Panamá, 4 de noviembre de 2001
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¿Nada volverá a ser lo mismo?

La historia atestigua que, en tiempos de conflictobélico, los gobiernos suelen dar paso a una desaforada carrera de gastos que se aprueban sin oposición ni trámite

Francisco Pérez de Antón

Pareciera que el aforismo según el cual “las naciones que no conocen su historia están condenadas a repetirla” hubiera sido escrito para pueblos a medio educar en vez de para naciones que han conseguido desentrañar su pasado. Pero la verdad es que ningún pueblo escarmienta con lo sucedido ayer, bien porque los escarmentados han muerto, bien porque están ya muy viejos para que se les preste atención. Así es la historia de huidiza. Y de poco leída y visitada. Ningún tiempo se asemeja a otro y, si bien el pasado enseña, no parece muy fiable. Al menos para las generaciones nuevas. De ahí que la historia se repita o cuando menos dé la impresión que tiene rima, como decía Mark Twain. La causa es bastante simple: ante circunstancias semejantes, los hombres suelen responder en forma parecida. Está en nuestra naturaleza hacerlo. Y la experiencia y la razón carecen del vigor necesario para impedirlo.

Una de esas circunstancias es la guerra. De los 3,241 años de historia escrita y constatada solo hemos vivido en paz 268, indicio más que evidente de lo asiduos que somos a ciertos hábitos. La guerra altera nuestra escala de valores, nuestra forma de sentir y de pensar, pone a un lado prioridades, las sustituye por otras, pero también nos lleva a actuar de manera predecible. Asuntos que antes figuraban en lo más alto de la agenda pública, pasan a un segundo plano o se archivan. Los militares, tan denostados ayer, son revalorados hoy. Los políticos desplazan a las estrellas de cine y a los ídolos del estadio. A cambio de seguridad, entregamos buena dosis de las libertades ganadas en tiempos de concordia. El Estado se vuelve más grande. Y el ciudadano, excuso decir, más pequeño.

En sus primeras horas, la guerra es apoyada por una mayoría entusiasta que se emociona con las grandes palabras, los claros clarines, la gloria que aguarda a los héroes y las voces de bronce que entonan la marcha triunfal. Pero todo eso pasa pronto. La gente desea una victoria rápida y no demasiado costosa. Y tiene una memoria frágil. De manera que, si la guerra se prolonga, los lamentos, las censuras y el desgaste político harán acto de presencia.

Decía Kissinger que un ejército ordinario pierde si no gana y que, en cambio, una guerrilla gana si no pierde, eventualidad que no podría descartarse de la guerra que hoy, por ejemplo, se libra en Afganistán. Cuanto más dura un conflicto más se extiende la conciencia de que, si antes la nación tenía un ejército, ahora es el Ejército el que tiene a la nación. Y esto es algo que en países democráticos no se lleva con paciencia.

Toda guerra implica, además, otro severo desgaste, éste de orden económico. La historia atestigua y advierte que, en tiempos de conflicto bélico, los gobiernos suelen dar paso a una desaforada carrera de gastos que se aprueban sin oposición ni trámite, tal y como ocurre hoy. El Congreso y la Reserva Federal de Estados Unidos han iniciado una pauta que recuerda las medidas sugeridas por Lord Keynes al término de la II Guerra Mundial: bajas tasas de interés y una fuerte inyección de dinero y crédito al sistema. La política habría de repetirse durante el conflicto de Vietnam y el gobierno de Jimmy Carter, pero pocos se acuerdan hoy de ella ni de la inflación mundial que desató. ¿Volverá a repetirse la historia?

La experiencia sugiere que sí. Solo en el próximo año, el estímulo monetario del gobierno Bush alcanzará la cifra de cien mil millones de dólares, una inyección de liquidez a gran escala y un keynesianísmo global que afectará a todas las economías del planeta. Con ello, el Estado limitado y sin déficit surgido de la Guerra Fría retrocede ante las necesidades de un nuevo conflicto y todo parece indicar que volveremos el viejo modelo de Estado expansivo, deficitario e inflacionista.

El pasado más reciente, en consecuencia, no pareciera justificar ese otro aforismo un tanto oracular que se viene repitiendo de manera machacona desde el pasado 11 de septiembre y según el cual “nada volverá a ser lo mismo”. Si no otra cosa, la expresión denota nuestro gusto por oscuras profecías que despiertan un ánimo pentecostal, de espera temerosa y quietista, así como el augurio terrible de una suerte de mutación universal que sobrecoge y angustia, y lo que es peor, paraliza. Bastaría, sin embargo, repasar la historia para concluir que esta alteración que se nos viene encima no será en esencia diferente a las padecidas en otras ocasiones, como durante las guerras de Yom Kippur, Irán-Irak o el Golfo, por citar solo tres conflictos de los miles que la humanidad ha venido librando en los últimos 3,241 años.

Dos célebres historiadores, Will y Ariel Durant, dudaban que de la historia pudiera extraerse alguna luz que iluminara nuestra condición presente o nos resguardara de las sorpresas y vicisitudes de los cambios como el que vivimos hoy día. La historia, aseguraban, solo pareciera decirnos que el inmenso pasado no es más que un fatigoso ensayo de los errores que habrán de materializarse en el futuro, solo que en un escenario más grande y a una escala mayor.

Es otra forma de decir que los hombres, ante situaciones semejantes, volverán a conducirse de la misma forma. Y esta es la paradoja que quisiera subrayar a modo de resumen. Una guerra cambia el pulso de la historia, lo acelera, lo agita. Y es verdad, debo admitir, a causa de la guerra nada vuelve a ser lo mismo. Nada, excepto la naturaleza humana, sus congénitos reflejos, sus hábitos ancestrales, sus réplicas instintivas.

Firmas Press - Escritor y periodista español radicado en Guatemala

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