Hablemos de candidaturas
I. Roberto Eisenmann, Jr.
Siempre he considerado que institucionalmente
al país le conviene la alternabilidad en el poder, porque —entre
otras importantes razones—, cuando esta se produce representa siempre
la prueba de que los procesos electorales fueron legítimos.
Aún cuando el bipartidismo funciona muy bien
en las democracias más desarrolladas, su defecto para las democracias
jóvenes es que tiende a cerrar el sistema político y convertirlo
en una partidocracia que no admite voces disidentes. Por eso es
preferible —para nuestra democracia— el multipartidismo, a pesar
de los costos que se pagan por el fraccionamiento político. Desafortunadamente,
en nuestro medio las candidaturas de “tercera fuerza” han probado
tener pocas probabilidades de éxito y siempre restan votos a la
oposición al Gobierno. Quizás la mejor solución sea reformar el
Código Electoral para permitir candidaturas independientes viables,
eliminando la necesidad de los partidos pequeños con propietarios.
Debido a todo lo anterior, en la vuelta pasada
pronostiqué muy temprano la victoria de Mireya Moscoso, a pesar
de la novedosa (y para muchos atractiva) candidatura de Alberto
Vallarino, quien se lanzaba al ruedo político por primera vez. En
aquella coyuntura había además otras muchas consideraciones: 1)
Pérez Balladares había gobernado para las élites, dejando en abandono
lo social. 2) Su estilo era autoritario e imperial, provocando resentimiento
en un pueblo que reclamaba una cara más humana en palacio, y 3)
el PRD era Gobierno —con una historia autoritaria— y su permanencia
en el poder podía significar un gran peligro de retroceso para la
institucionalización democrática recién lograda.
Es un poco prematuro —ya que faltan tres
años para las elecciones—, pero el cuadro que veo hoy (descartando
cualquier remezón político impredecible) es el siguiente. Aún cuando
Mireya Moscoso le puso una cara humana y accesible al Palacio, haciendo
el necesario énfasis en lo social —razón por la cual el 53.7% de
la población le da crédito; así como por su positivo manejo de lo
internacional (55.2%)—, ha sido poco eficaz como primera ejecutiva
de la Nación. Así, el 73% de la población le reclama este hecho,
teniendo una opinión negativa del Gobierno. Existe además el desgaste
usual que aqueja a los gobiernos que —en nuestra época— es casi
que brutal en el mundo entero (véase, como ejemplo, la opinión negativa
del 68% del pueblo sobre la Asamblea y el novedoso pacto META, a
pesar de la recién terminada presidencia positiva y reformadora
de Laurentino Cortizo).
Ante estas realidades, el próximo Gobierno,
por deducción, debería ser PRD (oposición) y el presidente sería
Martín Torrijos. Pero —y siempre el bendito “pero”—, Alberto Vallarino
nuevamente anuncia su intención de candidatizarse, y ahora con algunas
diferencias importantes. La primera, que ya tienen la vivencia y
experiencia de una campaña presidencial entre pecho y espalda. La
segunda, que ha reconocido las limitaciones de una “tercera fuerza”
y ha anunciado su intención de “volver a casa” y procurar ser el
candidato del arnulfismo, y la tercera, que en esta coyuntura el
pueblo —en la usual acción pendular— volverá a querer un Ejecutivo
conocedor de la economía en Palacio. Y, ¿cuándo debe volver Alberto
Vallarino al arnulfismo? Ni muy temprano ni muy tarde. No podía
ser antes de que Mireya Moscoso consolidara su liderazgo partidario,
por razones obvias; pero sí lo suficientemente tarde como para que
su figura no pague el desgaste natural del Gobierno. Esto le permite
presentarse como “cara fresca” del arnulfismo; fenómeno que le crea
un problema serio al PRD, porque no tendría la ventaja de luchar
electoralmente contra el gobierno desgastado, sino contra un candidato
que, igual que ellos, es casi “oposición”.
Todo esto sale clarito en la Encuesta de
La Prensa(del 15 de octubre). Según el resultado del “Pulso de la
Nación”, el deterioro del gobierno cuenta poco en una posible elección
Torrijos contra un Vallarino arnulfista. Y por eso, las cifras —aplicándoles
el margen de error— los muestran tablas (empatados); aun antes de
que Vallarino haya hecho esfuerzo electoral alguno.
Para el arnulfismo pues, la precandidatura
de Vallarino parece positiva en todos los aspectos y para el PRD
un problemón. ¿Que si Vallarino logra o no la candidatura por el
arnulfismo dependerá de la voluntad de Mireya Moscoso, quien ha
probado tener un agudo sentido político? Pues ella sabrá sopesar
en su momento si Alberto Vallarino —a pesar de haber sido su contrincante
en el pasado— llega a ser la única posibilidad real que tiene su
Partido para mantenerse en el poder. Además, Alberto Vallarino —el
ejecutivo con trayectoria exitosa— puede presentarse como fórmula
de “alternabilidad” aún representando al actual partido en el poder.
En conclusión, lo lógico sería que Martín
Torrijos se convirtiera en el próximo presidente de Panamá. En inglés
dirían “it´ s his to lose”, pero la figura de Alberto Vallarino
presenta en esta vuelta una serie de originalidades políticas coyunturales
que hacen que su potencial candidatura sea de una viabilidad considerable.
Faltan tres años y mucha agua tiene que pasar
bajo el puente, pero así lo veo hoy. ¿Cómo lo ve usted?
El autor es presidente de la Fundación Libertad
Ciudadana
Además en opinión
• Las burlas de la “Ciudad
Jardín”: Luis A. Méndez F.
• Hablemos
de candidaturas: I. Roberto Eisenmann, Jr.
• Errata
• Sobre El Valle:Alvaro
González Clare
•
Ante los bárbaros: Alexis E. Robles
•
Sistema hospitalario en crisis: Carlos A. Pareja
|