Panamá, 25 de octubre de 2001
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¿Criticar?

¡Claro que sí! Soy admiradora del ejercicio de la crítica. De la crítica de doble vía. No me refiero a la crítica del vestir o del mal gusto del vecino. Hablo de los actos cotidianos y hasta inconscientes (no por esto justificables) que atropellan a las personas.Vengo de una ciudad donde al asomarme a la ventana veía un mar de carros. Mi elección al llegar a Panamá fue alquilar un apartamento con vista al mar, pensando en la fantasía de la casita tranquila propicia para la reflexión y el alimento de la sabiduría.

Esa fantasía puso muy rápido los pies en la tierra. No eran las siete de la mañana del día siguiente, cuando asustada me levanté a mirar por la ventana.

Oía ruidos estrepitosos; eran los pitos de los carros. A esa hora no había tráfico y yo me preguntaba ¿por qué lo hacen? ¿Acaso saludan el día pitando?

No puedo explicar el fastidioso pregonar de las bocinas dos horas más tarde. El mar había perdido su encanto. No podía abrir la ventana, pues habría tenido que irme a una cita siquiátrica.

Con los días me resigné, pero no lo sigo admitiendo. Abunda la impaciencia a la hora de manejar. ¡Incomprensible! Vivo en un piso once y sufro por los del diez hacia abajo. ¡Qué manera tan aburrida para los bebés recibir el día, entre tanta contaminación sonora!

Mi trauma aumentó cuando llegó feliz el primer día de clase. Me encontré con la única universidad de las muchas que conozco, donde es permitido pitar. ¡El templo de la educación es maleducado!

Vale la pena criticar y aceptarlo cuando estamos involucrados. Si todos ponemos una parte aprenderemos a vivir en comunidad.

Por favor cuidemos nuestros malos hábitos cotidianos. Pensemos en el peatón. ¡Pongámonos en los zapatos del otro!

Lucero Maldonado

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