden cambiar la historia de un hombre, pues Lorenzo no conoció la derrota. Sus enemigos, quienes habían hecho gala de su ferocidad en múltiples combates, le temían; atribuyéndole poderes sobrenaturales.
La historia de sus sorpresivos ataques están llenas de audacia y valentía, obligando al ejército conservador a retirarse de sus puestos y fortines. Fue Victoriano el que verdaderamente mantuvo el espíritu del movimiento revolucionario de la época, pues los ilustres jefes liberales, con la derrota, partían hacia puertos más seguros en Centroamérica.
No conoció la derrota, pero sí la frustración que conlleva la hipocresía y la traición. Hombre de una sola palabra como ya no existe, donde el sí era sí, y el no era no; confió en la palabra empeñada de sus citadinos compañeros de armas y políticos quienes, envenenados por promesas independentistas y por la ambición imperialista de construir un Canal, permitieron su triste y trágico final.
Los norteamericanos, con la derrota del Ejército conservador, intervienen y presionan a los liberales vencedores para negociar con los vencidos un tratado de paz a bordo de una cañonera americana de nombre Wisconsin. Victoriano es tomado preso como chivo expiatorio.
Todavía en la Plaza Chiriquí o Las Bóvedas, parece escucharse los fusiles asesinos; y cuando el viento sopla, pareciera lamentarse de la terrible injusticia que se cometió en este lugar, donde no se mató un hombre, sino el sueño justo de toda una raza.
Con el susurro del viento inspirado por el verde mar sus últimas palabras se hacen audibles: “Victoriano Lorenzo muere... a todos los perdono... yo muero como murió Jesucristo”.
Con la entrega del Canal hace un año por los mismos promotores del vergonzoso tratado de Wisconsin, quedó en evidencia que su muerte no fue en vano; supo sembrar en toda la nación la lucha por la soberanía y el amor a la patria. ¡Viva Panamá!
El autor es médico pediatra neonatólogo
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