Entre el moro y el oro
Guillermo Sánchez Borbón
En la reunión de presidentes que se celebró
en Panamá, Hugo Chávez sorprendió a quienes lo conocen contando
un chiste (Bolívar también los contaba) para romper la tirantez
que se produjo entre otros dos presidentes. Dijo Chávez que un paisano
suyo, sin que mediara provocación, disgusto o cruce de palabras,
le entró a golpes al dueño de una barbería. Intervinieron los circunstantes
y separaron a agresor y agredido.
-¿Por qué le pegas? -le preguntó alguien.
-Porque es español -respondió el interpelado.
-¿Y qué?
-Estos españoles canallas cometieron
atrocidades con los indios.
-¡Hombre, pero eso fue hace quinientos
y pico de años!
-Sí; pero yo me acabo de enterar.
Siempre hay gente que tarda un poco en enterarse
de las cosas. Cuando iba a celebrarse el quinto centenario del descubrimiento
de América, muchos esperábamos que los historiadores de las dos
orillas aprovecharían la fecha para arrojar un poco de luz sobre
algunas zonas oscuras del magno acontecimiento, incluyendo, por
supuesto, el exterminio de millones de indígenas. No fue posible.
Empezaron a salir a la calle grupos de amerindios, dirigidos por
estudiantes universitarios crónicos (quienes, si no hubiera sido
por Colón, jamás habrían oído hablar de Marx, de Lenin o del gallego
Fidel Castro) a protestar por que se celebrara una fecha que debía
ser de luto y guardarse como tal: nadie ignora que los españoles
vinieron a América a destruir y a matar. Los organizadores de los
festejos, atemorizados por los ocho gritones, cancelaron todos los
festejos programados. Como el venezolano del cuento presidencial,
los manifestantes acababan de enterarse. Recuerdo que por esos días
escribí que deberían protestar también por la quema de la biblioteca
de Alejandría o por la entrada de los bárbaros a Roma. Pero la prudencia
aconseja no hacer chistes sobre estas cosas.
Un soldado norteamericano, que había pasado
bastante tiempo en Bosnia, le contó a su profesor (amigo mío) que
un bosnio (¿se dirá así) justificó su odio a los serbios con esta
historia: “una vez, entraron a una casa y mataron a todos sus ocupantes:
el dueño y su esposa, los padres del dueño, los hijos, los hijos
de los hijos, todas las mujeres. Mataron hasta el perro. Luego le
prendieron fuego a la casa, reduciéndola a cenizas. ¿Cómo no iba
a odiarlos?”
-¿Y cuándo ocurrió eso? –le preguntó el recluta,
profundamente impresionado.
-El 17 de enero de 1575.
Como se ve, para indignarse siempre hay tiempo.
No hay que precipitarse.
Osama bin Laden ha encendido las pantallas
de los televisores con su cara radiactiva. Mirando con fijeza hipnótica
a los ojos del televidente, hizo una advertencia: “A nosotros no
nos va a pasar lo que les pasó a los moros en Andalucía”. Lo que
les pasó a los moros en Andalucía les pasó el mismo año del descubrimiento
de América, hace ya la friolera de quinientos ocho años. Digo yo,
este bin Laden nos ha salido bastante rencoroso: todavía no ha perdonado
a los reyes católicos la reconquista de Granada. Ahora bien, no
sé cómo se atreve a invocar en su auxilio a los moros, un pueblo
que creó en España una civilización admirable y tolerante, en que
convivieron en santa paz y armonía musulmanes, judíos y cristianos,
y que nos legaron una rica y variada cultura. Fueron, además, valerosos
guerreros, incapaces de trucidar a los inocentes:
“Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día que tú naciste
grandes señales había!”
Si Abenámar estuviera vivo, le sacaría un
ojo a bin Laden de un certero escupitajo. Claro que éste podría
alegar que el romance a Abenámar era morisco, es decir, fue escrito
por un moro tan degenerado, que se convirtió al cristianismo por
miedo o por conveniencia.
A mí me inspiran mucho miedo los seres que
no tienen noción del tiempo, ni sentido de la historia. Hará un
par de años, Nubia Aparicio le hizo una entrevista a Tomás Borge.
Este le confió que él estaba seguro de que el régimen sandinista
era para siempre, que nunca iba a tocar a su fin. ¿Qué le daba esa
seguridad anti-histórica? ¿El revoltillo marxista leninista a medio
cocer que tenía por sesos? ¿Nadie le explicó que los humanos no
hacemos cosas eternas? ¿Que todos los sistemas políticos son provisionales?
Guardando las distancias, que son prácticamente ilimitadas, Hitler,
más modesto que Borge, prometió que su Reich duraría mil años; terminó
a los doce años, en medio de ruinas humeantes. Por eso debemos ponernos
en guardia cada vez que alguien nos prometa regímenes.
Además en opinión
• De magistrados y
justicia: Santander Casís •
Entre el moro y el oro: Guillermo Sánchez Borbón
• Un
clásico de la literatura: Jorge Eduardo Ritter
• ¿Certificación
antiterrorista?: Betty Brannan Jaén •
Taiwan: un escaño en la ONU: José Antonio
Ardila Acuña
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