Panamá, 6 de noviembre de 2001
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Todos los extremismos, políticos, religiosos o sicopatológicos -en realidad, todos lo son- llevan en sí la semilla de su propia destrucción. Por definición, son intolerantes, autoritarios, fanáticos y se sienten exclusivos detentadores de la verdad, su verdad. Eso es lo que ocurre con Osama bin Laden. Denunció a los dirigentes árabes de países que pertenecen a las Naciones Unidas, acusándolos de “infieles” por intentar utilizar el organismo para lograr la paz. Es una posición que solo puede calificarse como demencial. La respuesta la obtuvo rápida y tajante. La Liga Arabe, reunida en Damasco, dijo que Osama bin Laden “no habla por los árabes ni por los musulmanes”. “Está en guerra contra el mundo y no nos representa”, afirmaron. Con ello Osama bin Laden enterró para siempre sus sueños -pesadillas más bien- de una guerra santa que uniría a todo el mundo árabe contra Occidente. Lamentablemente, los radicalismos también se dan en Occidente entre aquellos que consideran a todo árabe un enemigo, cuando la gran mayoría de ellos no está de acuerdo con Osama bin Laden ni con los bárbaros métodos que utiliza.

 




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