Panamá, 21 de octubre de 2001
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El perpetuo forastero

La experiencia del poeta en el frente de batalla influyó enormemente en la forma como percibía la vida, el amor, y su propio oficio poético

Errol E. Caballero
ecaballero@prensa.com

Título de la obra: Apollinaire antología

Como tantos otros poetas nacidos en la segunda mitad del siglo XIX, la vida de Guillaume Apollinaire estuvo signada por la búsqueda de aventuras, a veces trágicas, otras paradisíacas, mas siempre delirantes.

Heredero de Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, en fin de la “poesía maldita” que floreció en suelo francés durante el siglo XIX, Apollinaire fue uno de los primeros poetas en cantarle a la modernidad, a los aviones, los trenes, los proyectiles disparados por los morteros y cañones en el frente de batalla, a la novedad del teléfono y el fonógrafo, etc.

Errante y nostálgico, pero siempre lleno de vitalidad, Apollinaire recorrió toda Europa y parte de Estados Unidos. En algunos de sus poemas quedaron plasmadas sus experiencias de viajero irredento, de un hombre que compulsivamente visita “ciudades que giraban todo el día/ Y de noche vomitaban el sol de las jornadas”, y que llega incluso a lamentarse en sus versos que le debe 300 francos a su casera, pero que prefiere “cortarse el atributo antes que pagarle”.

Estos cantos de fuga, seguramente escritos en su mayoría en cuartos de hotel (en donde solicita 'para siempre una habitación por semanas') o en el vagón de un tren que pareciera deslizarse a la misma velocidad que la vida, han sido recogidos en la obra Apollinaire antología, que forma parte de la Colección Visor de Poesía.

La selección recoge varios poemas de las principales obras del bardo, entre ellas Alcoholes, Caligramas, y El vigía melancólico.

Amor/proyectil

Tanto fue el ansia de aventura de Apollinaire, que el vate llegó incluso a enlistarse en las filas francesas durante la Primera Guerra Mundial, en la cual fue herido en 1916.

Más allá de la herida física, el verdadero estigma que dejó este conflicto fue mucho más sutil, pero asimismo indeleble.

Definitivamente que su experiencia en el frente de batalla influyó enormemente en la forma como el poeta percibía la vida, el amor, y su propio oficio poético. Esta visión quedó matizada en soberbios poemas como Resplandores: “Los proyectiles danzan las bombas estallan y los resplandores aparecen / Mientras se eleva la sencilla y ruda sinfonía de la guerra / Así en la vida amor mío apuntamos nuestro corazón y / nuestra atenta piedad/Hacia los resplandores desconocidos y hostiles que orlan/el horizonte lo pueblan y nos dirigen / Y el poeta es el observador de la vida e inventa los innumerables / resplandores de los misterios que es preciso señalar / Conocer oh Resplandores oh mi querido amor”.

Apollinarie saca la batalla de las trincheras y la sitúa en un contexto mucho más amplio, de alcances verdaderamente cósmicos: “La ametralladora toca una especie de fuga... / Como un astro perdido que busca sus estaciones/Corazón obús estallado silbabas tu romanza / Y tus mil soles vaciaron los arcones / Que los dioses de mis ojos llenaban en silencio... / Los obuses maullaban un amor hasta morir... / El megáfono grita... Alargad el tiro amor de vuestras baterías / Balance de las baterías pesados címbalos / que agitan los querubines locos del amor / en honor del Dios de los Ejércitos... / Virilidades del siglo en que estamos / Oh cañones / Cartuchos estallantes de los obuses del 75 / Repicad piadosamente”.

La letanía a Marte se transmuta así en un verdadero canto universal, en donde el amor se erige en el general que guiará a los ejércitos que repoblarán el planeta después del apocalipsis redentor: “Y más tarde cuando la peste haya purificado la tierra / En dulce paz viviremos los bienaventurados hombres / Apacibles y puros pues los lagos y los mares / Serán suficientes para lavar la sangre de las manos”. Entonces y, solo entonces, cuando las seductoras llamas del holocausto se hayan extinguido, podremos los hombres entonar el paradisíaco himno del porvenir.


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