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Defensor del lector
Golpes contra el idioma
HERASTO REYES
hreyes@prensa.com
La gravedad del asunto se ha acentuado desde el momento en que
los legisladores decidieron meterse en la definición de las
normas del idioma y dictaron una ley que pretende establecer cómo
se debe aplicar el uso de los géneros en el lenguaje oficial.
Todo en nombre de su concepción del feminismo. De esta manera,
los legisladores se metieron en un terreno que no les corresponde;
eso es potestativo de la Academia Española de la Lengua y
de sus filiales en los distintos países de habla hispana.
Así como los académicos de la lengua no dictan una
norma rebajándole los salarios a los legisladores, éstos
no deben dictar leyes sobre las palabras. Zapatero a tus zapatos.
El relajito ese de los/as niños/as caminan solos/as
sin ayuda de sus padres y madres ha traído graves complicaciones
a los hablantes. La cosa se empeora cuando han inventado otra letra
con un símbolo de una medida de peso: la arroba, y ahora
escriben l@s niñ@s caminan sol@s.... Con la estupidez
que esto significa, va a llegar el momento en el que los pobres
niños no sabrán cuál es su identidad. Hace
algunas semanas, la académica Elsie Alvarado de Ricord entregó
a los lectores de La Prensa un artículo sobre el tema en
el que todos los aspectos están cabalmente tratados.
Esta deformación idiomática no aporta absolutamente
nada a la reivindicación de la igualdad de la mujer en relación
al hombre; esa lucha parte de la conquista de derechos económicos,
sociales, políticos y culturales mucho más importantes
que un manejo deformativo de una lengua que lleva siglos formándose
y transformándose al ritmo de los tiempos y cónsona
con el sentir y el habla de los pueblos.
Las propuestas de cambios en el idioma no pueden improvisarse como
lo hizo, con gran sentido práctico, uno de los testigos del
accidente de la presidenta Mireya Moscoso, que al dar fe de la participación
de una agente de policía, habló de la caba iba
en la moto.... Para él no era la cabo porque
la agente era mujer, y como le enseñaron en la escuela primaria
que la o cambia por a cuando el sustantivo
pasa del género masculino al femenino, resolvió el
problema: la caba.
En otros casos las palabras tienen una terminación más
cónsona con el género femenino que con el masculino.
La diferencia la dictamina el artículo. Con la lógica
de aquel testigo se debe hablar de el caricaturisto,
el periodisto o el contratisto, por citar
algunos ejemplos, cuando lo correcto es el caricaturista,
el periodista o el contratista.
Distinto es el caso de la palabra mano con terminación
claramente masculina; sin embargo, es un indudable sustantivo femenino
la mano, se dice. El asunto es erróneo cuando
se aplica el diminutivo y, como se acostumbra en Panamá,
se dice la manito, cuando debiera ser la manita.
Hay palabras con clara terminación femenina, pero que son
del género masculino, el caso de mapa es ilustrativo,
a nadie se le ocurre decir la mapa.
Y hay palabras que son ambiguas: tal es el caso de mar.
Se habla de el mar inmenso y se puede hablar del almirante
de la mar; aquí el género está determinado
por el contexto.
La terminación e en muchos sustantivos, los
convierte en neutros. Ejemplo: el caminante o la
caminante, que pudieran reemplazarse por el caminador
o la caminadora.
Hay un caso que se suma a esta larga lista y que merece mención:
a algunas poetisas no les gusta el femenino del sustantivo poeta,
o sea poetisa, y prefieren autollamarse la poeta,
con lo que violentan el idioma que utilizan para versificar la belleza...
¿entonces?
En este terreno no dejaría de tener un grado de comicidad
escuchar una tarde de incidencias a l@s legisladores/as
en su defensa de las normas que ellos inventaron para una nueva
estructura del idioma cervantino. Solo hay que imaginársel@s...
En otro ángulo, también funesto para la lengua, está
la terminología de los técnicos en informática.
La formación que reciben en las universidades es de un pobrísimo
contenido humanista, de ahí parte el problema.
Resulta que para ellos no existe el verbo castellano de acceder
y hablan, como si fuera normal, de accesar. Es de suponer
que este verbo se deriva del sustantivo acceso;
pero en ese caso el verbo es acceder, el otro no existe aunque los
técnicos lo usen afirmándose en el error.
En las últimas semanas la publicidad de una compañía
de teléfonos celulares, a través de la televisión,
la radio y los periódicos, ha insistido en imponer una aberración
idiomática: el verbo chatear para referirse a
algo así como comunicación escrita inalámbrica
e interpersonal. El significado castellano del término chatear
tiene que ver con la preparación de la tierra plana que hacen
los campesinos andaluces para extirpar las malas hierbas y recoger
las aguas.
Otro ejemplo es el del famoso imeil. Generalizado el
asunto, cuando el equivalente correcto es: correo electrónico.
En La Prensa procuramos el uso correcto del idioma, aceptamos las
normas de las academias de la lengua y reprochamos cualquier disposición
legal que pretenda ignorar que las leyes de la lengua las dictan
los pueblos y las sistematizan los académicos. Los legisladores
no tienen nada que ver en el asunto.
Cartas y comentarios
Sobre la sección de Opinión
Dorita de Reyna, ex-editora de la sección de Negocios de
La Prensa y actual directora del programa Enfoque, envió
la siguiente nota a los directivos de Corporación La Prensa
con copia al defensor del lector.
23 de octubre del 2001
Hubo una época en que en la sección de Opinión
de La Prensa se trabajaba con mucho rigor profesional a fin de evitar
el uso de la misma para fines particulares. Había estrictos
controles para identificar al autor de un artículo de opinión.
Ello además le daba mucha credibilidad a la misma sección.
Hubo otra época donde los verdaderos directores del periódico,
un peruano y sus compinches, convirtieron a la sección de
Opinión, y a casi todo el periódico, en páginas
de vergonzosas vendettas. Muchos fuimos las víctimas de esto,
pero no había interlocutores válidos para poner nuestras
quejas.
Esperé que en esta nueva etapa de La Prensa podría
apreciar una inmejorable calidad informativa, pero serios indicios
me han ido sembrando la duda de que ello realmente suceda. La sección
de Opinión de hoy confirma mis temores, además de
ser un insulto a la inteligencia de los lectores de La Prensa.
El viernes 19 de octubre, ¡hace sólo cuatro días!,
se publicó en El Panamá América un artículo
titulado Las fiestas de Martín, cuyo autor se
identificaba como Alfredo Cedeño, trabajador comunitario.
Hoy martes 23 de octubre se publica en La Prensa ¡el mismo
artículo con el mismo título!, pero bajo la autoría
de Jorge Ortega, ciudadano panameño.
Mi crítica no está dirigida a quien envió
el artículo, imagino que suficiente sanción recibirá
de parte de sus mentores por ser tan descuidado. Mucho menos critico
el contenido del artículo, que además de ser respetuoso
se ciñe al rejuego político que empieza a asomarse
en el panorama nacional. Lo verdaderamente criticable es que los
responsables de la sección de Opinión no sólo
no saben lo que sale en secciones similares en otros medios, sino
que no aplican los controles indispensables para garantizar al lector
que lo que lee responde a una persona con identidad propia. Hoy
fue ese artículo que, reitero, no es injurioso. Pero mañana
puede ser un escrito lleno de falsedades, injurias y hasta calumnias.
Cosas como estas son las que no permiten que La Prensa sea ciertamente
un medio de referencia.
Dorita de Reyna.
Aclaración de la editora
Lina Vega, editora de Opinión, remitió al presidente
de la empresa, Ricardo Alberto Arias, con copia al defensor del
lector, la siguiente explicación:
25 de octubre del
2001
Con relación a la publicación el pasado martes en
la sección de Opinión, de un artículo aparecido
el viernes anterior en El Panamá América, cosa que
prohíben las costumbres de La Prensa, solo puedo expresar
mis disculpas por no haberme percatado de tal publicación.
Con relación a la diferencia de nombre en los autores, también
se trata de un error de mi parte, que guarda relación con
el hecho de que tenía en mis archivos de internet dos artículos
de dos diferentes autores, pendientes de ser publicados y cuyo remitente
era el mismo (Vamaga, S.A.). Al hacer la copia, confundí
los nombres.
El autor del artículo en cuestión es el que aparece
en los créditos de El Panamá América y por
ello, estoy haciendo una errata.
En conversación con el director, me he comprometido a verificar
la autenticidad de los números de cédulas que me proporcionan
los colaboradores cada vez que se trate de una persona desconocida.
En el pasado, solo guardaba los registros, pero no buscaba como
método previo a la publicación. Y aunque el tema que
nos ocupa no guarda relación con cédulas falsas, vale
la aclaración.
Espero, con lo anterior, haber aclarado las dudas surgidas por la
doble publicación.
Lina Vega Abad
Más sobre el término asesino
23 de octubre del 2001
Señor Reyes:
He leído con sumo interés la carta de Eduardo Peña
C. que ahonda sobre el término asesino [publicada el lunes
22 de octubre del 2001, en esta columna].
A decir verdad la primera noticia que tuve del origen judío
de la palabra se la debo a una cita de Isaac Asimov sobre la secta
judía que dio origen a la guerrilla de Judas Macabeo en contra
de los ejércitos seléucidas de Antíoco. Una
de ellas fue la de los hassadin, que quiere decir pacífico.
Con los acontecimientos bélicos, dicha secta se transformó
en el cuerpo más sanguinario de los defensores macabeos.
Años después, en tiempos de Vespasiano, la oposición
ortodoxa judía se transformó en ejército de
guerrillas, y una agrupación tomó por nombre el temido
hasadins o hasadines, que con el tiempo la historia romana transformara
en asesino. Esta misma versión la vi y escuché en
un programa de historia de un conocido canal por cable sobre los
celotes defensores de Masada.
Es cierto, el diccionario de la Real Academia Española (RAE)
toma la etimología de asesino de la raíz árabe
hasashins. Mi intención no ha sido desinformar, y hasta es
posible que mi concepto del tema se halle totalmente equivocado,
pero creo que con esto de judíos y árabes o de árabes
y judíos hay que tener mucho cuidado. Sobre todo en estos
tiempos, no vaya a ser que por querer curarnos del espanto producido
por el origen de una palabra quedemos como la señora Ortografía,
que entre todos la mataron o ella sola se murió.
Me gustaría tener la dirección del amable lector
que se ha molestado en aclarar este intríngulis que involucra
a Pérez de Antón y a Lina Vega. A ambos les dirigí
una carta para que me sacaran del error. Quisiera si es posible
que Eduardo Peña C. tuviera la amabilidad de enviarme una
fuente bibliográfica más que la citada de Marco Polo.
Quedo enormemente agradecido de usted y del amable y culto lector.
Aunque sugiero modificar el nombre del cargo que usted desempeña
en La Prensa por uno más abarcador; por ejemplo: Defensor
de autores, de lectores y viceversa.
Juan C. Ansin (autor de ¿Cómo curar el espanto?)
Sobre el término ojo de agua
19 de octubre del 2001
El término ojo de agua está muy arraigado
a las definiciones panameñas, pero no está definido
en ningún diccionario de ciencias naturales. El término
correcto es manantial.
Los panameños en su mayoría entenderíamos el
término manantial; pero los demás hispanos no comprenderían
la denominación ojo de agua. Este error se encuentra
inclusive en nuestras leyes.
Jorge Justavino
La observación de Justavino está referida a un artículo
del ecologista Ricardo de la Espriella, publicado en la sección
Revista.
Felicitan a Sandra
20 de octubre del 2001
Felicito a Sandra Alicia Rivera por haber llevado a los chiricanos
en el extranjero noticias de Ramón Guerra. Quiero saber cómo
escuchar esa emisora en el internet.
En la redacción del lema omitieron las siguientes palabras:
eco veraz al servicio de las mayorías humildes de la
patria.
Desde muy niño me despertaba con esa emisora, mil gracias
por hacerme feliz. Espero su respuesta con e-mail de la emisora.
Franklin Solís Guerra
Las páginas en las cuales se puede acceder al programa de
Ramón Guerra, por la vía electrónica son: www.chiriqui.com/radiochiriqui
www.panamundo.com/chiriqui
El correo electrónico es: rguerra@chiriqui.com
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