Panamá, 30 de octubre de 2001
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Esta guerra la estamos perdiendo

Hasta la guerra mediática la estamos perdiendo, incluso la todopoderosa CNN tiene que mendigar imágenes a una cadena árabe

Camilo José Cela Conde
Especial para La Prensa

Supongamos por un momento que los halcones de la guerra del Afganistán tienen razón, que se trata de la lucha entre los buenos (¿el Occidente civilizado, democrático, liberal?) y los malos (¿el islam retrógrado, terrorista y opresor?). Un esquema así de simple está comenzando a imponerse aunque sea del revés.

A casi dos meses de la caída de las torres gemelas, aquel mundo indignado y lleno de razón que iba a perseguir al terrorismo hasta sacarlo de su madriguera anda confuso mientras que los musulmanes, a fuerza de oír los reproches, se sienten cada vez más unidos detrás de la figura emblemática de bin Laden.

Bastará con que en cualquier sitio -¿Paquistán?- estalle la ola de la guerra santa para que el conflicto comodísimo contra un país remoto, atrasado, pobre e indefenso se convierta en una verdadera pesadilla. De hecho se puede decir que el mal sueño ha empezado ya con la matanza de cristianos en Bahawalpur.

¿Acaso nos creíamos que sólo hay católicos en los barrios de Roma?

La guerra planeada con la calma necesaria por el presidente Bush y sus asesores bélicos es un desastre. Los bombardeos rutinarios no producen sino daños entre los ciudadanos inocentes de los alrededores de Kabul, tan inocentes como los que cayeron en las torres, pero estos últimos, no lo olvidemos, víctimas de un terrorismo inaceptable. Estamos aprendiendo de nuevo a marchas forzadas la misma lección que nos suspendió en el Vietnam: no se puede destrozar lo que no existe. Se nos habló de dominio total del aire afgano, cuando lo que sucede es que los muyahidines caminan por entre las peñas. Se nos dieron por destruidas las defensas antiaéreas que, a la postre, los guerrilleros talibanes no necesitan.

Los carísimos misiles tomahawk sólo destrozan almacenes de la Cruz Roja o matan a los niños cuyos cadáveres, ¡ay!, nos enseña la televisión, porque la guerra mediática la estamos perdiendo también e incluso la todopoderosa CNN de la Operación Tormenta del Desierto tiene que mendigar imágenes de la cadena árabe.

Por no saber, ni siquiera sabemos en qué consiste nuestra estrategia.

¿Apoyamos o no a la Alianza del Norte en Afganistán, amén de bombardear por error sus posiciones? La captura y ejecución del líder antitalibán Abdul Haq y, sobre todo, la incapacidad del ejército expedicionario norteamericano para rescatarlo de las manos de sus enemigos pese al despliegue de los helicópteros que, según se nos decía, eran invencibles, da que pensar. Y no solo nos da que pensar a nosotros, sino también a quienes se plantean con qué bando quedarse.

¿Que no tiene vuelta de hoja? ¿Que se trata de los buenos frente a los malos? Sí, por supuesto, pero salta al aire la sospecha de que las cartas con esporas de ántrax que llegaron a Florida, Nueva York y Washington proceden, en realidad, de la muy cristiana extrema derecha salida de lo más profundo de la nación norteamericana y, de pronto, el esquema falla.

Somos los buenos pero bombardeamos al buen tuntún, matamos niños, destrozamos la misma ayuda que enviamos antes por medio de la Cruz Roja, dejamos desprotegidos a nuestros aliados y usamos contra nosotros mismos las armas que atribuíamos, cargados de indignación, a la maldad infinita de bin Laden.

Si se tratase de la actuación de una persona diríamos que tiene serios trastornos de personalidad y entenderíamos que necesita de ayuda siquiátrica. Pero, no lo olvidemos, ni siquiera es un presidente confundido e ineficaz el responsable. Se trata, según nos aseguran con voz severa, de una guerra entre dos civilizaciones, así que mucho me temo que los culpables somos todos nosotros. Lo seguiremos siendo mientras no nos levantemos aquí y allí para exigir que terminen las muertes estúpidas y el castigo insensato. No solo por el daño que hacemos, ciertamente. Hay que parar esta guerra porque la estamos perdiendo y con eso basta.


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