Panamá, 30 de octubre de 2001
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
Trasfondo
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
Talingo
SEPARATAS
Pulso de la Nación
Punto exe
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

El príncipe destronado

(Primera de dos partes)
Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

La siguiente escena de una mamá con sus dos hijas puede que le resulte familiar:

Mientras la madre corta el recién horneado pastel, la mayor la observa con sumo cuidado. Cuidado también tiene ella en su difícil tarea: lograr dos trozos idénticos, uno para cada niña. Y como auxiliada por una cinta métrica mental, maneja el cuchillo con una admirable destreza, solo así conseguiría dos pedazos tan parecidos. Orgullosa entrega uno a la pequeña que sin inmutarse en analizarlo le entra a bocados. La matriarca entonces esboza una sonrisa; pero no demasiada amplia. Por experiencia sabe que más difícil lo tendrá con la otra. Por eso se lo da a ésta acompañado de unas palabras de cariño, “toma este para ti, mi cielo”. La chiquilla raudamente estudia el tamaño del manjar y con el ceño fruncido concluye lo que la madre temía: que el de la hermana es más grande y tiene más crema.

Curiosamente, para la primogénita su pedazo realmente es más pequeño. Pero las cosas no quedan ahí, probablemente deduzca que ella obtuvo uno menor puesto que se le quiere menos. Una carcajada podría ser la reacción del progenitor que escuche una conclusión semejante, porque él más que nadie sabe que ama y trata por igual a todos sus retoños. Sin embargo, el asunto puede ser menos trivial de lo que aparenta, porque para muchos (sobre todo si han sido por algún tiempo protagonistas únicos de la escena familiar), los celos tras la llegada de un intruso pueden hacerle perder una capacidad de juicio que ya de por sí está en pañales en los años de infancia.

Al igual que el marido celópata ve fantasmas por todas partes, un niño en extremo celoso puede perder la objetividad en los análisis de los hechos. Así, inventará, interpretará erróneamente y exagerará situaciones que, como éstas, estén relacionadas con las vivencias entre él y su hermano. El desplazamiento y la pérdida de un poder que de la noche a la mañana se desvanece sin remedio (y con un conocido “culpable”), no son buenos consejeros para cierta clase de menores.

Y digo cierta clase porque no todos viven las circunstancias que rodean los celos de la misma forma. Si bien la mayoría los experimenta como parte de una respuesta transitoria ante una situación específica que acontece en el seno de la familia, para otros supone un problema que deriva en un conflicto. Tanto es así que los psicólogos estamos convencidos de que los celos infantiles pueden llegar a ser tan patológicos que afecten sobremanera el funcionamiento cotidiano del niño. Su autoestima, rendimiento escolar o control de esfínteres son solo algunos de los aspectos vitales que pueden verse seriamente comprometidos. Pero, ¿cómo unas emociones supuestamente infundadas pueden dar pie a todo esto?, se preguntan muchos progenitores que no acaban de comprender el porqué de tales sentimientos y las reacciones derivadas.

El complejo mecanismo de los celos

Con el propósito de explicar, algunos especialistas optan por empezar dando una definición de los celos. Intentando encontrar alguna lo suficientemente descriptiva, me topé con una que aunque en principio parece bastante enrevesada, es lo suficientemente completa; eso sí hay que traducirla un poco. Según esta propuesta podríamos decir que los celos son reacciones adaptativas transitorias, conformadas por una alteración emocional y de comportamiento como respuesta a un desequilibrio en la dinámica afectiva hasta ese momento establecida, a consecuencia, generalmente, del nacimiento de un hermano y que, en algunos casos, pueden adquirir carácter serio y/o permanente.

Algo técnica esta terminología, ¿verdad? Aun así, con bastante fundamento. Y es que atendiendo paso a paso el contenido y en referencia a las reacciones transitorias, hay que reconocer que efectivamente los celos del niño no suelen durar para siempre. De hecho, la mayoría de los hermanos, con el transcurrir del tiempo, evolucionan espontáneamente hacia conductas de cooperación, protección, equidad e incluso altruismo. Sin embargo, a unos cuantos (por su inmadurez cognitiva y afectiva o por ciertos rasgos de personalidad) les resulta difícil este paso. Y la falta de una ayuda especial puede derivar en conductas inadaptadas y permanentes.

Por otro lado, con respecto a la parte de alteración emocional y comportamental, es innegable que estos chiquillos sienten y se comportan de forma distinta a lo esperado, ello debido a un sufrimiento que puede alcanzar cuotas severas. “¿Sufrimiento?”- dirían algunos incrédulos. Pues sí, y ello por el miedo a la pérdida del cariño y la atención (sobre todo materna) y la crisis que supone una nueva etapa de cambios. De ahí el término respuesta a un desequilibrio. Y es que la estructura y funcionamiento de la familia se altera por el necesario reparto a que obliga la inclusión de un nuevo miembro. Esto implica cambios en la calidad y cantidad afectiva que recibe el hermano mayor. Puede que ahora se le regañe por cosas en las que antes los padres eran más permisivos y se le exija de repente una madurez con la que no es capaz de contar.

El consejo de muchas madres expertas que dicen “no te preocupes, ya se le pasará” puede ser muy válido. Pero no por ello hay que dejar a su suerte a un niño de tres años que de repente gatea por los pasillos o quiere un biberón (cuando hace tiempo que lo dejó) como su hermanito. O mucho menos a aquel que empieza a manifestar retrasos del habla, tartamudez, ansiedad, problemas de aprendizaje o conducta negativista desafiante, entre otras patologías. Cariño y atención especial deben ser dados por añadidura. Porque verse despojado repentinamente de una corona no debe ser nada fácil.


Además en revista

Agua y salud
El príncipe destronado
Los tejidos de la araña
Pensando en los jubilados
¿Docente particular?
Entregan el Fémina y el Médicis