Panamá, 23 de octubre de 2001
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Tiempo perdido

Se malgastan muchas horasy anhelos en trabajos mal remunerados y en defender causas utópicas que a nadie le interesan

María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com

Parece que es un gen familiar, de esos indomables que pasan de generación en generación y al que alguien le puso nombre: “espíritu de contradicción”. Algo así como el famoso “No sé de qué se trata, pero me opongo”. Los portadores no tienen mala voluntad, ni mucho menos; es, por el contrario, inevitable, y basta con que perciban un ligero intento en el interlocutor de imponerles una conducta o una teoría, para que el resorte se dispare y se les ocurra exactamente lo contrario.

Con la edad y la práctica logran el silencio, es decir, no expresar lo que están pensando hasta medir bien las consecuencias. Lo que no logran es adaptar las ideas propias a las ajenas, y todos los que son víctimas de este mal saben el número ingente de problemas que el asunto acarrea.

Yo supe que lo padecía gracias al tiempo. No a la época de lluvia, ni de nieve, ni a la temporada de calor o de frío, sino al tiempo, ese transcurrir de la vida que medimos en plazos más o menos largos, llámense segundos, meses o años, y que a juzgar por la gente que tuvo en sus manos mi educación y la de mis coetáneos era un pecado mortal desperdiciar. Y justo para que no se desperdiciara y se dedicara a labores útiles y productivas, o al menos formativas, el tiempo estaba rígidamente encasillado. Al estilo del Eclesiastés pero sin sutilezas. Tiempo de estudiar, tiempo de jugar, tiempo de meditar, tiempo de ser caritativo, tiempo de comer y tiempo de dormir. Sin muchas concesiones para la imaginación y los sueños y menos para la controversia.

Lo que a mí no me cuadraba era que hubiera que meditar en la mañanita bien temprano, en la capilla del colegio, que olía a incienso y a velas, cuando mi cerebro aún estaba dormido aunque mi cuerpo estuviera despierto. No me parecía que fuera el momento más propicio para pensar en las virtudes teologales, y debo confesar que tuve muy buenos sueños acurrucada en la penumbra de la iglesia. A la hora del recreo, sin embargo, sí que me gustaba jugar, pero si la necesidad terciaba, también me gustaba estudiar en un rincón, al sol, lo que no había estudiado en las horas destinadas a ello y que quizá había dedicado al juego de los barcos, juego que, digan lo que digan, agudizaba bastante el ingenio. Sobre todo el de mi compañera de pupitre que me ganaba sin remisión. Y así sucesivamente. Pero si comparto la experiencia no es para vanagloriarme de ella, sino porque más me hubiera valido ceñirme al rigor de la disciplina.

Viendo las cosas por el espejo retrovisor, la costumbre de hacer tareas a deshora para ir en contra de lo establecido, o emprender proyectos con fines poco prácticos tuvo su consecuencia lógica: he perdido mucho el tiempo. Pero a cualquiera en mis condiciones le hubiera pasado lo mismo. Por ejemplo, se emplean muchas horas en escuchar a la gente, desoyendo la corriente general de que cada cual se arregle como pueda; se malgastan esfuerzos y anhelos en trabajos mal remunerados pero que agradan, y se pasa uno la vida defendiendo causas que por utópicas y hermosas que sean a nadie le interesan.

A estas alturas, debería estar curada de espanto. Pero no. Sigo perdiendo el tiempo. Y lo pierdo mientras escribo hoy esta columna sin sustancia. Se supone que debía de tratar algún tema de interés para todos, pero heme aquí incapaz de ponerme seria. Tal vez no me toca pensar. Aunque debiera.

Ocurre que como no es de cuerdos pelear con una pantalla, llevo semanas intentando acallar mi espíritu de contradicción frente a las televisoras que aseguran que ninguna fuente independiente ha corroborado las denuncias afganas sobre muertes de civiles. Y además, si profundizo un algo y uso el tiempo en pensar, daré rienda suelta al horror que me produjo la fotografía de portada de La Prensa de ayer lunes, en la que el pie de un niño, chiquito y regordete, sale de una sábana ensangrentada. Es la única parte del cadáver que deja ver la tela, y el todo es consecuencia de los bombardeos de los aviones gringos sobre Kabul. Y eso que el presidente de los Estados Unidos de América hizo una campaña entre los niños de su país para recoger fondos con los que socorrer a los niños afganos. Que luego no se diga. Y si seguimos tirando del hilo, escenas semejantes de terror debieron encontrar los rescatistas que removieron los escombros de las torres gemelas.

Pero hoy no estoy para pensar. Me resisto. Me siento cómodamente arrastrada por una vorágine de la que solo se salvará una idea: Actuemos de acuerdo con la ley del talión, ojo por ojo, y el mundo se quedará ciego.

La autora es correctora de La Prensa


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