Panamá, 26 de octubre de 2001
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Baluartes ecológicos

Errol E. Caballero
ecaballero@prensa.com

Durante décadas los grupos ecologistas han hecho enfásis en la necesidad de preservar los ecosistemas a nivel mundial, los cuales se ven amenazados ante el avance de una voraz civilización. No obstante, los mismos no han establecido cómo se puede hacer esto sin mermar el desarrollo económico de los países.

Esta es precisamente la interrogante que 25 renombrados científicos se plantearon hace aproximadamente un año atrás. Sus conclusiones fueron publicadas en la edición del 21 de septiembre de la revista Science, bajo el título “Can we defy nature's end?” (¿Podemos desafiar el final de la naturaleza?).

Uno de los autores de este ambicioso artículo fue el científico colombiano Cristian Samper K, quien en la actualidad funge como subdirector del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales.

Recientemente, La Prensa tuvo la oportunidad de conversar con Samper acerca de la naturaleza y alcance de este proyecto, el cual fue auspiciado por la organización ecologista Conservation International (CI).

Antecedentes

De acuerdo con Samper, el cónclave científico que dio como resultado el artículo de la revista Science tuvo lugar en el Instituto Californiano de Tecnología (CALTECH, por sus siglas en inglés). En la misma participaron 25 individuos científicos provenientes de diversas entidades de investigación y conservación de los cinco continentes. En ese entonces, el actual subdirector del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, se desempeñaba como director del Instituto Alexander von Humboldt, en Colombia.

La asamblea conservacionista, en la cual participaron tanto científicos como empresarios, se prolongó por espacio de tres días, durante los cuales se procuró establecer cuáles eran los pasos por seguir para garantizar la preservación de la biodiversidad a nivel global, y, sobre todo, cuál iba ser el costo económico de estos esfuerzos.

Se decidió así seleccionar 25 sitios estratégicos a nivel mundial que representaran verdaderos puntos claves para el sostenimiento de la biodiversidad mundial, y cuya preservación asegurara la sobrevivencia de la mitad de las especies vivas del planeta.

El grupo de científicos, que fue liderado por Stuart L. Pimm, del Centro de Investigación Ambiental de la Universidad de Columbia en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos, utilizó varios parámetros de selección para conformar la lista de estos 25 sitios estratégicos, tales como la diversidad de los ecosistemas, la riqueza de especies, el endemismo de la misma, el grado de amenaza ambiental existente en estas zonas, etc.

¿Cuál fue la cifra propuesta por el científico y sus colegas para asegurar el mantenimiento de una biodiversidad saludable a nivel mundial? De entre 20 a 30 billones de dólares, cifra que, según Samper, tuvo buena acogida entre los representantes del sector privado. Cabe recordar que el presupuesto del programa espacial de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) de Estados Unidos se estima en 130 billones de dólares.

Aunque esta cantidad no sea suficiente para salvar el 90% u 80% de las especies que en la actualidad se ven amenazadas, Samper considera que esta cifra es mucho más realista y que pretender preservar en su totalidad la biodiversidad del planeta resulta un proyecto francamente utópico.

Las 25 zonas calientes de la biodiversidad

Los 25 puntos claves que fueron escogidos son: Andes tropicales, Sundaland (Malasia), la cuenca mediterránea, Madagascar y las islas del Océano Indico, India-Burma, Caribe, región boscosa del Atlántico, Filipinas, provincia florística de Cabo, Mesoamérica, Cerrado brasileño, Suroeste de Australia, montañas del Sur y Centro de China, Polinesia/Micronesia, Nueva Calidonia, Chocó Darién-Oeste del Ecuador, bosques de Guinea en el Oeste de Africa, Oeste de Ghats y Sri Lanka, provincia florística de California, Karroo (Sudáfrica), Nueva Zelandia, Chile central, Cáucaso, Wallacea (Indonesia), montañas del Arco del Oeste y los bosques costeros de Tanzania y Kenya.

El territorio panameño quedó incluido dentro de dos de las zonas seleccionadas: Mesoamérica, que incluye a Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Belice y el noroeste de Panamá; y la región de Chocó-Darién hasta los bosques húmedos del noroeste de Ecuador.

Mesoamérica tiene una extensión de 1 millón 154 mil 912 kilómetros cuadrados y Chocó-Darién-Oeste de Ecuador 260 mil 595 km.

Obviamente, esto no quiere decir que el resto de las reservas naturales del Istmo no tengan importancia ecológica, si no que estos son los más valiosos desde el punto de vista de la administración de recursos naturales. “Cuando no se cuenta con abundantes recursos, hay que establecer prioridades. En este caso en especial, cuáles son las áreas que se pueden proteger para que tengan un mayor impacto en la preservación de la biodiversidad a nivel global”, explica Samper.

El científico recomienda que este nuevo enfoque ecológico debería ser aplicado a nivel interno en Panamá, para que de esta manera las autoridades puedan elaborar planes de conservación que estén más apegados a la realidad.

A pesar de que el corto tiempo que ha transcurrido desde la publicación en la revista Science (un poco más de un mes), la iniciativa de Samper y el resto de los científicos ecologistas ya ha empezado a rendir frutos. Varios donantes han mostrado interés en financiar el mejoramiento de 25 centro de investigación ubicados dentro de las “zonas calientes”.

Para Samper la misión de salvaguardar el patrimonio biológico del planeta no le corresponde tan solo a los científicos, si no que va mucho más allá incluyendo también a las autoridades gubernamentales, las universidades, la empresa privada, las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), etc. ”Aunque muchos gobiernos reconocen la necesidad de proteger los recursos naturales, por lo general este desafío sobrepasa las capacidades institucionales de los mismos para establecer y manejar áreas protegidas”, indicó.

Para subsanar esta situación, Samper propone estrechar los lazos de comunicación entre los científicos y los políticos, para que la información científica sea más accesible y pueda consolidarse como la base de la toma de decisiones en lo que a política ecológica de los gobiernos se refiere.


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