Panamá, 17 de octubre de 2001
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¡Caracoles!

Ana Alfaro
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Los caracoles han sufrido sus altas y bajas en la historia de la gastronomía francesa, pasando de héroe a villano a lo largo de la historia.

“¡Oops! Slippery little buggers!” dijo Julia Roberts en el filme Pretty Woman, en la famosa escena del restaurante donde le sale volando uno del plato. Y para parafrasear a la meretriz con el corazón de oro que encarnara Roberts, sí que son unos “bichitos resbalosos”.

Es lógico pensar que si el hombre prehistórico vivía en cuevas –ergo su apodo de “cavernícola”– parte de su dieta consistía de esos otros moradores de la oscuridad, los caracoles. Cuando hablamos de caracoles, a secas, por lo general nos referimos a los de tierra, no los de mar: esos que el mundillo de la gastronomía llama escargots. Aparte de la conjetura sobre la dieta de Cro-magnon y sus secuaces, sabemos que en la antigua Mesopotamia se comían caracoles, de la subespecie H. salomonica, y que los romanos habían logrado domesticar la subespecie H. pomata.

La “H” se refiere al género helix; aunque no he encontrado más información sobre la H. salomonica, sí les puedo decir que la subespecie pomata es la que hoy conocemos como caracol de Borgoña, o escargot de Bourgogne –delicia máxima de la gastronomía gálica– y que su pariente más pequeño, el H. aspersa aspersa, es conocido como petit-gris en Francia, y en el resto del mundo como caracol romano o viñatero. Desde 1985, en Francia se está cultivando una raza experimental llamada blond des flandres, aunque el caracolito se cultiva, además, en Bélgica, Brasil, China, Corea, España, Italia, el Reino Unido y Estados Unidos.

Héroes o villanos

Los caracoles han sufrido sus altas y bajas en la historia de la gastronomía francesa, pasando de héroe a villano a lo largo de la historia. La primera receta que sabemos existió, fue la que apareció en el Menagier de Paris (anónimo, aprox. 1390), pero no aparece más en los textos y recetarios del medioevo: lo único que sabemos es que la práctica era más común en Lombardía que en el resto de Francia. Ya entrado el siglo XVI, comienzan a sonar más, y son incluidos en un librito publicado en 1530 llamado Un tratado notable respecto a las propiedades de las tortugas, caracoles, ranas y alcachofas escrito por un tal Estienne Laigue. No es coincidencia que Laigue haya agrupado a estos tres animales, puesto que la Iglesia católica los catalogaba como pescados y por lo tanto permitía su consumo en días de guardar (así, cualquiera). Después de 1560, los escargots fueron nuevamente expulsados de la buena mesa, ignomio que duró más de dos siglos; si un recetario incluía a los “bichitos resbalosos”, la receta era invariablemente seguida de una disculpa por ofrecer tan horripilante manjar. Pero, no obstante su ostracismo de la gastronomía parisina, en las provincias –especialmente aquellas lejos del mar como Lorena y Alsacia– seguían consumiéndose con gran entusiasmo.

Volvieron a la mesa de Lutecia tras la revolución francesa, cuando muchos loreneses y especialmente alsacianos abrieron brasseries en París, coincidiendo el animalito con el nacimiento de la restauración moderna de forma lenta, pero segura.

Dónde y cómo

Si los quiere hacer en su casa, puede comprarlos en Gran Deli Gourmet o en Felipe Motta Wine Store. Una ración para 2-3 personas, con aproximadamente 30 caracolitos, cuesta alrededor de nueve dólares. Sé que Marisol Abrahams (223-8061) y Charlie Collins (226-5788) los preparan para banquetes: Abrahams en canastitas de pan, en su mantequilla de ajo original, y Collins también a la usanza clásica, pero con un toque de Pernod. El chef Fabien Migny (264-8713) los incluye en sus fabulosos menús hechos en su propia casa (de usted, querido Saltamontes), sobre papitas nuevas y con tomates caramelizados, mientras que en El Casco Viejo (223-3316), Pascal Finet los prepara de varias formas: además de la clásica bourguignonne, los sirve gratinados con una mantequilla con ajo, perejil, un toque de Pernod y almendra pulverizada. Otra preparación a la vez clásica y sofisticada que ofrece nuestro decano de la gastronomía francesa es el Vol-au-vent bourguignon, a base de un buen vino de Borgoña o si no, a la bordelesa con champiñones y tocino.

Recomienda el chef Finet acompañarlos con un blanco seco como el Sauvignon Blanc (si la preparación es ligera o si se ofrece como abreboca) o si prefiere el tinto, una cepa con más cuerpo al estilo de la Tempranillo (Rioja, Ribera del Duero) o Cabernet Sauvignon (Bordeos en Francia, Valle del Maipo en Chile, Sonoma o Napa en California).


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