Panamá, 4 de noviembre de 2001
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Bombas inteligentes, hombres tontos

Guillermo Sánchez Borbón

Después del desastre francés de Dien Bien Fu, los militares norteamericanos de la época pidieron al presidente Eisenhower que enviara tropas a Viet Nam para impedir que el país cayera en manos de los comunistas. Eisenhower, que conocía bien a sus colegas, se negó en redondo. A juicio suyo, la aventura, a más de plantear endemoniados problemas “logísticos”, era política y moralmente injustificable. Kennedy cayó en la trampa, enviando, primero en calidad de asesores, a miles de soldados. Johnson se dejó persuadir por sus gorilas. Elevó desaforadamente el número de asesores. Cuando las cosas empezaron a ir mal para EU, los militares convencieron a Johnson de que con 20 mil soldados más se ganaba la partida. No se ganó, ni siquiera con los sucesivos aumentos solicitados por el Pentágono (acompañados por coléricos bombardeos, con los cuales Johnson prometió enviar a los vietnamitas de vuelta a la edad de piedra). Al final, había quinientos mil soldados en Viet Nam y nubes de aviones. Y esa guerra se perdió ignominiosamente.

Ninguna de las grandes potencias sacó la conclusión lógica del conflicto: no se puede derrotar a un país pequeño dispuesto a defender su independencia nacional.

Nadie experimenta en pellejo ajeno. Cuando el Politburó soviético resolvió invadir Afganistán, el único que se opuso fue Andrés Gromiko: “Este va a ser nuestro Viet Nam”. Los otros se burlaron de él: los militares soviéticos les aseguraron que en menos de un mes quedaría resuelto el problema. Todos sabemos lo que pasó; huyeron con el rabo entre las piernas, dejando a sus espaldas —enterrados en tumbas anónimas o pudriéndose a la intemperie— más de 50 mil camaradas muertos. No recuerdo ya dónde, por aquellas fechas, leí un viejo dicho indostano: “Témele a los colmillos del tigre, al veneno de la cobra y a la venganza del afgano”. Hay que tomar en serio los refranes, sabiduría inmemorial comprimida en cápsulas.

La fuerza aérea, por sí sola, no basta. Los bombardeos aliados de saturación durante la segunda guerra mundial sirvieron de muy poco. Al final, la industria bélica nazi producía más que antes de los bombardeos. Es cierto que destruyeron las hermosas ciudades alemanas; pero su efecto fue puramente físico. Ni siquiera lograron quebrantar la moral de la población. Esta se mantuvo firme hasta el espantoso desenlace.

Recuerdo la Crisis de los Misiles, cuando todos —como dijo Kruschev— sentimos el ardiente resuello termonuclear en la nuca. Las evidencias fotográficas demostraban incontrovertiblemente que los rusos estaban instalando misiles de alcance intermedio en suelo cubano. Entonces se discutió qué hacer. Los militares propusieron bombardear los sitios e invadir a Cuba, y quedaron furiosos por la fórmula intermedia adoptada por Kennedy: el bloqueo naval de la isla. El resto es historia. Lo único que saben los gorilas gringos es bombardear, no importa qué ni a quiénes.

Ahora, tan pronto surgió el nombre de Bin (o Ben, Big Ben) Laden, temí que con un presidente tan reaccionario y limitado como Bush, que conoce bien Tijuana, pero que no sabe una palabra del resto del mundo, los gorilas volvieran a salirse con la suya. Forcejearon contra ellos Colin Powell (valeroso soldado, hombre conciliador y partidario de utilizar la inteligencia en vez de la fuerza) y otras personalidades. Predominaron los gorilas y los derechistas y fundamentalistas cristianos (leíste bien) que rodean a Bush. Eso, más la presión del pueblo estadounidense, presa de una justificada indignación sin límites, le forzaron la mano al presidente .

El error ha sido trágico. No han matado a Bin Ladin, ni puesto de rodillas al Talibán, y se han enajenado a la opinión pública no sólo de los países musulmanes, sino del mundo entero. Varias veces al día, todos los días, las “bombas inteligentes”, de pronto estúpidas, se equivocan de blanco y masacran a civiles afganos muertos de hambre. El mismo secretario de Defensa ha reconocido que los del Talibán se han refugiado en cuevas unidas entre sí por una laberíntica red de túneles, y que por eso no han podido acabar con ellos. Cualquier persona de inteligencia normal pensaría que cuando una estrategia fracasa, lo mejor es cambiarla por otra; pero, como dice un personaje de “Point, Counterpoint”, hay tres clases de inteligencia: “la inteligencia humana, la inteligencia animal y la inteligencia militar”.


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