Diplomacia y guerra tras el 11 de septiembre
Si por el lado israelí escasean los gestos diplomáticos efectivos, por el lado palestino los hay de sobra
Sabrina Bacal
Entre los esfuerzos iniciales por formar la coalición internacional contra el terrorismo, parecían asomarse ganancias adicionales: renovadas presiones y motivaciones que conducirían a un cese al fuego entre israelíes y palestinos. Aunque la complejidad de una alianza diplomática que requería poner en el mismo costal a enemigos jurados —no solo a Israel y ciertos regímenes árabes, sino también a rivales nucleares como India y Paquistán—, siempre anticipó que la mutua disminución de hostilidades no marcharía sobre ruedas, ha sido un suceso interno el que frenó momentáneamente esa posibilidad. Se trata del asesinato del ministro de Turismo israelí, Rehavam Zeevi, por miembros del Frente Popular para la Liberación de Palestina.
Antes de que ocurriera este hecho sin precedentes, los factores eran claros y hasta cierto punto, predecibles. Por un lado observábamos a un Ariel Sharon que presumía que la automática identificación de las víctimas del terrorismo con sus compatriotas -veteranos en el padecimiento del flagelo- menoscabaría los esfuerzos de los países árabes por aislar de la coalición al aliado natural de Estados Unidos. Por el otro lado, éramos testigos de un Yasser Arafat que demostraba haber aprendido con creces la lección de la Guerra del Golfo: nunca más los pronunciamientos demagógicos de un Sadam Hussein o de un Osama bin Laden lo llevarían a cuadrarse en contra de Occidente.
Es así como los atentados del 11 de septiembre colocaban a ambos líderes en un escenario, en el que la cautela sería mejor premiada que nunca. Pero los fundamentos de la ecuación cambiaron cuando un nuevo tipo de violencia fue introducido al conflicto. Ante la nueva amenaza implantada por el Frente Popular para la Liberación de Palestina, la contención dejaba de ser una opción óptima para el Estado hebreo. A su vez, la exigencia de que todos los culpables debían ser arrestados y extraditados a Israel ponía en entredicho el compromiso verbal de oposición al terrorismo, que tan pomposamente había expresado Yasser Arafat a la comunidad internacional.
Era presumible que una Autoridad Palestina que por más de un año venía ignorando las peticiones de encarcelamiento a los terroristas, no se iba a enfrentar ahora a las presiones internas de los radicales, que el acatamiento de la ley traería. Igualmente no era previsible que el gobierno de Ariel Sharon cesara la presión militar sobre los territorios, en momentos en que prevalecía la visión de que los militantes palestinos entienden los gestos de apaciguamiento como signos de debilidad.
Ante la nueva escalada del conflicto que propiciaron estos factores, los norteamericanos comenzaron a manifestar su escasez de paciencia. Después de todo, su único objetivo a corto plazo en el área es que la excesiva violencia no ponga a tambalear la heterogénea coalición contra el terrorismo. Estados Unidos sabe que la inestabilidad en Gaza y Cisjordania exacerba los ya exaltados sentimientos antioccidentales en el mundo islámico y mientras estos sigan creciendo con cada afgano que muere en los bombardeos, mayor será la obsesión estadounidense por silenciar los enfrentamientos entre israelíes y palestinos.
El problema es que las inquietudes de la superpotencia no coinciden con las prioridades actuales de los contendientes en el área y aunque por momentos unos lo oculten mejor que otros, lo cierto es que ninguno de los dos bandos está sintonizado con los intereses norteamericanos.
El grado de tensión, incrementado tras el asesinato del miembro del Gabinete, parece dificultar el que los israelíes cedan ante las presiones estadounidenses. Si en la guerra contra Irak estuvieron dispuestos a soportar los misiles de Sadam Hussein sin hacer nada que pudiese desestabilizar la coalición de ese entonces, ahora se sienten demasiado amenazados como para poner las consideraciones internacionales por encima de las de seguridad interna. La diplomacia no ha servido aún de puente para conciliar los intereses de los tradicionales aliados, lo que prueba que Osama bin Laden hizo una jugada maestra al incluir por primera vez entre sus reclamos, a la causa palestina. Aunque cualquier análisis bien fundamentado arrojaría que las nuevas coartadas del saudí no tienen nada que ver con lo que haga o deje de hacer Israel -su fanatismo solo sería satisfecho con la destrucción misma del Estado hebreo y la ida de los “infieles” de las “tierras musulmanas”-, las mismas han generalizado la opinión de que las decisiones del primer ministro israelí tienen sobrada incidencia en el resentimiento de los más radicales.
En este contexto, el hecho de que Estados Unidos haya cerrado temporalmente un ojo ante las organizaciones fundamentalistas palestinas -Hamas, Hetzbola, Jihad Islámica- apoyadas indirecta o directamente por algunos de los Estados árabes de la coalición, incrementa la sensación de abandono israelí. Aunque fue una torpeza el haber comunicado esa frustración en el comentado discurso en que Ariel Sharon comparaba al Estado judío con la Checoslovaquia de 1938, es innegable que el sentimiento de desamparo obstaculizará el que Israel se ponga a disposición de los estadounidenses.
Y si por el lado israelí escasean los gestos diplomáticos efectivos, por el lado palestino los hay de sobra. Después de haberse montado en el bus correcto, Yasser Arafat se ha amarrado con determinación el cinturón. Además de detalles como la donación de sangre para las víctimas norteamericanas y discursos de admiración a la cristiandad como el que dio en Gran Bretaña junto a Tony Blair, el líder palestino ha decidido que el objetivo más importante de sus fuerzas de seguridad es el de salvaguardar la imagen que con tanto éxito está proyectando en Occidente. La delicada situación de rivalidad entre grupos armados que se vive en los territorios administrados por la Autoridad Palestina no impidió, por ejemplo, que la policía autónoma se enfrentara violentamente con manifestantes que querían protestar contra los bombardeos en Afganistán. Solo la BBC logró unas tomas lejanas del incidente que enseña que a pesar de que Yasser Arafat no se ha enfrentado durante un año a los fundamentalistas islámicos y a los extremistas seculares en nombre de lo pactado en Oslo, sí lo hizo en función de lo que las cámaras de televisión enseñarían al mundo. Una lección similar se extrae del hostigamiento a algunos periodistas que filmaron las celebraciones palestinas tras las atentados del 11 de septiembre, demostrando de nuevo que los esfuerzos de imagen están en la primera línea de acción del veterano palestino.
En notorio contraste con los fracasos diplomáticos de su homólogo israelí, la estrategia internacional palestina no es ni fútil ni dañina. El problema se encuentra en el campo de los hechos. Si Yasser Arafat no comienza a ejecutar su tan cacareado compromiso de luchar contra el terrorismo, la violencia seguirá siendo la protagonista principal de la relación entre israelíes y palestinos.
Ariel Sharon debe igualmente bajarles los decibeles a sus operaciones de seguridad, posibilidad que se vislumbra más cercana cuando su principal garante de estabilidad política, el Partido Laborista, ha puesto la moderación como condición para su permanencia en el gobierno.
Finalmente, el gobierno de Bush deberá comprender que cualquier cese al fuego duradero que pueda conducir a la reanudación de las conversaciones requiere de los esfuerzos mediadores de Estados Unidos. Los norteamericanos no pueden pretender que su coalición contra el terrorismo se mantenga, sin que de manera simultánea se haga un importante esfuerzo por recuperar el papel de fomentadores del diálogo que llevaron a cabo Clinton y su equipo.
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