Panamá, 25 de octubre de 2001
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
Trasfondo
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
Talingo
SEPARATAS
Pulso de la Nación
Punto exe
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

Memorias del subdesarrollo

El subdesarrollo es un país cuya capital es el absurdo y cuyas fronteras colindan con la ignorancia

Rubén M. Castillo Gill

Hace algunos años, el cineasta cubano Gutiérrez Alea, ejemplificó las torpezas de la administración del Estado a través de una excelente cinta cinematográfica que se adentraba en los bajos fondos de la burocracia irracional y en la estupidez delirante del subdesarrollo de ciertos temperamentos públicos.

La evocación de las imágenes del film referido, aparecen en el registro histórico de mi memoria en medio del calamitoso estado actual de la realidad nacional, lo cual me lleva a analizarla a través del lente inquisitivo de Gutiérrez Alea.

Como especulación surrealista, los partidos mayoritarios han inventado un llamado diálogo nacional en el cual, con la inconciencia de su conciencia clientelista, han obviado la participación de los otros sectores de la sociedad para evidenciar que el adjetivo “nacional” tiene un significado diferente para estos modernos escribidores de los códigos de la decadencia.

A mi juicio, el diálogo nacional no fructificará porque se fundamenta en criterios falsos y mentirosos ya que los sectores “dialogantes” conciben cualquier conversación como una cortina de humo que les permita aceitar sus estrategias electorales.

La oposición, obnubilada por la cercanía del 2004, no desea generar un clima que mejore las condiciones sociales y económicas del país ya que, en sus cálculos, la llamada crisis se ha convertido en el último peldaño de su retorno al poder.

El Gobierno, a su vez, desea recobrar credibilidad a través de un acto que la ciudadanía puede concebir como de buena fe, aunque en el fondo siente el escozor producido por el hecho material de tener que sentarse con sus históricos adversarios.

Los diálogos fructíferos se deben iniciar con la conjura de toda forma de electorerismo, ya que con aquellos se debe buscar que los actores de la realidad pública se empinen por encima de sus parcialidades, en beneficio de la nación. La España postfranquista es un buen ejemplo de diálogo edificante: se logró una Constitución democrática con el concurso noble de todos los sectores, abriendo el espacio para el desarrollo económico y para la convivencia cívica de corrientes de opinión divergentes.

La realidad nacional inserta en el drama de la economía mundial, requiere figuras superiores y no candidatos nacidos a destiempo. Las candidaturas, en todo caso, son la consecuencia natural del debate ciudadano y no de la inseminación artificial.

En otras ocasiones, hemos insistido en el hecho de que la economía mundial ha restringido la capacidad de dirección de los gobernantes, lo cual debe provocar que los entes políticos respondan a los retos de la sociedad contemporánea con el ejercicio de la virtud y no con las típicas maniobras politiqueras de la época de la patria boba.

El recuerdo del subdesarrollo se patentiza también en la conducta de la Asamblea Legislativa. Es protuberantemente absurdo que el Órgano Legislativo disipe su tiempo y los recursos del Estado en la discusión de una ley que adiciona un día de fiesta nacional en el año 2004. La Asamblea debería ser, en este momento, un foro que le tome el pulso a la realidad mundial y a sus consecuencias en nuestro país, y no un espacio para el tráfico de intereses subalternos. Incrementar los días de fiesta nacional sobre la base de un cálculo político, y no de un análisis correcto de los tiempos, evidencia que la actual actividad legislativa le está poniendo más pasado al futuro.

Otro ripio del subdesarrollo lo encontramos en el llamado Parlamento Centroamericano. La unidad de Centroamérica no se puede construir sobre la base de organismos burocráticos e irrelevantes cuya frondoso costo administrativo es financiado por los escuálidos recursos de países que, en más de un caso, confrontan graves calamidades producidas por las carencias económicas. Creo firmemente que debemos seguir el camino de Costa Rica que decidió liberarse de los compromisos de un organismo irrelevante y costoso.

Más subdesarrollo se evidencia en nuestra máxima casa de estudios: la Universidad de Panamá. Es inconcebible que el movimiento estudiantil mantenga métodos de lucha propios de épocas donde no existía ningún resquicio de libertad ya que ello lo sitúa de espaldas a la realidad.

Es sano para el país que los estudiantes tengan beligerancia a través de la crítica inteligente y sensata ya que la juventud representa lo más precioso de la sociedad pero si se insiste en seguir los caminos trillados del pasado se incrementará la distancia entre la primera casa de estudios y la población que pretende representar.

Aunado a lo anterior, notamos un manejo errático de la universidad. Se administra con criterio de crisis y no a partir de planes de desarrollo, lo cual podría provocar el colapso de la educación pública superior.

La inestabilidad de la universidad se refleja en el estado de la educación nacional. Esa levedad de los valores y la indefinición del tipo de panameño que deseamos para el nuevo siglo, se han convertido en las piezas fundamentales de las angustias existenciales del Estado panameño.

La Policía también da muestras de dosis de subdesarrollo. Cualquier organismo de seguridad debe formarse en la filosofía de la democracia para que sea aceptada y querida por la sociedad, tal como lo es, por ejemplo, la Policía Montada de Canadá. Es inconcebible que los métodos que se utilizan para contener los excesos de una manifestación, incluyan la participación de civiles que, irracionalmente, no se contentan con restaurar el orden quebrantado sino que dejan aflorar rasgos de atavismo, rasgos de tiempos que creíamos idos.

Vale la pena que las autoridades mediten sobre la concepción que tiene la Policía del mantenimiento de la tranquilidad pública. En una sociedad democrática, el control de multitudes debe conllevar, si se requiere, solo el uso de la fuerza necesaria para la restauración de la paz quebrantada y no la insana actitud de la revancha troglodita.

Al terminar de evocar la obra de Gutiérrez Alea, concluyo que el subdesarrollo es un país cuya capital es el absurdo y cuyas fronteras colindan con la ignorancia. Ojalá retomemos el precioso sendero de la sensatez.

El autor es abogado

Además en opinión

Memorias del subdesarrollo: Rubén M. Castillo Gill
¿Criticar?: Lucero Maldonado
Dios en la guerra actual y más allá: Néstor Jaén S.J.
Colón, ciudad sin definición: José Arroyo Hudson
Basurero Postal: Eusebia Solís
No a la guerra de “Mr. Bush”: Olmedo Beluche