El príncipe destronado
(Primera de dos partes)
Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
La
siguiente escena de una mamá con sus dos hijas puede que le resulte
familiar:
Mientras la madre corta el recién horneado
pastel, la mayor la observa con sumo cuidado. Cuidado también tiene
ella en su difícil tarea: lograr dos trozos idénticos, uno para
cada niña. Y como auxiliada por una cinta métrica mental, maneja
el cuchillo con una admirable destreza, solo así conseguiría dos
pedazos tan parecidos. Orgullosa entrega uno a la pequeña que sin
inmutarse en analizarlo le entra a bocados. La matriarca entonces
esboza una sonrisa; pero no demasiada amplia. Por experiencia sabe
que más difícil lo tendrá con la otra. Por eso se lo da a ésta acompañado
de unas palabras de cariño, “toma este para ti, mi cielo”. La chiquilla
raudamente estudia el tamaño del manjar y con el ceño fruncido concluye
lo que la madre temía: que el de la hermana es más grande y tiene
más crema.
Curiosamente, para la primogénita su pedazo
realmente es más pequeño. Pero las cosas no quedan ahí, probablemente
deduzca que ella obtuvo uno menor puesto que se le quiere menos.
Una carcajada podría ser la reacción del progenitor que escuche
una conclusión semejante, porque él más que nadie sabe que ama y
trata por igual a todos sus retoños. Sin embargo, el asunto puede
ser menos trivial de lo que aparenta, porque para muchos (sobre
todo si han sido por algún tiempo protagonistas únicos de la escena
familiar), los celos tras la llegada de un intruso pueden hacerle
perder una capacidad de juicio que ya de por sí está en pañales
en los años de infancia.
Al igual que el marido celópata ve fantasmas
por todas partes, un niño en extremo celoso puede perder la objetividad
en los análisis de los hechos. Así, inventará, interpretará erróneamente
y exagerará situaciones que, como éstas, estén relacionadas con
las vivencias entre él y su hermano. El desplazamiento y la pérdida
de un poder que de la noche a la mañana se desvanece sin remedio
(y con un conocido “culpable”), no son buenos consejeros para cierta
clase de menores.
Y digo cierta clase porque no todos viven
las circunstancias que rodean los celos de la misma forma. Si bien
la mayoría los experimenta como parte de una respuesta transitoria
ante una situación específica que acontece en el seno de la familia,
para otros supone un problema que deriva en un conflicto. Tanto
es así que los psicólogos estamos convencidos de que los celos infantiles
pueden llegar a ser tan patológicos que afecten sobremanera el funcionamiento
cotidiano del niño. Su autoestima, rendimiento escolar o control
de esfínteres son solo algunos de los aspectos vitales que pueden
verse seriamente comprometidos. Pero, ¿cómo unas emociones supuestamente
infundadas pueden dar pie a todo esto?, se preguntan muchos progenitores
que no acaban de comprender el porqué de tales sentimientos y las
reacciones derivadas.
El complejo mecanismo de los celos
Con el propósito de explicar, algunos especialistas
optan por empezar dando una definición de los celos. Intentando
encontrar alguna lo suficientemente descriptiva, me topé con una
que aunque en principio parece bastante enrevesada, es lo suficientemente
completa; eso sí hay que traducirla un poco. Según esta propuesta
podríamos decir que los celos son reacciones adaptativas transitorias,
conformadas por una alteración emocional y de comportamiento como
respuesta a un desequilibrio en la dinámica afectiva hasta ese momento
establecida, a consecuencia, generalmente, del nacimiento de un
hermano y que, en algunos casos, pueden adquirir carácter serio
y/o permanente.
Algo técnica esta terminología, ¿verdad?
Aun así, con bastante fundamento. Y es que atendiendo paso a paso
el contenido y en referencia a las reacciones transitorias, hay
que reconocer que efectivamente los celos del niño no suelen durar
para siempre. De hecho, la mayoría de los hermanos, con el transcurrir
del tiempo, evolucionan espontáneamente hacia conductas de cooperación,
protección, equidad e incluso altruismo. Sin embargo, a unos cuantos
(por su inmadurez cognitiva y afectiva o por ciertos rasgos de personalidad)
les resulta difícil este paso. Y la falta de una ayuda especial
puede derivar en conductas inadaptadas y permanentes.
Por otro lado, con respecto a la parte de
alteración emocional y comportamental, es innegable que estos chiquillos
sienten y se comportan de forma distinta a lo esperado, ello debido
a un sufrimiento que puede alcanzar cuotas severas. “¿Sufrimiento?”-
dirían algunos incrédulos. Pues sí, y ello por el miedo a la pérdida
del cariño y la atención (sobre todo materna) y la crisis que supone
una nueva etapa de cambios. De ahí el término respuesta a un desequilibrio.
Y es que la estructura y funcionamiento de la familia se altera
por el necesario reparto a que obliga la inclusión de un nuevo miembro.
Esto implica cambios en la calidad y cantidad afectiva que recibe
el hermano mayor. Puede que ahora se le regañe por cosas en las
que antes los padres eran más permisivos y se le exija de repente
una madurez con la que no es capaz de contar.
El consejo de muchas madres expertas que
dicen “no te preocupes, ya se le pasará” puede ser muy válido. Pero
no por ello hay que dejar a su suerte a un niño de tres años que
de repente gatea por los pasillos o quiere un biberón (cuando hace
tiempo que lo dejó) como su hermanito. O mucho menos a aquel que
empieza a manifestar retrasos del habla, tartamudez, ansiedad, problemas
de aprendizaje o conducta negativista desafiante, entre otras patologías.
Cariño y atención especial deben ser dados por añadidura. Porque
verse despojado repentinamente de una corona no debe ser nada fácil.
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