Panamá, 21 de octubre de 2001
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
Trasfondo
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
Talingo
SEPARATAS
Pulso de la Nación
Punto exe
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

Entre el moro y el oro

Guillermo Sánchez Borbón

En la reunión de presidentes que se celebró en Panamá, Hugo Chávez sorprendió a quienes lo conocen contando un chiste (Bolívar también los contaba) para romper la tirantez que se produjo entre otros dos presidentes. Dijo Chávez que un paisano suyo, sin que mediara provocación, disgusto o cruce de palabras, le entró a golpes al dueño de una barbería. Intervinieron los circunstantes y separaron a agresor y agredido.

-¿Por qué le pegas? -le preguntó alguien.
-Porque es español -respondió el interpelado.
-¿Y qué?
-Estos españoles canallas cometieron atrocidades con los indios.
-¡Hombre, pero eso fue hace quinientos y pico de años!
-Sí; pero yo me acabo de enterar.

Siempre hay gente que tarda un poco en enterarse de las cosas. Cuando iba a celebrarse el quinto centenario del descubrimiento de América, muchos esperábamos que los historiadores de las dos orillas aprovecharían la fecha para arrojar un poco de luz sobre algunas zonas oscuras del magno acontecimiento, incluyendo, por supuesto, el exterminio de millones de indígenas. No fue posible. Empezaron a salir a la calle grupos de amerindios, dirigidos por estudiantes universitarios crónicos (quienes, si no hubiera sido por Colón, jamás habrían oído hablar de Marx, de Lenin o del gallego Fidel Castro) a protestar por que se celebrara una fecha que debía ser de luto y guardarse como tal: nadie ignora que los españoles vinieron a América a destruir y a matar. Los organizadores de los festejos, atemorizados por los ocho gritones, cancelaron todos los festejos programados. Como el venezolano del cuento presidencial, los manifestantes acababan de enterarse. Recuerdo que por esos días escribí que deberían protestar también por la quema de la biblioteca de Alejandría o por la entrada de los bárbaros a Roma. Pero la prudencia aconseja no hacer chistes sobre estas cosas.

Un soldado norteamericano, que había pasado bastante tiempo en Bosnia, le contó a su profesor (amigo mío) que un bosnio (¿se dirá así) justificó su odio a los serbios con esta historia: “una vez, entraron a una casa y mataron a todos sus ocupantes: el dueño y su esposa, los padres del dueño, los hijos, los hijos de los hijos, todas las mujeres. Mataron hasta el perro. Luego le prendieron fuego a la casa, reduciéndola a cenizas. ¿Cómo no iba a odiarlos?”

-¿Y cuándo ocurrió eso? –le preguntó el recluta, profundamente impresionado.

-El 17 de enero de 1575.

Como se ve, para indignarse siempre hay tiempo. No hay que precipitarse.

Osama bin Laden ha encendido las pantallas de los televisores con su cara radiactiva. Mirando con fijeza hipnótica a los ojos del televidente, hizo una advertencia: “A nosotros no nos va a pasar lo que les pasó a los moros en Andalucía”. Lo que les pasó a los moros en Andalucía les pasó el mismo año del descubrimiento de América, hace ya la friolera de quinientos ocho años. Digo yo, este bin Laden nos ha salido bastante rencoroso: todavía no ha perdonado a los reyes católicos la reconquista de Granada. Ahora bien, no sé cómo se atreve a invocar en su auxilio a los moros, un pueblo que creó en España una civilización admirable y tolerante, en que convivieron en santa paz y armonía musulmanes, judíos y cristianos, y que nos legaron una rica y variada cultura. Fueron, además, valerosos guerreros, incapaces de trucidar a los inocentes:

“Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día que tú naciste
grandes señales había!”

Si Abenámar estuviera vivo, le sacaría un ojo a bin Laden de un certero escupitajo. Claro que éste podría alegar que el romance a Abenámar era morisco, es decir, fue escrito por un moro tan degenerado, que se convirtió al cristianismo por miedo o por conveniencia.

A mí me inspiran mucho miedo los seres que no tienen noción del tiempo, ni sentido de la historia. Hará un par de años, Nubia Aparicio le hizo una entrevista a Tomás Borge. Este le confió que él estaba seguro de que el régimen sandinista era para siempre, que nunca iba a tocar a su fin. ¿Qué le daba esa seguridad anti-histórica? ¿El revoltillo marxista leninista a medio cocer que tenía por sesos? ¿Nadie le explicó que los humanos no hacemos cosas eternas? ¿Que todos los sistemas políticos son provisionales? Guardando las distancias, que son prácticamente ilimitadas, Hitler, más modesto que Borge, prometió que su Reich duraría mil años; terminó a los doce años, en medio de ruinas humeantes. Por eso debemos ponernos en guardia cada vez que alguien nos prometa regímenes.


Además en opinión

De magistrados y justicia: Santander Casís
Entre el moro y el oro: Guillermo Sánchez Borbón
Un clásico de la literatura: Jorge Eduardo Ritter
¿Certificación antiterrorista?: Betty Brannan Jaén
Taiwan: un escaño en la ONU: José Antonio Ardila Acuña