Panamá, 26 de octubre de 2001
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Hablemos de candidaturas

I. Roberto Eisenmann, Jr.

Siempre he considerado que institucionalmente al país le conviene la alternabilidad en el poder, porque —entre otras importantes razones—, cuando esta se produce representa siempre la prueba de que los procesos electorales fueron legítimos.

Aún cuando el bipartidismo funciona muy bien en las democracias más desarrolladas, su defecto para las democracias jóvenes es que tiende a cerrar el sistema político y convertirlo en una partidocracia que no admite voces disidentes. Por eso es preferible —para nuestra democracia— el multipartidismo, a pesar de los costos que se pagan por el fraccionamiento político. Desafortunadamente, en nuestro medio las candidaturas de “tercera fuerza” han probado tener pocas probabilidades de éxito y siempre restan votos a la oposición al Gobierno. Quizás la mejor solución sea reformar el Código Electoral para permitir candidaturas independientes viables, eliminando la necesidad de los partidos pequeños con propietarios.

Debido a todo lo anterior, en la vuelta pasada pronostiqué muy temprano la victoria de Mireya Moscoso, a pesar de la novedosa (y para muchos atractiva) candidatura de Alberto Vallarino, quien se lanzaba al ruedo político por primera vez. En aquella coyuntura había además otras muchas consideraciones: 1) Pérez Balladares había gobernado para las élites, dejando en abandono lo social. 2) Su estilo era autoritario e imperial, provocando resentimiento en un pueblo que reclamaba una cara más humana en palacio, y 3) el PRD era Gobierno —con una historia autoritaria— y su permanencia en el poder podía significar un gran peligro de retroceso para la institucionalización democrática recién lograda.

Es un poco prematuro —ya que faltan tres años para las elecciones—, pero el cuadro que veo hoy (descartando cualquier remezón político impredecible) es el siguiente. Aún cuando Mireya Moscoso le puso una cara humana y accesible al Palacio, haciendo el necesario énfasis en lo social —razón por la cual el 53.7% de la población le da crédito; así como por su positivo manejo de lo internacional (55.2%)—, ha sido poco eficaz como primera ejecutiva de la Nación. Así, el 73% de la población le reclama este hecho, teniendo una opinión negativa del Gobierno. Existe además el desgaste usual que aqueja a los gobiernos que —en nuestra época— es casi que brutal en el mundo entero (véase, como ejemplo, la opinión negativa del 68% del pueblo sobre la Asamblea y el novedoso pacto META, a pesar de la recién terminada presidencia positiva y reformadora de Laurentino Cortizo).

Ante estas realidades, el próximo Gobierno, por deducción, debería ser PRD (oposición) y el presidente sería Martín Torrijos. Pero —y siempre el bendito “pero”—, Alberto Vallarino nuevamente anuncia su intención de candidatizarse, y ahora con algunas diferencias importantes. La primera, que ya tienen la vivencia y experiencia de una campaña presidencial entre pecho y espalda. La segunda, que ha reconocido las limitaciones de una “tercera fuerza” y ha anunciado su intención de “volver a casa” y procurar ser el candidato del arnulfismo, y la tercera, que en esta coyuntura el pueblo —en la usual acción pendular— volverá a querer un Ejecutivo conocedor de la economía en Palacio. Y, ¿cuándo debe volver Alberto Vallarino al arnulfismo? Ni muy temprano ni muy tarde. No podía ser antes de que Mireya Moscoso consolidara su liderazgo partidario, por razones obvias; pero sí lo suficientemente tarde como para que su figura no pague el desgaste natural del Gobierno. Esto le permite presentarse como “cara fresca” del arnulfismo; fenómeno que le crea un problema serio al PRD, porque no tendría la ventaja de luchar electoralmente contra el gobierno desgastado, sino contra un candidato que, igual que ellos, es casi “oposición”.

Todo esto sale clarito en la Encuesta de La Prensa(del 15 de octubre). Según el resultado del “Pulso de la Nación”, el deterioro del gobierno cuenta poco en una posible elección Torrijos contra un Vallarino arnulfista. Y por eso, las cifras —aplicándoles el margen de error— los muestran tablas (empatados); aun antes de que Vallarino haya hecho esfuerzo electoral alguno.

Para el arnulfismo pues, la precandidatura de Vallarino parece positiva en todos los aspectos y para el PRD un problemón. ¿Que si Vallarino logra o no la candidatura por el arnulfismo dependerá de la voluntad de Mireya Moscoso, quien ha probado tener un agudo sentido político? Pues ella sabrá sopesar en su momento si Alberto Vallarino —a pesar de haber sido su contrincante en el pasado— llega a ser la única posibilidad real que tiene su Partido para mantenerse en el poder. Además, Alberto Vallarino —el ejecutivo con trayectoria exitosa— puede presentarse como fórmula de “alternabilidad” aún representando al actual partido en el poder.

En conclusión, lo lógico sería que Martín Torrijos se convirtiera en el próximo presidente de Panamá. En inglés dirían “it´ s his to lose”, pero la figura de Alberto Vallarino presenta en esta vuelta una serie de originalidades políticas coyunturales que hacen que su potencial candidatura sea de una viabilidad considerable.

Faltan tres años y mucha agua tiene que pasar bajo el puente, pero así lo veo hoy. ¿Cómo lo ve usted?

El autor es presidente de la Fundación Libertad Ciudadana

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