Sobre una sorpresa
Guillermo Sánchez Borbón
En Panamá el electorado siempre se polarizó entre dos grandes partidos o entre dos grandes coaliciones de partidos. Las terceras fuerzas jamás han tenido éxito. En las últimas elecciones, para cualquiera que estuviera familiarizado con nuestra historia política, era obvio que la lucha sería entre Martín Torrijos y Mireya Moscoso. La sola idea de votar por el PRD o facilitar su triunfo botando mi voto, o absteniéndome, me horrorizaba. En un par de artículos que escribí sobre el tema, expliqué por qué votaría por Mireya. Para mí estaba claro que Alberto Vallarino correría la suerte de todas las terceras candidaturas en Panamá. Y así fue. Con una importante diferencia: Vallarino sacó más votos (en términos absolutos y porcentuales) que todos sus predecesores. El no lo vio así entonces (tal vez amargado por la derrota), pero la suya fue una verdadera hazaña política.
Con todo, pensé que se trataba de un fenómeno pasajero, que el tiempo iría desdibujando hasta borrarlo del panorama. Pero, por lo visto, soy muy mal profeta, a juzgar por los resultados de la última encuesta de Dichter y Neira que publica La Prensa en “El pulso de la Nación”. Como lo hubiera podido predecir cualquier persona medianamente enterada, en el nuevo sondeo el gobierno de Mireya Moscoso sale muy mal parado. Da a la mayoría de los panameños una sensación de incapacidad y de corrupción. No podía ser de otra manera: el gabinete es uno de los peores que ha tenido Panamá en toda su historia (“Keystones cops” sería una excelente manera de definirlo). Ni uno solo de sus miembros reúne los requisitos de un buen ministro: además de dominar la materia de su cartera, ser un político avezado, capaz de responder con conocimiento y claridad las interpelaciones de la Asamblea y los interrogatorios (casi policiales) de los periodistas sin meter la pata ni armar uno de los inextricables enredos que es la especialidad de los actuales. A veces, por si los ministros no fueran lo suficientemente neófitos, hablan los viceministros. Por ejemplo, Harmodio Arias. Gracias a sus brillantes intervenciones, una mañana de estas vamos a desayunarnos con la noticia de que estamos en guerra con Yemen del Norte (o del Sur), por Dios sabe qué gaffe diplomática cometida por él en un momento de inspiración.
Doña Mireya no ha entendido todavía que la responsabilidad política por la ineficacia y metidas de pata de sus ministros recae sobre ella, así como todos los actos de corrupción de sus subalternos, o de los Staviskys que están estafando a la nación, si no con su complicidad, al menos con su consentimiento. Cuando trate de reaccionar, rompiendo el círculo de fuego con que la han aislado de la realidad los crooks, será demasiado tarde. Lo digo con profunda tristeza.
Por los predios de la oposición no andan mejor las cosas: sus aparatchikiis son tan irresponsables como los del arnulfismo y están tan desacreditados como ellos. Aparte de que al PRD lo están sepultando los huesos que exhuma Eagle (nombre que a Jorge Ritter le hace mucha gracia). Si acaso vuelven al poder no es porque los ciudadanos crean en ellos, sino porque es la única forma que tienen de castigar al gobierno. De seguir así, esta alternancia va a terminar mal para el país.
Pero en la página 11 de “El pulso de la Nación” hay unas cifras sorprendentes. A la pregunta “Si las elecciones fueran el día de hoy y los candidatos presidenciales fueran Martín Torrijos y Alberto Vallarino, ¿por quién votaría usted?”. La respuesta es un virtual empate. Esta es una mala noticia para Martín. El PRD comenzó a promover su candidatura presidencial al día siguiente de la toma de posesión de Mireya, y no ha dejado ni por un minuto de hacerle campaña. Alberto Vallarino, en cambio, no la ha hecho en absoluto. Ni siquiera ha dicho si aspira, o no, a ser candidato. Pero esto no es lo más significativo. Lo más significativo es que la gran mayoría de los encuestados (el 50.3 %) considera que Vallarino tendría más oportunidad de ganar las elecciones como candidato de una tercera fuerza, que como candidato de cualquiera de los dos “grandes” partidos. Esto tiene una importancia excepcional, porque revela que ha surgido la posibilidad real de romper el monopolio político que hasta ahora han ejercido el PRD y el arnulfismo. Lo cual sería una bendición para Panamá. Aparte de que cada día estoy más convencido de que la institución del partido está herida de muerte en el mundo entero.
Si Alberto Vallarino juega bien sus cartas, puede ser el próximo presidente.
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