Panamá, 23 de octubre de 2001
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Las rabietas como reafirmación

Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

“Qué mal se porta este niño” -comenta el padre de Carlitos. Indignado observa la escena en que su pequeño ignora olímpicamente las advertencias que le hacen de no tocar el televisor.

Y es que acaban de comprar un aparato nuevo y tienen miedo de que vaya a estropearlo. Pero éste, de poco más de dos años, está demasiado interesado por todo cuanto le rodea, especialmente si es novedoso. Por eso, y haciendo oídos sordos, toquetea todos sus botones. La mamá se le acerca y le dice que no lo haga, que puede dañarlo. Pero le da igual. Finalmente ella se cansa y lo aparta bruscamente prohibiéndole que siga andando en él.

En ese momento, Carlitos empieza a llorar de manera ruidosa, se tira al suelo, patalea e incluso manotea contra su madre. “Otra vez la misma historia”, dice el papá. Y es que no es la primera vez que hace algo semejante. De hecho, a pesar de que siempre fue un niño cariñoso y razonable, las pataletas van en aumento a medida que crece. Pero lejos de acostumbrarse a ellas (como le pasa a muchos otros), los señores están muy preocupados porque temen que el pequeño no sea capaz de obedecer y comportarse con corrección más adelante.

Sin embargo, y también como otros tantos, no saben cómo manejar la situación. Habiendo dejado de lado todo instinto paternal (abandono que supone una de las lacras más grandes de los métodos de crianza de las familias actuales), buscan en los manuales de seudopsicología una solución al respecto. Y como no la encuentran, no les queda más que echar las manos a la cabeza.

El fundamento de las rabietas y otras tantas conductas caprichosas

Los que ellos desconocen es que a pesar de que estos shows no deben ser consentidos, no surgen de manera gratuita; responden a una serie factores.

Mientras los niños son pequeños, cuando están hambrientos, sienten temor, ansiedad o inseguridad y no obtienen una respuesta inmediata, aumentan el volumen y la intensidad de su mensaje de reclamo mediante una rabieta. Lloros, gritos pataleos, agresión, sofoco, enrojecimiento, golpes contra sí mismos y hasta asfixia son manifestaciones en este sentido que provocan la pronta respuesta de los adultos.

Cuando van haciéndose mayorcitos y como necesitan reafirmar su identidad, la conducta del pataleo comienza a tener otros significados. Según algunos psicólogos, en torno a los tres años y hasta los seis se desarrolla el “estadio del personalismo”. En esta época se forman las bases de la personalidad infantil y hay un fuerte predominio de la vertiente afectiva (debido a la especial necesidad que el niño tiene de cariño, apoyo y reconocimiento). Pero esta fase no se desarrolla todo lo tranquila que a los papás les gustaría, sino más bien de manera conflictiva ya que el menor se esfuerza por afirmar un yo que acaba de descubrir. Reafirmación para la cual intentará imponer su voluntad mientras se opone a la de los demás. Así mismo, querrá cada vez más pertenencias (las cuales le costará compartir), como si el aumento de sus propiedades intensificara la conciencia de sí mismo.

Por todo ello, se inicia una crisis de oposición y cabezonería cuyo indicador más visible son los comportamientos caprichosos.

Sin embargo, poco a poco, y ayudado por los adultos, se percatará de que semejante actitud no es la mejor manera de asegurarse la aprobación de los demás, sino que más bien suele conllevar conflictos y amenazas. Vivencias negativas que unidas al hecho de que las crisis de oposición ya han cumplido su papel de fortalecimiento del yo, llevan a un cambio en el comportamiento. Y, probablemente, a partir de ahora tratará de ganarse a los demás actuando bajo los parámetros de las conductas aceptadas.

Qué hacer ante la crisis

Pero mientras ese momento no llegue, el progenitor se pregunta cómo actuar ante una rabieta. Esto sin valorar los motivos, cosa que supone un error. Porque no representa lo mismo la escena derivada de un cansancio tras un viaje, que la que surge de la negativa ante una demanda inadecuada (comer un dulce, tocar un objeto rompible...).

En cualquier caso, siempre es importante conservar la calma. Conscientes de que el niño ha de poder manifestar su malestar (de no ser así podría desarrollar un carácter débil y en exceso dependiente), lo que se buscará es que estas conductas no se conviertan en un hábito. Porque si siempre se le deja salir con la suya, difícilmente superará la crisis y cuando quiera conseguir algo usará esta estrategia.

Así pues, hay que responder ante ellas de forma distinta a que si se tratase de un bebé. Dos son las formas de afrontarlas cuando los razonamientos e intentos de calmarle fallan: no darse por enterado o alejarse del lugar dejándolo solo. Es cierto que esto para muchos padres sobreprotectores puede resultar difícil, de la misma forma que parece suave para aquel que prefiere levantar demasiado la voz y hasta ponerse a la altura del niño (lo que tampoco es ni razonable ni eficaz).

En ignorar está la clave para que la rabieta llegue tarde o temprano a su fin. Una vez pasado el episodio y si se ha logrado no culpabilizar al niño, pegarle o ceder a sus demandas inadecuadas, no hay que retirarle el afecto. El mensaje sería: “Ya ha pasado, no voy a dejarme impresionar por tus rabietas, pero estoy aquí y te sigo queriendo”.


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