Panamá, 25 de octubre de 2001
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Dios en la guerra actual y más allá

Néstor Jaén S.J.

Hasta donde llega mi memoria, nunca había oído hablar tanto de Dios en los ambientes políticos y militares del mundo como ahora. La razón no hace falta explicarla: el presidente Bush y bin Laden con sus discursos.

En ese contexto, cabe considerar dos aspectos de Dios. El Dios de nuestras mentes —en el que pensamos— y Dios en sí mismo — “el que es”—, independientemente de que creamos o no en él. Para quienes no tienen fe, el Dios que llevamos dentro es un engaño, una fantasía, una ilusión que, sin embargo, a algunas personas les puede hacer bien aunque a otras mal. Y en cuanto al Dios en sí mismo —“el totalmente otro” en lenguaje teológico— obviamente para ellos no existe. En cambio para quienes sí creemos, nuestro Dios palpita con su amor dentro y fuera de nosotros; aunque muchas veces confundamos, por falta de discernimiento, sus inspiraciones con nuestras fantasías o sentimientos.

El Dios en sí mismo, no el mental, ¿con quien estará en esta guerra? Sin la menor duda, con todo lo que haya de verdad, de justicia, de amor, de solidaridad y de verdadera libertad en cualquiera de los bandos. E igualmente está contra la mentira, la injusticia, el odio, la insensibilidad social y la opresión. Y no olvidemos que Dios ha hecho a los seres humanos libres; en consecuencia, somos nosotros quienes actuamos bien o mal. A esto hay que añadir que en el libro del profeta Isaías Dios nos dice que ni sus caminos ni sus proyectos son los nuestros, porque así como el cielo está muy alto sobre la tierra, así sus caminos y proyectos sobre los nuestros (Isaías 55, 8-9). Para nosotros el rompecabezas de la historia todavía no está armado. Solo al final de los tiempos se completará y entonces entenderemos muchas cosas. Por ahora, Dios nos habla a través de la vida para que reflexionemos y vivamos mejor. Hagamos pues, algunas consideraciones.

Hoy, en tiempos de guerra, veamos en primer lugar la “espiral de las tres violencias”. La primera, es la violencia institucional: el desempleo, el hambre, la brecha entre las enormes riquezas de pocos y la miseria de las grandes mayorías. Es una verdadera violencia que no nos impacta tanto porque se da “poco a poco”, día a día, pero es la que produce más víctimas. La segunda, es la violencia subversiva que estalla en forma de revoluciones, guerrillas y terrorismos, muchas veces como reacción a la anterior. Y por fin la tercera es la violencia represiva que contraataca a la subversiva. En la situación actual estamos palpando acciones (NY y Washington), reacciones (bombardeos en Afganistán) y contrarreacciones (ántrax) en una espiral de horror que no sabemos hacia dónde nos va a llevar. Habrá que analizar los hechos sin fanatismos y actuar como podamos y en lo que podamos.

En Panamá la primera violencia ya existe a niveles muy peligrosos, y las otras dos empiezan a sentirse cada vez con más fuerza e insistencia. Hay que reflexionar, dialogar y actuar y, si tenemos fe, orar para que nuestra situación cambie y la espiral se detenga.

Una segunda reflexión: ¿en dónde poner la seguridad? Estados Unidos era hasta el once de setiembre un país relativamente seguro por su poder económico, político y militar, y de la noche a la mañana se convierte en un lugar donde imperan la incertidumbre y el miedo. Muchos creían que con el proyecto multimillonario del escudo antimisiles se poseía la “gran seguridad” frente al enemigo, y ahora resulta que los “misiles” pueden llegar por carta.

En Panamá también tenemos lo nuestro. Hemos vivido en un consumismo irresponsable y con muy poco espíritu de ahorro, con una seguridad muy frágil. Esperamos que la crisis actual nos enseñe algo. Aparte de esto, en todas las clases sociales, pero especialmente en las más altas, se ha vivido lo que yo llamo “la esclavitud del status”; es decir, el afán de demostrar materialmente ante los demás “yo no soy menos que otros”. Los ejemplos abundan en bodas y otras fiestas, en viajes carísimos y en lujos o gastos innecesarios. ¿Pondremos todavía la seguridad en nuestra posición económica que puede cambiar de la noche a la mañana o más bien en los mayores valores humanos? Aquí hay mucha tela que cortar.

Y ahora, una última reflexión sobre Dios más allá de la guerra. En la visión cristiana, ¿qué es lo que Dios quiere de todas las personas de cualquier religión o de ninguna? Que busquemos honestamente la verdad y Su Verdad, de acuerdo con nuestras circunstancias, y que hagamos todo el bien que podamos sobre todo a la gente más necesitada. Con esto nuestra vida tendrá pleno sentido. ¿Y después de la muerte? Entonces, si Dios existe, como lo afirmamos los creyentes, nos daremos cuenta de que teníamos razón al creer. Y si hemos sido honestos con la verdad y con el verdadero amor, independientemente de nuestros credos, entonces veremos al Señor “cara a cara” en plenitud de vida y de felicidad. ¿Y en la hipótesis de que no existiera Dios, qué ocurriría? Absolutamente nada, porque si terminamos siendo pura ceniza no habrá conciencia ni para alegrarse del bien hecho, ni para arrepentirse de lo malo. Un final realmente muy pobre y vacío. Esto lo conversé una vez con un gran intelectual panameño y, por lo que vi en él, en sus últimos años regresó a la fe. Tratemos siempre, en la guerra y en la paz, de buscar y hacer siempre lo mejor, y así no nos equivocaremos.

El autor es padre jesuita

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