Panamá, 30 de octubre de 2001
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Defensor del lector

Golpes contra el idioma

HERASTO REYES
hreyes@prensa.com

La gravedad del asunto se ha acentuado desde el momento en que los legisladores decidieron meterse en la definición de las normas del idioma y dictaron una ley que pretende establecer cómo se debe aplicar el uso de los géneros en el lenguaje oficial. Todo en nombre de su concepción del feminismo. De esta manera, los legisladores se metieron en un terreno que no les corresponde; eso es potestativo de la Academia Española de la Lengua y de sus filiales en los distintos países de habla hispana. Así como los académicos de la lengua no dictan una norma rebajándole los salarios a los legisladores, éstos no deben dictar leyes sobre las palabras. “Zapatero a tus zapatos”.

El relajito ese de “los/as niños/as caminan solos/as sin ayuda de sus padres y madres” ha traído graves complicaciones a los hablantes. La cosa se empeora cuando han inventado otra letra con un símbolo de una medida de peso: la arroba, y ahora escriben “l@s niñ@s caminan sol@s...”. Con la estupidez que esto significa, va a llegar el momento en el que los pobres niños no sabrán cuál es su identidad. Hace algunas semanas, la académica Elsie Alvarado de Ricord entregó a los lectores de La Prensa un artículo sobre el tema en el que todos los aspectos están cabalmente tratados.

Esta deformación idiomática no aporta absolutamente nada a la reivindicación de la igualdad de la mujer en relación al hombre; esa lucha parte de la conquista de derechos económicos, sociales, políticos y culturales mucho más importantes que un manejo deformativo de una lengua que lleva siglos formándose y transformándose al ritmo de los tiempos y cónsona con el sentir y el habla de los pueblos.

Las propuestas de cambios en el idioma no pueden improvisarse como lo hizo, con gran sentido práctico, uno de los testigos del accidente de la presidenta Mireya Moscoso, que al dar fe de la participación de una agente de policía, habló de “la caba iba en la moto...”. Para él no era “la cabo” porque la agente era mujer, y como le enseñaron en la escuela primaria que la “o” cambia por “a” cuando el sustantivo pasa del género masculino al femenino, resolvió el problema: “la caba”.

En otros casos las palabras tienen una terminación más cónsona con el género femenino que con el masculino. La diferencia la dictamina el artículo. Con la lógica de aquel testigo se debe hablar de “el caricaturisto”, “el periodisto” o “el contratisto”, por citar algunos ejemplos, cuando lo correcto es “el caricaturista, “el periodista” o “el contratista”.

Distinto es el caso de la palabra “mano” con terminación claramente masculina; sin embargo, es un indudable sustantivo femenino “la mano”, se dice. El asunto es erróneo cuando se aplica el diminutivo y, como se acostumbra en Panamá, se dice “la manito”, cuando debiera ser “la manita”.

Hay palabras con clara terminación femenina, pero que son del género masculino, el caso de “mapa” es ilustrativo, a nadie se le ocurre decir “la mapa”.

Y hay palabras que son ambiguas: tal es el caso de “mar”. Se habla de “el mar inmenso” y se puede hablar del “almirante de la mar”; aquí el género está determinado por el contexto.

La terminación “e” en muchos sustantivos, los convierte en neutros. Ejemplo: “el caminante” o “la caminante”, que pudieran reemplazarse por “el caminador” o “la caminadora”.

Hay un caso que se suma a esta larga lista y que merece mención: a algunas poetisas no les gusta el femenino del sustantivo “poeta”, o sea “poetisa”, y prefieren autollamarse “la poeta”, con lo que violentan el idioma que utilizan para versificar la belleza... ¿entonces?

En este terreno no dejaría de tener un grado de comicidad escuchar “una tarde de incidencias” a l@s legisladores/as en su defensa de las normas que ellos inventaron para una nueva estructura del idioma cervantino. Solo hay que imaginársel@s...

En otro ángulo, también funesto para la lengua, está la terminología de los técnicos en informática. La formación que reciben en las universidades es de un pobrísimo contenido humanista, de ahí parte el problema.

Resulta que para ellos no existe el verbo castellano de “acceder” y hablan, como si fuera normal, de “accesar”. Es de suponer que este “verbo” se deriva del sustantivo “acceso”; pero en ese caso el verbo es acceder, el otro no existe aunque los técnicos lo usen afirmándose en el error.

En las últimas semanas la publicidad de una compañía de teléfonos celulares, a través de la televisión, la radio y los periódicos, ha insistido en imponer una aberración idiomática: el verbo “chatear” para referirse a algo así como comunicación escrita inalámbrica e interpersonal. El significado castellano del término “chatear” tiene que ver con la preparación de la tierra plana que hacen los campesinos andaluces para extirpar las malas hierbas y recoger las aguas.

Otro ejemplo es el del famoso “imeil”. Generalizado el asunto, cuando el equivalente correcto es: “correo electrónico”.

En La Prensa procuramos el uso correcto del idioma, aceptamos las normas de las academias de la lengua y reprochamos cualquier disposición legal que pretenda ignorar que las leyes de la lengua las dictan los pueblos y las sistematizan los académicos. Los legisladores no tienen nada que ver en el asunto.


Cartas y comentarios

Sobre la sección de Opinión

Dorita de Reyna, ex-editora de la sección de Negocios de La Prensa y actual directora del programa Enfoque, envió la siguiente nota a los directivos de Corporación La Prensa con copia al defensor del lector.


23 de octubre del 2001

Hubo una época en que en la sección de Opinión de La Prensa se trabajaba con mucho rigor profesional a fin de evitar el uso de la misma para fines particulares. Había estrictos controles para identificar al autor de un artículo de opinión. Ello además le daba mucha credibilidad a la misma sección.

Hubo otra época donde los verdaderos directores del periódico, un peruano y sus compinches, convirtieron a la sección de Opinión, y a casi todo el periódico, en páginas de vergonzosas vendettas. Muchos fuimos las víctimas de esto, pero no había interlocutores válidos para poner nuestras quejas.

Esperé que en esta nueva etapa de La Prensa podría apreciar una inmejorable calidad informativa, pero serios indicios me han ido sembrando la duda de que ello realmente suceda. La sección de Opinión de hoy confirma mis temores, además de ser un insulto a la inteligencia de los lectores de La Prensa.

El viernes 19 de octubre, ¡hace sólo cuatro días!, se publicó en El Panamá América un artículo titulado “Las fiestas de Martín”, cuyo autor se identificaba como Alfredo Cedeño, trabajador comunitario. Hoy martes 23 de octubre se publica en La Prensa ¡el mismo artículo con el mismo título!, pero bajo la autoría de Jorge Ortega, ciudadano panameño.

Mi crítica no está dirigida a quien envió el artículo, imagino que suficiente sanción recibirá de parte de sus mentores por ser tan descuidado. Mucho menos critico el contenido del artículo, que además de ser respetuoso se ciñe al rejuego político que empieza a asomarse en el panorama nacional. Lo verdaderamente criticable es que los responsables de la sección de Opinión no sólo no saben lo que sale en secciones similares en otros medios, sino que no aplican los controles indispensables para garantizar al lector que lo que lee responde a una persona con identidad propia. Hoy fue ese artículo que, reitero, no es injurioso. Pero mañana puede ser un escrito lleno de falsedades, injurias y hasta calumnias. Cosas como estas son las que no permiten que La Prensa sea ciertamente un medio de referencia.

Dorita de Reyna.

Aclaración de la editora

Lina Vega, editora de Opinión, remitió al presidente de la empresa, Ricardo Alberto Arias, con copia al defensor del lector, la siguiente explicación:

25 de octubre del 2001

Con relación a la publicación el pasado martes en la sección de Opinión, de un artículo aparecido el viernes anterior en El Panamá América, cosa que prohíben las costumbres de La Prensa, solo puedo expresar mis disculpas por no haberme percatado de tal publicación.

Con relación a la diferencia de nombre en los autores, también se trata de un error de mi parte, que guarda relación con el hecho de que tenía en mis archivos de internet dos artículos de dos diferentes autores, pendientes de ser publicados y cuyo remitente era el mismo (Vamaga, S.A.). Al hacer la copia, confundí los nombres.
El autor del artículo en cuestión es el que aparece en los créditos de El Panamá América y por ello, estoy haciendo una errata.

En conversación con el director, me he comprometido a verificar la autenticidad de los números de cédulas que me proporcionan los colaboradores cada vez que se trate de una persona desconocida. En el pasado, solo guardaba los registros, pero no buscaba como método previo a la publicación. Y aunque el tema que nos ocupa no guarda relación con cédulas falsas, vale la aclaración.
Espero, con lo anterior, haber aclarado las dudas surgidas por la doble publicación.

Lina Vega Abad


Más sobre el término “asesino”

23 de octubre del 2001

Señor Reyes:

He leído con sumo interés la carta de Eduardo Peña C. que ahonda sobre el término asesino [publicada el lunes 22 de octubre del 2001, en esta columna].
A decir verdad la primera noticia que tuve del origen judío de la palabra se la debo a una cita de Isaac Asimov sobre la secta judía que dio origen a la guerrilla de Judas Macabeo en contra de los ejércitos seléucidas de Antíoco. Una de ellas fue la de los hassadin, que quiere decir pacífico. Con los acontecimientos bélicos, dicha secta se transformó en el cuerpo más sanguinario de los defensores macabeos. Años después, en tiempos de Vespasiano, la oposición ortodoxa judía se transformó en ejército de guerrillas, y una agrupación tomó por nombre el temido hasadins o hasadines, que con el tiempo la historia romana transformara en asesino. Esta misma versión la vi y escuché en un programa de historia de un conocido canal por cable sobre los celotes defensores de Masada.

Es cierto, el diccionario de la Real Academia Española (RAE) toma la etimología de asesino de la raíz árabe hasashins. Mi intención no ha sido desinformar, y hasta es posible que mi concepto del tema se halle totalmente equivocado, pero creo que con esto de judíos y árabes o de árabes y judíos hay que tener mucho cuidado. Sobre todo en estos tiempos, no vaya a ser que por querer curarnos del espanto producido por el origen de una palabra quedemos como la señora Ortografía, que entre todos la mataron o ella sola se murió.

Me gustaría tener la dirección del amable lector que se ha molestado en aclarar este intríngulis que involucra a Pérez de Antón y a Lina Vega. A ambos les dirigí una carta para que me sacaran del error. Quisiera si es posible que Eduardo Peña C. tuviera la amabilidad de enviarme una fuente bibliográfica más que la citada de Marco Polo.
Quedo enormemente agradecido de usted y del amable y culto lector. Aunque sugiero modificar el nombre del cargo que usted desempeña en La Prensa por uno más abarcador; por ejemplo: Defensor de autores, de lectores y viceversa.
Juan C. Ansin (autor de “¿Cómo curar el espanto?”)


Sobre el término “ojo de agua”

19 de octubre del 2001
El término “ojo de agua” está muy arraigado a las definiciones panameñas, pero no está definido en ningún diccionario de ciencias naturales. El término correcto es manantial.
Los panameños en su mayoría entenderíamos el término manantial; pero los demás hispanos no comprenderían la denominación “ojo de agua”. Este error se encuentra inclusive en nuestras leyes.
Jorge Justavino

La observación de Justavino está referida a un artículo del ecologista Ricardo de la Espriella, publicado en la sección Revista.

Felicitan a Sandra

20 de octubre del 2001

Felicito a Sandra Alicia Rivera por haber llevado a los chiricanos en el extranjero noticias de Ramón Guerra. Quiero saber cómo escuchar esa emisora en el internet.
En la redacción del lema omitieron las siguientes palabras: “eco veraz al servicio de las mayorías humildes de la patria”.
Desde muy niño me despertaba con esa emisora, mil gracias por hacerme feliz. Espero su respuesta con e-mail de la emisora.

Franklin Solís Guerra

Las páginas en las cuales se puede acceder al programa de Ramón Guerra, por la vía electrónica son: www.chiriqui.com/radiochiriquiwww.panamundo.com/chiriqui — El correo electrónico es: rguerra@chiriqui.com

 




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