Panamá, 4 de noviembre de 2001
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Reflexiones de un guerrero afgano

Los talibán, quienes conquistaron el poder en la década de 1990, lograron hacerlo por más razones que su celo islámico

Steven R. Wesman

En los pocos meses en que el mundo se ha enfocado en Afganistán, casi todo el mundo ha escuchado acerca de los fracasados intentos de conquista de este país, desde los mongoles hasta los británicos y los rusos. Divisiones étnicas, tribales y religiosas también han impedido que los propios afganos unan a su país.

Pero, a medida que los rebeldes de la Alianza del Norte se enfocan en llegar hasta Kabul mientras las fuerzas militares terrestres y aéreas de Estados Unidos golpean implacablemente las bases talibán en Afganistán, se habla nuevamente de forjar una coalición afgana para mantener unido al país. De hecho, todo un tesoro de experiencias sobre la índole divisiva de Afganistán se recuenta en memorias notables escritas por uno de los conquistadores históricos de esta nación.

Zahiruddin Muhhamad Babur, fundador de la dinastía Mughal que gobernó el sur de Asia hasta la llegada de los británicos, conquistó Afganistán mediante una campaña de violencia, intimidación y saqueo, y después escribió sus observaciones en un diario llamado el Baburnama. Con sus agudas observaciones acerca de esta tierra, de su naturaleza y la conducta de sus seres humanos, el Baburnama refleja cuánto, y qué poco, ha cambiado desde entonces.

Descendiente tanto de Genghis Khan como de Tamerlán, Babur ansiaba alcanzar la grandeza desde que era joven. A los 23 años de edad (el año en que “por primera vez apliqué una navaja de afeitar a mi cara”) emprendió el viaje hacia lo que ahora es Afganistán, y conquistó Kabul en 1504. Lo logró sembrando la división interna y forjando alianza con los jefes locales de la guerra. También tenía la costumbre de dejar tras de sí pilas de cráneos de quienes se atravesaban en su camino.

Babur observó la importancia de recompensar la lealtad. “De hecho, cada vez que Dios nos concedía una recompensa, otro tanto hacía yo”. Es cierto, por otra parte, que sus enemigos murmuraban que él tendía a beneficiar a sus “viejos amigos”. Pero el joven que sería emperador tendía a ser filosófico. “Hay un proverbio que dice: ¿Qué dirá tu enemigo?, escribió. ¿Qué no formará parte de sus sueños? Las puertas de una ciudad pueden cerrarse, pero nunca las bocas de los oponentes”.

Las fuerzas militares de Estados Unidos no intentan conquistar a Afganistán, como Babur y otros invasores lo intentaron. En lugar de eso, los formuladores estadounidenses de política están tratando de crear algo nuevo en la historia afgana: reunir a todos en una confederación viable de los feudos existentes con poder en Kabul. “Afganistán ha tenido constructores de Estado y constructores de imperio”, dice Barnett Rubin, académico afgano que es director de Estudios en el Centro de Cooperación Internacional en la Universidad de Nueva York. “Eso no va a ocurrir. Tendrá que haber una administración descentralizada, reglas legales claras y una autoridad que pueda establecer la seguridad en la capital”.

Establecer tal gobierno requiere de su propia combinación de incentivos e intimidación. Los informes militares desde Afganistán señalan que la campaña de bombardeos ha sido más exitosa que los incentivos. La Alianza del Norte es una mezcla de tajikos, ex comunistas, chiítas y fracasados señores de la guerra, todos ellos rechazados por los pashtunes étnicos que dominan la mayor parte de la región sur de Afganistán. El impulso para conquistar la lealtad de esos pashtunes, sin embargo, parece haber fracasdo hasta ahora.

Babur, que provenía de Asia central, se refería a los pashtunes simplemente como afganos. Admiraba su éxito en los negocios, y en particular la forma en que ganaban dinero de las caravanas que pasaban por Kabul y Kandahar transportando bienes de China hacia Turquía. “Cada año, siete, ocho o diez mil caballos llegan a Kabul”, escribió. El comercio en esclavos, textiles, azúcar y especias proporcionaba fortunas a los mercaderes de Kabul y generaba ingresos a lo largo de las rutas comerciales.

En los tiempos modernos, el comercio se ha visto dominado por armas, opio y contrabando proveniente de Irán y Dubai a lo largo de las mismas rutas, hacia Pakistán, según Rubin. Los talibán, quienes conquistaron el poder en la década de 1990, lograron hacerlo por más razones que su celo islámico, señala. Sus líderes obtuvieron astutamente el apoyo de los señores de la guerra pashtunes al dejarlos obtener beneficios de este comercio, tal como lo hicieron los pashtunes en el pasado. Estados Unidos debe ahora pensar en cómo restaurar el antiguo comercio y utilizarlo para unir y reforzar la antigua estructura de poder, incluyendo a los actuales aliados de los talibán.

Babur continuó su carrera conquistando India, pero sus memorias son famosas por el desprecio que sintió por esa tierra y sus pueblos. Su corazón permaneció en Afganistán, un país que evocó con sensual prosa. Sus relatos acerca de la pesca, la caza y los festines, la abundancia de todo —desde granadas y ciruelas hasta almendras, miel y vino— evocan un lugar de belleza y reposo incluso en tiempos de guerra. Cerca de un canal que irrigaba un huerto, escribió Babur, estaba “un lugar en el que se cometían muchos excesos sensuales”. Para Babur, Afganistán era un lugar de traiciones, intriga y violencia, pero también un sitio de generosidad, humanidad y belleza.

Mi propia limitada experiencia en Afganistán sugiere que el enfoque severo y puritano de los talibán a la vida es tan ajeno a la mayoría de los afganos hoy en día como lo hubiera sido en aquel entonces.

En 1987, cuando estuve en Kabul durante la ocupación rusa, busque los restos de la tumba de Babur una tarde húmeda y airosa de primavera. Se encuentra en la cresta de un jardín terraceado, diseñado por el propio Babur, y rodeada por oscuros árboles. No había allí una sola persona, salvo por un hombre en la distancia que muy posiblemente me estuviera espiando por órdenes del gobierno. No es posible observar la lápida de Babur, en ruinas, sin meditar en cómo la historia sepulta a los conquistadores y conquistados por igual, en lo que es una lección ambigua para el presente.

New York Times


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