Taiwan: un escaño en la ONU
José Antonio Ardila Acuña
Han transcurrido treinta años desde que la 26ª Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Resolución que priva a Taiwan de su derecho básico a estar representada en la comunidad de naciones. Tres décadas son un plazo suficiente para valorar, como es debido, este documento, su verdadero sentido e importancia no sólo para los taiwaneses, sino para todos los pueblos del mundo.
Se puede decir, sin pecar de ser exagerados, que ningún acontecimiento de la historia reciente de la República de China pudo conmover con tanta fuerza, ni poner en movimiento a los 23 millones de seres que habitan esa Isla, como lo hizo la Resolución 2578, de 1971.
Sabemos con qué insistencia los dirigentes de la República Popular China se han opuesto, en repetidas ocasiones, al reingreso de Taiwan a este foro internacional; pero no comprendemos por qué tanta aprehensión, si la solicitud que este pequeño país ha venido presentando en los últimos nueve años no tiene la menor intención de desafiar el escaño de la República Popular.
Los decenios transcurridos han demostrado que trabajadores y trabajadoras, campesinos y campesinas, amas de casa, maestros y maestras, los y las profesionales de Taiwan, se han esforzado para elevar y mantener indicadores económicos y sociales mayores que 160 países, de los 189 que participan de la ONU y pasar de país del “tercer mundo” a ser un poder económico.
Así, por ejemplo, Taiwan ocupa el lugar 21 en el mundo, en población; en ingreso per cápita, el 25; en comercio exterior, el 14, y en productos informáticos, un lugar muy destacado: el No. 3.
En este esfuerzo mancomunado también participan trabajadores extranjeros procedentes de Tailandia, Malasia, Indonesia, Filipinas, Myanmar y Bangladesh, que durante la última década, se calcula, sobrepasan los 200 mil. Un dato estadístico demuestra que si cada uno de estos trabajadores sostiene a una familia de cinco miembros (ya sea en Taiwan o en su propio país), se puede presumir que de este modo Taiwan sostiene la vida de aproximadamente un millón de personas procedentes de Asia. Se estima que hay 8 mil trabajadores provenientes de Nicaragua y otros tantos de Paraguay. ¡Qué mejor ejemplo de ayuda y cooperación mutua para los países que conservan sus escaños en la ONU!
Sumado a lo anterior, la República de China no está bajo la jurisdicción de ningún otro Estado y mantiene su propio sistema político, económico, valores sociales y relaciones exteriores con 28 países.
En la arena internacional, Taiwan ha dado suficientes muestras de solidaridad, cooperación y respeto a los derechos y libertades humanas, lo que nos permite aseverar que este país será un partícipe que no solo avendrá por completo con los demás miembros de la ONU, sino que servirá de fuerza motriz para impulsar las políticas económicas, sociales y culturales de los países que necesitan urgentes soluciones a los problemas que enfrentan.
Como miembro constructivo e importante de la “casa global”, Taiwan tiene todo el derecho de colaborar y asociarse a las organizaciones de nivel internacional y en vista de que la ONU es una organización política de ese nivel, cuyos miembros son países soberanos, cuando se reúna nuevamente su Asamblea General, los aliados de Taiwan solicitarán firmemente su reingreso bajo el nombre de “República de China”.
Hoy, la mayoría de lo(a)s taiwanese(a)s tiene derecho al trabajo, ingresos decentes, hogar y algo parecido a comodidades moderadas. Goza de libertades democráticas modestas y le cubre un cielo pacífico y sereno. ¿Y mañana? Mañana todo puede ser de otra manera.
La Resolución de la ONU es amoral porque mantiene al pueblo taiwanés en temor constante: el temor a la violencia que puedan provocar otros hombres, a la soledad; el temor de perder lo que han logrado. Es discriminatoria porque le niega a ese pueblo el derecho que tiene a participar en la comunidad de naciones.
Por eso, la condena moral hacia la Resolución No. 2758, debido a sus vicios y violación a los principios de justicia y universalidad de adhesión establecidos en la misma Carta de las Naciones Unidas, adquiere en la actualidad más agudeza e inconciliabilidad por la injusticia e irrazonable tratamiento que se viene cometiendo en contra del pueblo de Taiwan. Ha llegado el momento en el que el sentido de la dignidad humana es tan importante como el pan no sólo para los individuos orgullosos y prepotentes, sino también para las grandes masas, en las que se encuentran las taiwanesas.
El autor es economista y docente universitario
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Ardila Acuña
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