Requisitos
Muchos dirán que no hace falta tanto requisito para saber de qué pie cojean los candidatos; a la mayoría se les ve venir
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
Debería ser requisito indispensable. Pero no lo es, y de ahí vienen los problemas. Porque si acaso se tiene la desgracia de vivir en un país donde los gobernantes no son elegidos por votación popular, pues qué le vamos a hacer, a los ciudadanos no les queda otro remedio que aguantarse, hasta que un día se les prenda la lucecita de la democracia y se rebelen. Suelen entonces, y por regla general, intensificarse los métodos represivos y correr ríos de sangre, pero al fin el dictador cae y paga de una sola sentada todas sus torpezas.
En los sistemas democráticos, sin embargo, el electorado es el responsable de lo que elige, y escoge a los gobernantes de acuerdo con sus preferencias ideológicas, sus intereses personales o ateniéndose a unos elementos de juicio que determinan el voto. Por eso, debería ser requisito indispensable (pero no lo es y de ahí vienen los problemas), que durante la campaña se haga público, aparte de la trayectoria personal y las promesas electorales, el resultado de un test sicológico que mida la inteligencia del candidato en todas sus facetas. De esta forma, el puntaje obtenido en el renglón de razonamiento abstracto, numérico, verbal y hasta en lo que toca al factor de las emociones, se convertiría en un dato importante y decisivo a la hora en que cantan las urnas, si bien muchos dirán que no hace falta tanto requisito para saber de qué pie cojean los presidenciables, que a la mayoría se les ve venir.
De cualquier modo, sería aconsejable que el pueblo tuviera en sus manos conocimientos previos para elegir a un David y no a un Goliat, aunque a veces tengamos que confomarnos con seres amorfos que no califican ni por su tamaño ni por su encanto al tañer la lira.
Y es que últimamente la inteligencia anda un poco desvirtuada. La capacidad de razonamiento viene a confundirse con los títulos académicos, la fortuna o el parentesco, o con una conducta engañosa y avasallante que permite sobrevivir en un mundo de competencia. Pareciera por tanto que el triunfo se lo lleva siempre Goliat, y que David, que otrora derribó al gigante de una certera pedrada en el hueco de su cerebro, queda postergado al más oscuro de los anonimatos.
El mundo está así plagado de gente cuyo único don es la fuerza descomunal que concede el poder, y aunque es cierto que para imponer esta fuerza se necesita un mínimo de materia gris, no es suficiente. El talento tiene luces cortas y luces largas, como los carros, y de su uso depende el éxito o el fracaso.
Con las luces cortas se puede transitar por calles conocidas e iluminadas, que no requieran de más esfuerzos que apegarse al código establecido, pero prescindir de las largas en carretera y noche oscura (y ejercer un mandato, del tipo que sea, siempre entraña sus peligros), es tanto como arriesgarse a ir de bruces al precipicio.
Los arrogantes (y los ignorantes) suelen encender las cortas para toda ocasión. La necesidad obliga y no tienen otras. Su inteligencia es inmediata -carecen de memoria y carecen de visión- y su objetivo no es otro que el que tienen a la vista. Su fracaso es inevitable y ninguno resiste el juicio de la historia. El que tiene luces largas es otra cosa. Con ellas presiente el camino y alumbra los rincones oscuros, para que todo quede a la vista, y recurre a menudo a la memoria colectiva de los hombres para no cometer los mismos errores que cometieron los que lo precedieron. El horizonte se le muestra tan amplio, que a riesgo de que lo crean pasado de moda, el gobernante inteligente será poseedor de tres virtudes clásicas: la discreción, la prudencia, y la bondad, que no es, contra lo que parece, dar lismona frente a las cámaras sino la búsqueda del bien común.
En pocas palabras, un gobernante de talento es aquel que percibe las consecuencias, a largo plazo, de su gestión, no solo para evitarse el castigo político que su persona y su partido sufran (señal de que las masas no andan tan descaminadas como sus líderes) sino porque nadie verdaderamente inteligente echa en saco roto los postulados de la sabiduría y de la ética.
Tarde o temprano, más temprano que tarde, la historia, que pocas veces se equivoca, pasa la factura. Todos los políticos querrán ocupar el lugar en los anales que ocupó Winston Churchill, por ejemplo; pocos el que ocuparon Nerón o Hitler. Pero antes tendrán que estar en capacidad de comprender quién fue Churchill, quién fue Hitler y quién fue Nerón.
La autora es correctora de La Prensa
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