Panamá, 28 de octubre de 2001
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La otra cara de la guerra

“Nuestra vida es como al principio de la humanidad. No hay clases ni comida ni agua ni medicinas o electricidad en los hospitales”, afirma un afgano

Basado en servicios internacionales

Familiares y amigos se congregan en torno al cuerpo de Mohamed Rasul, quien murió alcanzado por el fuego de los talibán en el mercado de Charikar, en el norte de Kabul.

Cada bomba occidental que cae sobre instalaciones civiles en Kabul, acrecienta la indignación antiestadounidense entre aquellos desilusionados con el gobernante movimiento talibán.

Cuando Washington inició hace casi tres semanas su campaña aérea para capturar a Osama bin Laden, algunos residentes de Kabul se alegraron ante la perspectiva de un rápido ocaso de los talibán, pero a medida que la campaña ha provocado más víctimas civiles, la actitud hacia Washington se ha endurecido.

“Está empeorando, porque ahora están matando también a civiles. Mientras más civiles mueran, más aumentará el odio contra Estados Unidos”, dice un médico, que no quiso ser identificado.

“No sabemos cuánto durará esta guerra, pero mientras más se alargue, más dañará la imagen de América”, añade el doctor.

“Al comienzo de los ataques, yo estaba a favor porque quería un cambio. Pero como parece que este sueño no se va a hacer realidad y la gente está muriendo, me desagradan los norteamericanos”, añade.

Aunque Estados Unidos afirma que solo ataca objetivos militares, lo cierto es que las bombas desviadas de sus objetivos, por diversas causas, han cobrado la vida de decenas de civiles afganos (cientos según los talibán).

Una de las víctimas, Abdul Kadar, un joven de 22 años de edad, relata cómo la mezquita de su barrio, en Kandahar, no escapó a las bombas.

“Eran las 21:00 y estábamos rezando cuando el bombardeo comenzó. Cinco personas murieron y otras siete resultaron heridas. No hacíamos nada más que rezar. Respaldamos a los talibán”, agrega.

Drama en los hospitales

La realidad de las víctimas civiles también es registrada día a día en los centros de atención médica. El flujo constante de los heridos llega incluso a los hospitales de Quetta (oeste de Paquistán), al punto de que las autoridades médicas locales temen que la situación vaya a degenerar pronto en una crisis.

Las salas de urgencias de dichos centros se ven anegadas de mujeres, niños y hombres que llegan con piernas aplastadas por el derrumbe de edificios, heridas producidas por esquirlas de obuses, miembros amputados y lesiones en la cabeza.

El doctor Shahzad Jan calcula que el centro donde trabaja, el hospital Sandeman, recibe de 60 a 70 heridos civiles por día y que “hay muchos otros hospitales (de Quetta) que deben hacer frente al mismo problema”.

Una afluencia excesiva para una ciudad como Quetta, la capital de la provincia paquistaní de Baluchistán, no lejos de la frontera afgana.

Los pacientes llegan desde Kandahar, el feudo de los talibán, una zona muy castigada por los bombardeos. Los sobrevivientes describen esta región como desierta y reducida a escombros.

Otros llegan desde Kabul, la capital afgana, y de pueblos aislados de Afganistán.

Esto es así, según explican, porque la campaña aérea estadounidense casi neutralizó la actividad de los hospitales afganos, limitados a garantizar un servicio mínimo. La mayoría carece de medicamentos y de material básico.

El doctor Jan agrega que el hospital Sandeman transformó su departamento ortopédico en servicio de urgencias y que otro sector del hospital iba a hacer lo mismo pronto. “Llegan por docenas y docenas”, declaró.

Por su parte, el doctor Saleh Tareen cree que la situación será peor para las hospitales de la región si Paquistán abre la frontera de Chamán a los refugiados en Afganistán. Miles de civiles están allí hacinados en condiciones precarias.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) instó al presidente paquistaní, Pervez Musharraf, a abrir las fronteras del país por razones humanitarias.

Pero por ahora, Islamabad se niega a hacerlo, debido a la falta de agua producto de la sequía que los castiga desde hace tres años y debido al exceso de refugiados afganos que ya desborda sus ciudades.

Solo los casos más graves son autorizados a cruzar la frontera.

“Nadie puede saber exactamente cuántos, pero puede estar seguro de que si esta frontera es abierta, recibiremos a mucha más gente”, asegura el doctor Tareen.

Si la situación hospitalaria es cada día más difícil en Paquistán, para los doctores afganos se ha vuelto una verdadera pesadilla.

“Durante las guerras anteriores en Kabul teníamos problemas similares, pero los organismos extranjeros (de asistencia humanitaria) estaban aquí para ayudarnos, ya que las fronteras estaban abiertas”, explica el cirujano Ajab Gul.

“Ahora tenemos un pequeño generador, pero no tenemos combustible para que funcione y caliente los pabellones, ya que cada vez hace más frío”, añade.

En el hospital infantil, donde se ha internado a 30 adolescentes desde el inicio de los ataques, el doctor Bashir Ahmad trata de efectuar una operación quirúrgica bajo condiciones propias del Siglo XIX.

“Mire esa lámpara, tenemos que operar con esto porque no hay electricidad”, dice, señalando la luminaria que funciona con gas.

“Hay alguna ayuda de organismos humanitarios, suficiente para mantener el hospital en marcha por el momento, pero será difícil operar cuando tengamos más pacientes y la situación empeore”, añade.

De vuelta a la vida contidiana

Fuera de los hospitales, los sufridos habitantes de Kabul tratan de proseguir con sus vidas. Las calles están atestadas durante el día, pero desiertas en la noche, cuando empiezan los ataques.

“Nuestra vida es como al principio de la humanidad. No hay clases ni comida ni agua ni medicinas o electricidad en los hospitales. Puede que no todo sea culpa de los ataques norteamericanos, pero parecen haber incrementado los problemas y seguirá así mientras continúe la guerra", dice un residente, Attaullah, de 48 años de edad.

Otros han tomado la guerra con resignación, tal es el caso Ahmad Ali, de 53 años de edad, que vende ropa de invierno en el centro de la ciudad. “No se puede seguir así, esperando en casa. Así que he salido”, dice.

No muy lejos, Mohammad Shá vende calcetines. Dice que todo va bien y está orgulloso del combate contra EU.

“No pasa nada, hermano. Los bombardeos, los cohetes, los combates ... nada de eso es nuevo para nosotros. Lo que está bien es que esta vez luchamos contra EU, la primera potencia del mundo”, señala.

“Cada vez que enciendo la radio, escucho la palabra Afganistán en todas las lenguas. Afganistán se ha vuelto famoso en el mundo”, dice y suelta una carcajada.

Tiene tres hijos y sus negocios marchan bien, a pesar de que una gran parte de la población se ha ido de la ciudad.

“El invierno se acerca. Vendo calcetines gruesos para el invierno. Todo el mundo compra”, afirma Shá, pero no quiere precisar sus ingresos diarios.

Maryam, una viuda de 39 años de edad, mendiga en el barrio de Poli Baghi Omomi. Apenas piensa en la guerra o en los bombardeos.

“Solo pienso en mis hijos. En si tendrán algo para cenar o no. No tengo nada que ver con estos bombardeos y estos combates”, dice la mujer, madre de siete hijos.

Vive en una casa parcialmente destruida en Kart-e-Seh (oeste de Kabul). Los propietarios se fueron hace siete años huyendo de los combates de entonces por el control de la capital.

“Cuando estoy aquí, me preocupo por mis hijos. Pero, qué puedo hacer. Mis vecinos se ocupan de ellos”, asegura.

Según las estadísticas de Naciones Unidas, entre un 15% y un 20% de la población de la capital habría abandonado la ciudad. Otras tres grandes ciudades de Afganistán, entre ellas Kandahar (sur), feudo de los talibán, se vaciaron en un 70%, anunció la ONU.


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